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miércoles, 18 de junio de 2014

LA VERDADERA PAZ

Había un grupo de personas tratando de describir una situación, escenario o símbolos que representara la paz.

Uno dijo “para mí, una paloma es un símbolo de paz, es blanca, frágil, indefensa y a la vez puede volar alto, como que sobrepasara todo impedimento y dificultad”.
Otra persona se refirió al tema así “no hay como un hermoso paisaje para evocar la paz, un cielo azul, con frondosos árboles, un riachuelo de aguas cristalinas, el trinar de las aves y el fresco aroma de las flores, eso para mí es un lugar donde te encuentras cara a cara con la paz”.

“Un momento en mi habitación a solas, con música clásica, un buen libro y luz tenue me invita a sentir paz”, dijo otro. Hubo también quien dijo que lo más placentero y que le hacía experimentar la sensación de paz era después de una tormenta cuando las flores, los árboles y toda la vegetación aún están húmedas con pequeñas gotas de agua y se apreciaba nuevamente la calma.

Uno a uno fue describiendo con mucho entusiasmo sus percepciones, las cuales todas eran hermosas. Sin embargo, hubo un hombre que habló al final y dijo “para mí el escenario donde yo experimenté la verdadera paz fue en la cárcel, tras los grises barrotes de hierro y las húmedas paredes de cemento.

Hasta ese entonces había vivido en medio del caos, la violencia, el desprecio, el odio, la persecución, cuando un día, alguien me predicó acerca de un hombre que había dado su vida por mí, que había muerto en la cruz para liberarme de todo el peso de mis pecados y mi maldad, me dijo que si me arrepentía y aceptaba a Jesús como mi Señor y Salvador podría volver a nacer. Así lo hice, lloré noches enteras, arrepentido por todo el daño que había causado, por los malos caminos que había caminado, entró en mi ser una convicción total de mi culpa y al fin acepté con firmeza pagar mi condena. Poco a poco fui experimentando el perdón, no solo de Dios sino también de mis seres queridos, cada vez que me sumergía en su palabra, sentía como me iba limpiado y convirtiendo en un hombre nuevo

VALERIA NAZER

jueves, 29 de mayo de 2014

Cómo entrar en el espacio interno de paz


Sólo debe sentarse en un lugar tranquilo, cerrar los ojos y prestar atención a sus ritmos corporales; en cada exhalación debe soltar más y más las tensiones musculares y contemplar con los ojos de la conciencia los diferentes ritmos que percibimos en las diferentes partes de nuestro cuerpo físico.

Al ir descubriendo los diferentes ritmos que hay en el cuerpo, también se irá dando cuenta de las diferentes sensaciones que dan el mensaje de cansancio o de necesidad de frescura.

En el momento en que se encuentre ya en un estado de relativa calma, piense en todas las personas negativas que usted percibe en este mundo y luego envíeles un pensamiento de perdón y de liberación: Les perdono y les libero, que el bien y la paz sea con ustedes. A continuación comenzamos a extender el perdón a todas las personas de nuestro pasado que nos causaron dolor y sufrimiento, luego extendemos nuestro perdón a todas las personas de nuestra familia que nos trataron mal o que simplemente no eran parte de nuestro mundo y, luego perdonamos a nuestros papás por todo y por nada y finalmente nos perdonamos a nosotros mismos por todos los cargos morales y quejas que tengamos contra nosotros mismos.

El acto perdonador tan amplio que practicamos en ese estado interno de paz tiene un efecto equilibrador en nuestra conciencia, pues nuestra actitud productora de estrés disminuye su fuerza y en ese estado de paz interna podemos elegir al primer pensamiento que queremos que se manifieste en nuestra vida, sea el que sea.

Un amigo que tiene su tienda de artículos de computación comenzó con estas afi rmaciones para poder organizar su vida dedicando todo un cuaderno sólo para escribir letreros con sus afirmaciones, estas son las afirmaciones que utilizó: Todos los días tengo clientes y los domingos también; Mi hijo está mejorando día a día y está descubriendo su plan de designio divino; Todo mi sistema nervioso ha vuelto a la normalidad; Encuentro paz cuando me sumerjo en mi interior; Vivo libre y en paz los días de mi vida.

Cuando me mostró su cuaderno, sus afirmaciones estaban escritas con letras de imprenta, grandes en dos cuadros y con un marcador azul muy nítido. De alguna forma mi amigo estaba aprendiendo a guiar su vida y sus problemas hacia soluciones con el uso de esos letreros hechos en forma horizontal en un simple cuaderno y todo lo que hacía era lo que le había sugerido: Leer tres veces al día diez veces cada afi rmación en voz alta y con un sentimiento de gratitud. Usted querido amigo o usted querida amiga puede hacer lo mismo partiendo de todas las situaciones que en su vida merecen una sanación o una solución.

Pensamiento creador para memorizar: “Cada herramienta directamente aprendida tiene poder superior en nuestra vida.

miércoles, 28 de mayo de 2014

LA VERDADERA PAZ

Había un grupo de personas tratando de describir una situación, escenario o símbolos que representara la paz.

Uno dijo “para mí, una paloma es un símbolo de paz, es blanca, frágil, indefensa y a la vez puede volar alto, como que sobrepasara todo impedimento y dificultad”.
Otra persona se refirió al tema así “no hay como un hermoso paisaje para evocar la paz, un cielo azul, con frondosos árboles, un riachuelo de aguas cristalinas, el trinar de las aves y el fresco aroma de las flores, eso para mí es un lugar donde te encuentras cara a cara con la paz”.

“Un momento en mi habitación a solas, con música clásica, un buen libro y luz tenue me invita a sentir paz”, dijo otro. Hubo también quien dijo que lo más placentero y que le hacía experimentar la sensación de paz era después de una tormenta cuando las flores, los árboles y toda la vegetación aún están húmedas con pequeñas gotas de agua y se apreciaba nuevamente la calma.

Uno a uno fue describiendo con mucho entusiasmo sus percepciones, las cuales todas eran hermosas. Sin embargo, hubo un hombre que habló al final y dijo “para mí el escenario donde yo experimenté la verdadera paz fue en la cárcel, tras los grises barrotes de hierro y las húmedas paredes de cemento.

Hasta ese entonces había vivido en medio del caos, la violencia, el desprecio, el odio, la persecución, cuando un día, alguien me predicó acerca de un hombre que había dado su vida por mí, que había muerto en la cruz para liberarme de todo el peso de mis pecados y mi maldad, me dijo que si me arrepentía y aceptaba a Jesús como mi Señor y Salvador podría volver a nacer. Así lo hice, lloré noches enteras, arrepentido por todo el daño que había causado, por los malos caminos que había caminado, entró en mi ser una convicción total de mi culpa y al fin acepté con firmeza pagar mi condena. Poco a poco fui experimentando el perdón, no solo de Dios sino también de mis seres queridos, cada vez que me sumergía en su palabra, sentía como me iba limpiado y convirtiendo en un hombre nuevo

VALERIA NAZER
valerianazer@valerykids.com

miércoles, 13 de febrero de 2013

En tus manos - II


Dios organizó el mundo y la vida dentro de un siste­ma de leyes regulares que llamamos causas segundas, como son la ley de la gravitación o la ley de la libertad. El Padre, normalmente, respeta sus propias leyes dentro de las cuales organizó y funcionan las estructuras humanas y cósmicas. Ellas continúan en su marcha na­tural y, como consecuencia, sobrevienen los desastres y las injusticias.
            Para Dios, sin embargo, no existen imposibles: po­dría interferir en las leyes del mundo, descolocando lo que anteriormente había colocado, y evitar este acciden­te o aquella calumnia. Pero el Padre, normalmente, consecuente consigo mismo, respeta su obra y permite las desgracias de sus hijos, aunque no las quiera.
            Ahora bien; si El, pudiendo evitar todo mal, absolu­tamente hablando, no lo evita, es señal de que lo per­mite. No podríamos decir que una calumnia ha sido querida por Dios, mas sí permitida.

            Todo acto de abandono es, pues, una visión de fe. En ella se distinguen dos niveles: el fenómeno y la realidad: lo que se ve y lo que no se ve. Lo que se ve son las reacciones psicológicas, las leyes biológicas, etc.,
que, eventualmente, pueden incidir en nuestras tribu­laciones. Lo que no se ve es la Realidad, el Señor Dios, fundamento fundante de todo.
            El último eslabón de la cadena de los acontecimien­tos lo sujeta el dedo de Dios. Nuestras cuentas pendientes, en última instancia, las tenemos que saldar con Dios mismo. En el acto de abandono se trascienden los fenómenos (accidentes, lo que dijeron de mí, lo que me hicieron, la marcha de los acontecimientos) y, detrás de todo, se descubre a Aquel que es y me ama, en cuyas manos se entrega todo.
            Para Jesús, en Getsemaní, estaba evidente y estri­dente que la tormenta que se le avecinaba era una confabulación miserable, engendrada y organizada por las reacciones psicológicas, intereses personales, utilidades políticas, nacionalismos, ventajas económicas o milita­res... Pero Jesús cerró los ojos a esas evidencias de pri­mer plano, trascendió todo, y para El, en ese momento, no había más realidad que “Tu Voluntad” (Mt 26,42), en cuyas manos, luego de fiera resistencia (Mc 14,36), se abandonó; y se salvó, primeramente a sí mismo, del tedio y de la angustia; y nos salvó a todos nosotros. Y a partir de este momento contemplamos a Jesús avanzar en el itinerario de la Pasión, bañado de una paz inex­plicable, de tal manera que será difícil encontrar en los anales de la historia del mundo un espectáculo humano de semejante belleza y serenidad.

* * *

            Abandonarse consiste, pues, en desprenderse de sí mismo para entregarse, todo entero, en las manos de Aquel que me ama.
            Esta “terapia” es plenamente aplicable a la universa­lidad de todas las fuentes de sufrimiento que hemos descubierto y explorado en el capítulo segundo de este libro. No se encontrará ruta más rápida y segura de liberación que la “terapia” del abandono.
            Liberarse consiste en depositar en Sus Manos todo lo que está consumado, todo lo que es impotencia y limitación: la ley de la precariedad, la ley de la transito­riedad, la ley de la insignificancia humana, la ley del fracaso, la ley de la enfermedad, la ley de la ancianidad, la ley de la soledad, la ley de la muerte.
            Consiste, en suma, en aceptar el misterio universal de la vida.
            Y nuestra morada se llamará PAZ.

* * *

Lanza del Vasto nos ofrece este hermoso apólogo:
“Caía la noche. El sendero se internaba en el bosque, más negro que la noche. Yo estaba solo, desarmado. Tenía miedo de avanzar, miedo de retroceder, miedo del ruido de mis pasos, miedo de dormirme en esa do­ble noche.
Oí crujidos en el bosque, y tuve miedo. Vi brillar entre los troncos ojos de animales, y tuve miedo. Des­pués no vi nada, y tuve miedo, más miedo que nunca.
Por fin salió de la sombra una sombra que me cerró el paso.
“iVamos! ¡Pronto! ¡La bolsa o la vida!”
Y me sentí casi consolado por esa voz humana, por­que al principio habla creído encontrar a un fantasma o a un demonio.
Me dijo: “Si te defiendes para salvar tu vida, prime­ro te quitaré la vida y después la bolsa. Pero si me das tu bolsa solamente para salvar la vida, primero te qui­taré la bolsa y después la vida”.
Mi corazón enloqueció; mi espíritu se rebeló.
Perdido por perdido, mi corazón se entregó.
Caí de rodillas y exclamé: “Señor, toma todo lo que tengo y todo lo que soy”.
De pronto me abandonó el miedo, y levanté los ojos.
Ante mí todo era luz. En ella el bosque reverdecía”.

martes, 12 de febrero de 2013

En tus manos - I


Partiendo desde las primeras páginas, hemos recorri­do, en este libro, un largo itinerario, el camino del do­lor. Durante el recorrido hemos ido esparciendo por doquier pautas y recetas, no para extirpar el dolor—donde está el hombre, allí estará, como sombra, el sufrimiento—, sino para mitigarlo.
            En mi opinión, existe un talismán prodigioso, y se llama el camino del abandono. Sin embargo, no he que­rido abordarlo a fondo en estas páginas porque ya lo había tratado en otros libros, particularmente en Mués­trame tu rostro (pág. 121-159).
            No obstante, intentaré entregar aquí tan sólo un bre­ve esquema, advirtiendo de antemano que esta senda es válida y liberadora para aquellos que viven decidida­mente en un contexto de fe.

            Hace varias décadas recorrió el mundo y se hizo fa­mosa aquella afirmación de Charles Péguy: “Al llegar a los cuarenta años, el hombre llega a la conclusión de que ni él ni nadie ha sido, es ni será feliz”.
            Es una afirmación demasiado grave. Los absolutos existen tan sólo en el campo de las ideas, no en la vida. A pesar de que este libro es una embestida a fondo contra toda ficticia ilusión, disentimos de la opinión pesimista de Péguy, y por eso he escrito este libro, y por eso ahora, para coronarlo, entrego, aunque en resu­men, esta vía de liberación y de paz: el camino del abandono.

* * *

            Abandono es una palabra ambigua y se presta a equí­vocos. A primera vista, suena a pasividad, fatalismo, resignación. En el fondo, es lo contrario: el abandono, correctamente vivido, coloca a la persona a su máximo nivel de eficacia y productividad.
            En todo acto de abandono existe un no y un sí. No a lo que yo quería o hubiese querido. ¿Qué hubiese querido? ¡ Venganza contra los que me hicieron esto!; no a esa venganza. ¡Tristeza porque se me fue la juventud!; no a esa tristeza. ¡Resentimiento porque todo me sale mal en la vida!; no a ese resentimiento.
            Y sí a lo que Tú, Dios mío, quisiste, permitiste o dispusiste. Sí, Padre, en tus manos extiendo mi vida como un cheque en blanco. iHágase tu voluntad!

            Como hemos visto en las páginas anteriores, todo lo que resistimos mentalmente lo transformamos en enemigo. Para con las realidades que le producen agrado, el hombre extiende un lazo emocional de apropiación. Las cosas (o personas) que le causan desagrado, el hombre las resiste mentalmente, las rechaza, con lo que, automáticamente, las transforma en enemigas. Es­tas pueden ser los ruidos de la calle, el clima, el veci­no, los acontecimientos, mil detalles de su propia per­sona, etc.
            La resistencia emocional, por su propia naturaleza, tiende a anular al “enemigo”. Ahora bien, existen realidades que, resistidas estratégicamente, pueden ser neutralizadas parcial o totalmente, como la enferme­dad, la ignorancia o la pobreza. Sin embargo, gran parte de las realidades que el hombre resiste no tienen solución o la solución no está en sus manos. A estas reali­dades llamamos situaciones límites, hechos consumados.
            La sabiduría consiste, pues, en hacer una pregunta: esto que me molesta, ¿puedo remediarlo? Si hay alguna posibilidad de solución, no es hora de abandonarse, sino de poner en acción todas las energías para lograr la solución. Pero si no hay nada que hacer, porque las cosas son insolubles en sí mismas o la solución no está en nuestras manos, entonces llegó la hora de abando­narse. Abandonar ¿qué? La rebeldía mental: llegó la hora de silenciar la mente, inclinar la cabeza, depositar los imposibles en manos de Dios Padre y entregarse.
            Mirando con la cabeza fría, el hombre descubre que gran parte de las cosas que le disgustan, le entristecen o le avergüenzan no tienen solución. En este caso, es locura encenderse en cólera contra ellas, porque es uno mismo el que se quema inútilmente y se destruye.
            Dije que es preciso silenciar la mente, y aquí está el secreto de la liberación; porque la mente tiende a rebelarse, ponderar las consecuencias del disgusto y lamen­tarse; con todo lo cual, el sujeto mismo que se rebela, y sólo él, se quema y se amarga.
            El abandono es, pues, un homenaje de silencio para con el Padre; por consiguiente, un homenaje de amor y, por ende, adoración pura; y, a nivel psicológico, en este silencio mental estriba el secreto de la “salvación”, en cuanto terapia liberadora.

lunes, 11 de febrero de 2013

Sufrir con los que sufren - II


En la carretera que va de Jerusalén a Jericó, es decir, en los infinitos caminos del mundo, el samaritano en­contrará hoy día, arrumbados a la vera del camino, un sinfin de inmigrantes y emigrantes, cansados en su deambular tras un empleo decoroso.
            Debido al desequilibrio socio-político nacional e in­ternacional, encontrará un enjambre ingente de asila­dos, refugiados, desterrados, indocumentados.
            Encontrará también, en situación de abandono y so­ledad, millares de ancianos, minusválidos, masas de campesinos e indígenas en su interminable éxodo del campo a las urbes. Se encontrará, en fin, con el triste espectáculo de la vagancia infantil, niños entregados a la mendicidad y a los vicios...
            Por todo lo cual el samaritano moderno tiene un peligro: el de sentirse abrumado por la altura monu­mental de la miseria humana y el de dejarse dominar por el sentimiento de impotencia y desesperanza.
            Según entiendo, hay una sola manera de sortear este desaliento: no dejar de mirar a Aquel que “pasó por todas partes haciendo el bien a todos” (He 10,38), a Aquel que “recorría ciudades y aldeas sanando toda dolencia y toda enfermedad” (Mt 9,35), a Aquel que, en suma, fue el hombre para los hombres (Lc 14,2-4; 12,11-13; Mt 11,28s; Lc 8,18s; Mt 25,34s; Mc 2,17; Mc 6,34; 8,2; Mt 11,5; Jn 6,1-16; Lc 22,51).

domingo, 10 de febrero de 2013

Sufrir con los que sufren - I


Bajando de Jerusalén a Jericó, en el severo desnivel descendente y entre los cerros pelados del Desierto de Judá, yacía en el suelo un hombre asaltado y agredido por los ladrones. Casualmente caminaban también por la misma ruta gentes cualificadas; lo vieron, pero pasa­ron de largo. Acertó a pasar un samaritano, el cual se inclinó sobre el herido, lo recogió y lo atendió solíci­tamente.
            Frente a la teoría ¿quién es mi prójimo?, Jesús viene a responder: el amor no es una teoría, sino un movimiento del corazón y de los brazos: cualquiera que su­fre es mi prójimo.
            Es interesante y digno de destacar: sólo se compade­ce el que padece: un samaritano, un despreciado, en suma, uno que sufre. Sólo el que ha sufrido puede con­moverse, porque, de alguna manera, al presenciar el dolor revive su propio sufrimiento.
            Este es uno de los frutos positivos que produce el sufrimiento: la experiencia del dolor deja, en quien su­fre, una sensibilidad y apertura, una comprensión e in­clinación hacia los que sufren. Los más solidarios con los pobres son siempre los mismos pobres; cosa que puede comprobarse en un barrio obrero, en un sindica­to o en un campamento de refugiados.

            El que está familiarizado con el sufrimiento no podrá darse el lujo de pasar de largo. El que ha sufrido siente ante el dolor ajeno un movimiento del corazón: se con­mueve. Es impresionante el número de veces que el Evangelio constata que Jesús se compadeció (Mt 9,36; 14,14; Mc 1,41; Lc 7,13). Esta es la razón deductiva, que hemos apuntado más arriba, para sospechar que Jesús, contra todas las apariencias, estaba secretamente familiarizado con el sufrimiento, aun en los días de evangelización: era capaz de compadecer tanto porque había padecido mucho.
            La palabra precisa es ésta: misericordia: estremecimiento o sensibilización del corazón. Y de esto se trata: antes de mover los brazos, tiene que haber un movi­miento del corazón, una donación desinteresada del yo, una inclinación de todo el ser, como el del samaritano hacia los que sufren.
            Y ésta es una de las vigas maestras de la antropología cristiana, expresada magistralmente por el Concilio Va­ticano II cuando dice que el cristiano “no puede en­contrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes 24).
            Muchas veces, los que sufren saben que no está en nuestras manos el solucionar sus males. Pero siempre desean y esperan que nos sientan con ellos. Es obvio que, cuando las posibilidades estén abiertas, los brazos serán movidos por el corazón para recoger al herido, vendarlo, cargar con él a hombros y pagar por él, sin preguntar por su identidad.

* * *

            Hoy día toda la actividad humana está organizada técnicamente. El cristiano actual no debe conformarse tan sólo con recoger al herido y vendar sus llagas. La actividad benéfica del samaritano moderno deberá rea­lizarse a través de movimientos y organizaciones. De esta manera, el cristiano puede asumir tareas más am­plias, que exigen cooperación y el uso de medios técnicos.
            Es necesario despertar en los hombres y en los pue­blos, principalmente con los medios de comunicación social, un sentido dinámico de responsabilidad y solida­ridad, creando una nueva sensibilidad para defender los derechos de los pobres y marginados, para impulsarlos hacia una promoción social respetando su dignidad personal, enseñándoles a ayudarse a sí mismos.
            Hoy día el buen samaritano debe luchar por la instau­ración de un orden justo, en que sean respetados los derechos humanos, satisfechas las aspiraciones legítimas y garantizada la libertad personal, buscando así un orden nuevo y el desarrollo integral del hombre: un orden en que las familias encuentren posibilidades de educar a sus hijos, se promueva resueltamente la igual­dad real de la mujer y se produzca, en fin, un gran movimiento de solidaridad, el gran “paso” del egoísmo al amor.
            El samaritano moderno debe ayudar a los margina­dos a liberarlos de su desconfianza, inhibición y pasivi­dad, para hacerlos capaces de ser autores de su propio progreso (cf La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, Medellín 1968).

sábado, 9 de febrero de 2013

El dolor, una pedagogía - II


Pablo engarza, con la lógica vital, los eslabones de una cadena de oro: “Nos alegramos en el sufrimiento, porque sabemos que el sufrimiento nos da la paciencia, y la paciencia nos hace salir aprobados, y al salir aprobados tenemos la esperanza, y esta esperanza nunca falla” (Rom 5,3-5).

            Estamos, sin embargo, ante un proceso lento. Cuan­do el cristiano se encuentra de pronto con el sufrimien­to, su primera reacción, casi inevitable, es la rebeldía y el interrogante: por qué. Generalmente, el interrogante y la protesta son dirigidos a Dios, sin tener en cuenta que Aquel a quien se dirige la protesta está instalado en la cúspide del dolor, en la cruz.
            La respuesta al interrogante viene siempre desde lo alto de la Cruz, pero al principio el cristiano no la per­cibe porque la polvareda y el clamor circundantes im­piden la percepción. Pero después de cierto tiempo, a veces mucho tiempo, cuando el horizonte se ha clarea­do y se ha tomado la suficiente distancia, el cristiano comienza a percibir claramente la respuesta.
            Pero la respuesta no es una consideración abstracta y filosófica sobre el dolor, sino una orden perentoria: “Ven, toma tu cruz y sígueme” (Mc 8,34). Cuando el cristiano, en ese itinerario interior con el Cristo Do­liente, cesa en su rebeldía, toma la cruz, se abandona y adora, entonces, al descubrir el sentido salvífico del do­lor y el misterio de la Cruz, es visitado por la paz y la alegría. En este momento es vencido el dolor y la muerte. Es la manera más eficaz de eliminar el su­frimiento.

* * *

            Es arquetípica la historia de Israel. Los cuatro siglos que siguieron al imperio davídico fueron los años más decadentes de la historia de Israel, en un estado de permanente infidelidad y apostasía.

            Dios vio que la única salvación posible para Israel era un desastre nacional. Y, efectivamente, los sitiado­res de Nabucodonosor redujeron a ruinas la ciudad de David, sus habitantes fueron deportados a Babilonia y allí se produjo la gran conversión.
            Allí se escribió el Libro de la Consolación, Isaías 40-55, que es de lo más hermoso e inspirado de la Biblia, en que la esperanza sobrepasa el destino de Israel y se abre hacia los horizontes de la Humanidad; allí se escribieron salmos inspirados; allí la figura del Mesías ad­quirió rasgos firmes; allí se colocaron los cimientos de la sinagoga y, en cierto sentido, de la Iglesia; allí la religión se instaló definitivamente en el corazón del hombre; allí los desterrados son constituidos en un “pequeño resto” y “ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, porque volverán a mí con todo su corazón” (Jer 24,7). En suma, de una catástrofe nacional, Dios hizo brotar los bienes definitivos.

            A sus veinte años, soñando en altas glorias, Francis­co de Asís en la primera batalla probó la primera de­rrota. Ese desastre y la ulterior enfermedad lanzaron a Francisco por los rumbos del ideal evangélico. Tras ha­ber sido herido por una bombarda en la ciudadela de Pamplona, Iñigo de Loyola tuvo una transformación total en los largos meses de su convalecencia.

viernes, 8 de febrero de 2013

El dolor, una pedagogía - I


             Un álamo solitario en la llanura infinita es un es­pectáculo. Asomó a la vida tímidamente, casi por ca­sualidad, acunado por los vientos. Los temporales gol­pearon sin piedad su frágil melena; y, para no su­cumbir, sus raíces se hundieron a fondo, adhiriéndose firmemente al suelo arcilloso. Y así el álamo adquirió tal consistencia que hoy no hay huracán que pueda doblegarlo. Y ahí lo ven gallardo sobre la meseta.
            En un brillante despliegue de paradojas, Pablo nos transmite la dialéctica cristiana de fuerza-debilidad: es en la debilidad humana donde se injerta, prende y con­trasta la fuerza de Dios. El que quiera vivir, tiene que morir. Para transformarse en una espiga dorada, el grano de trigo necesita descomponerse y ser sepultado en el seno de la tierra. La fuerza nace, pues, de la debili­dad, la vida de la muerte, la consolación de la desola­ción, la madurez de las pruebas.

* * *

            El que no ha sufrido se parece a una caña de bambú:  no tiene meollo, no sabe nada. Un gran sufrimiento es como una tempestad que devasta y arrasa una amplia comarca; una vez que pasó la prueba, el paisaje luce lleno de calma y serenidad.
            Una gran tribulación hace crecer al hombre en ma­durez y sabiduría más que cinco años de crecimiento normal. Cuántas veces se oye este comentario: “¡ Cómo ha cambiado fulano!, ¡cuánto ha madurado!; es que le ha tocado sufrir mucho”.
            Cuando todo navega viento en popa, cuando no hay dificultades ni espinas, el hombre se cierra y se atorni­lla sobre sí mismo. Sus propios éxitos son como altas murallas que lo encierran, como en una cárcel, en sí mismo.       Atrapado entre sus torres, propietario de sí mis­mo, ofuscado por el resplandor de su imagen, ¿quién lo librará de la esclavitud? Sólo una sacudida telúrica. Y a Dios no le queda otro camino de liberación que el de enviar al hombre una gran tribulación para despertarlo, destruir sus castillos y sacarlo del Egipto de sí mismo.
            Cuando la enfermedad o la tribulación se enroscan a la cintura del hombre, éste posa sus pies en el suelo, comprende que todo es un sueño, vuelan las ficciones, se destiñen los atavíos artificiales, se deshace la espuma y el hombre se encuentra desnudo sobre el suelo de la objetividad. Es el capítulo primero de la sabiduría. Sin sufrimiento no hay sabiduría.
            Lo que sucede es lo siguiente: cuando la tribulación cae sorpresivamente sobre el hombre y lo envuelve como una noche, el hombre no ve nada. Es muy difícil, en ese momento, disponer de una mirada de fe, porque el hombre no ve más que la perversidad humana y las causas inmediatas. Pero cuando se toma cierta distancia, se abre la perspectiva y el hombre extiende una mirada larga, la mirada de la fe, en ese momento el hombre comienza a comprender que lo que sucedió fue una pedagogía de Dios y, en el fondo, una predilec­ción liberadora.
            Si el lector se detiene un momento y vuelve la mira­da hacia atrás en su vida y reflexiona un poco, descu­brirá que ciertos acontecimientos dolorosos que, en su tiempo los consideró tremendas desgracias, hoy, a la vuelta de diez años, han resultado ser hechos providen­ciales que le han traído bendición, desprendimiento de sí mismo y sabiduría.

jueves, 7 de febrero de 2013

Redimir con Cristo - III


Se me dirá que esto es incomprensible, no tiene lógi­ca, es absurdo. Así será. Ciertamente, si miramos los hechos a través de un cuadro normal de valores, todo esto atenta contra el sentido común. Pero después de lo que sucedió en el Calvario, después de que Dios extrajo de la muerte la vida y del fracaso el triunfo, todas las lógicas humanas se fueron a pique, subieron y bajaron las escalas de valores, se hundieron para siempre los cálculos de probabilidad y las coordenadas del sentido común, y, definitivamente, nuestros criterios no son sus criterios ni nuestra lógica su lógica. Al final, es una cuestión de fe. Sin ella no se entiende nada. Es mejor, pues, cerrar los ojos y la boca, quedarse en silencio y... adorar.
            Puedo agregar otra experiencia personal: yo he visto, repetidas veces, cómo los enfermos incurables, cuando pensaban, mirando fijamente el crucifijo, que estaban compartiendo los dolores del Crucificado y acompañándolo en la redención del mundo, yo he visto reves­tirse sus rostros de una paz inexplicable y (¿por qué no decirlo?) de una misteriosa alegría.
Sin duda sentían que valía la pena el sufrir. Habían encontrado un sentido y una utilidad al sufrimiento. Su dolor ya era creador y fecundo, como el de la madre que da a luz.

* * *

            Sí. Llámese alegría o de otra manera, es la victoria y la satisfacción de quien ha arrancado al dolor su agui­jón más temible: el absurdo, el sinsentido, la inutilidad.
            Cuando un enfermo, inútil para todo, o cualquier otro sujeto, triturado por la tribulación, toman con­ciencia de que, en la fe y en el amor, están activamente participando en la salvación de sus hermanos; de que están “completando lo que falta a los padecimientos de Cristo”; de que -su sufrimiento no sólo es útil para los demás, sino que cumple un servicio insustituible; de que estén enriqueciendo a la Iglesia tanto o más que los apóstoles y misioneros; de que su sufrimiento, asu­mido con amor, es el que abre el camino de la gracia más que cualquier otra cosa; de que, más que todo lo demás, hacen presente en la historia de la humanidad la fuerza de la redención, y de que, en fin, estén impul­sando el Reino desde dentro hacia adelante y hacia arriba (Salvifici doloris 27), ¡cómo no sentir satisfacción y gozo!
            No me extraña aquella “salida” jubilosa de Pablo cuando dice: “Ahora me alegro de mis padecimientos” (Col 1,24). Y Pedro invita a los cristianos a una explo­sión de alegría “porque estáis participando de los pade­cimientos de Cristo” (1 Pe 4,13).

miércoles, 6 de febrero de 2013

Redimir con Cristo - II


Dado este misterio, tú no puedes preguntar: ¿Por qué tengo que sufrir yo en lugar de un cineasta francés o de un banquero americano? ¿Qué tengo que ver yo con ellos? Sí, tengo mucho que ver. Todos los bautiza­dos del mundo estamos misteriosamente intercomuni­cados. El misterio opera por debajo de nuestra con­ciencia.
            Una vez injertados en este árbol de la Iglesia, la vida funciona a pesar de nosotros. Esclarezcamos esto con un ejemplo: en mi organismo, yo no sé cómo funcionan el hígado o los riñones porque no los siento, pero sé que funcionan. Yo no sé cuál es la relación entre el hígado y el cerebro, pero sé que esa relación existe por­que cuando el hígado funciona mal, ¡hay que ver cómo me duele la cabeza! La vida profunda y misteriosa de mi entronque en el Cuerpo vivo de la Iglesia y de mi relación con todos los bautizados yo no sé cómo fun­ciona, pero sé que funciona.
            Por consiguiente, no es indiferente que tú seas un santo o un cristiano tibio. Si ganas, gana toda la Igle­sia; si pierdes, pierde toda la Iglesia. Si amas mucho, crece el amor en el torrente vital de la Iglesia. Si eres un “muerto” en el espíritu, es la Iglesia entera la que tiene que arrastrar ese cadáver (cf mi libro Muéstrame tu rostro, Paulinas, Madrid 198413, 346-348).

* * *

            Al avanzar por estos derroteros, nos encontramos con ese estridente desafinamiento que a tantas personas las ha sumido en la confusión: si Dios existe y es justo, ¿por qué triunfan los malos y fracasan los buenos? ¿Por qué los justos viven a veces llenos de desgracias, mientras los pecadores nadan en prosperidad?
            Son viejas preguntas que vienen formulándose desde los días de Job; pero después del Calvario perdie­ron su aguijón. Como hemos visto en las páginas ante­riores, Isaías vislumbró en su Cuarto Canto la res­puesta exacta; ésta se consumó en el Calvario, y Pablo elaboró una explicación teológica.

            Dios mismo cargó sobre los hombros del Siervo “to­dos nuestros crímenes”; fue herido por los delitos de “su” pueblo; los desvíos de los hombres causaron su martirio: está sufriendo en vez de los demás. El Siervo ha ocupado el lugar de los pecadores y ha asumido el su­frimiento que deberla recaer sobre ellos. “Sus cicatri­ces nos han curado” (Is 53,1-10). Bajó silencioso al abismo de la muerte porque estaba expiando los peca­dos ajenos (Is 53,12).
            Sobre este telón de fondo, la primitiva comunidad cristiana contempló e interpretó el Acontecimiento del Calvario.

* * *

A partir de estos hechos, podemos concluir que en­tre nosotros viven hoy día innumerables Siervos de Yahve’ que están sufriendo en vez de los demás y cola­borando con Cristo en la redención del mundo.
            Así como la Catequesis Primitiva no encontró otra explicación al Desastre del Calvario, tampoco nosotros encontramos otra “lógica” que explique la pasión y muerte de tantas personas hoy entre nosotros, sino el contexto y la figura del Siervo que carga sobre silos sufrimientos de los demás.
            Es ésta, para mí, una de mis más firmes conviccio­nes que me asisten. Yo he visto un sinnúmero de veces cómo el misterio del Siervo se repite y se revive a dia­rio entre nosotros. He contemplado, conmovido, al Siervo asomarse en las encrucijadas de los caminos de polvo, expulsado de su casa por no poder pagar el al­quiler; he visto su figura doliente arrastrarse por la ca­lle en busca de un empleo.
            He visto familias piadosas victimas de una cadena de infortunios; santas madres de familia visitadas por la enfermedad o la calumnia; criaturas pequeñas, sin cul­pa ni malicia, marcadas para siempre por la invalidez o la muerte. Están sufriendo en vez de los demás.
            Basta asomarse a un hospital, o recorrer la calle en­trando casa por casa, y nos encontraremos con centenares y millares de víctimas de la mentira y de la incom­prensión, el estigma, el zarpazo, la zancadilla, el agui­jón, la muerte: sabiendo o sin saber, están sufriendo y muriendo, con Cristo y como Cristo, por los demás, cargando sobre sí las cruces de la Humanidad.

martes, 5 de febrero de 2013

Redimir con Cristo - I


Ahora bien; el que sufre en unión con Cristo no sólo extrae consolación de la tribulación, sino que “comple­ta” con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos del Señor (Col 1,24).
            Debido a esto, Juan Pablo II habla del “carácter creador del dolor”, el cual confiere al sufrimiento no sólo un sentido, sino una utilidad dinámica y fecundan­te. Salta a la vista el hecho de que, si Cristo redimió el mundo aceptando amorosamente el dolor, todo cristia­no que se asocie a ese dolor con su propio sufrimiento participa del carácter redentor del dolor de Cristo; está redimiendo con Cristo.
            El sufrimiento de Jesús ha generado un bien: la re­dención del mundo. Y aunque es verdad que este bien es infinito y ningún hombre puede agregarle nada, sin embargo, Cristo ha querido dejar abierto su propio do­lor salvador a todo y cualquier sufrimiento humano, a condición de que sea asumido con amor (Salvifici doloris 24).
            Con otras palabras: el Señor ha realizado la reden­ción completamente, pero no la ha cerrado. Al contra­rio, “forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser comple­tado sin cesar” (JUAN PABLO II).
            Esta redención, al mismo tiempo completa pero siempre abierta, nos introduce de lleno en el misterio esencial de la Iglesia, la cual despliega y completa la obra redentora de Cristo. Y el misterio central de la Iglesia es su naturaleza de Cuerpo Místico, marco y espacio en que “se completa lo que falta a los padeci­mientos de Cristo, espacio en que Cristo está incesan­ te y vigorosamente creciendo hacia su plenitud” (Ef 4,13).

* * *

            No somos socios, sino miembros de una sociedad de naturaleza muy particular, en que ganamos en común y perdemos en común. Esta Comunidad es como un Cuer­po que tiene muchos miembros, pero todos los miembros, juntos, forman una sola realidad. Cada miembro tiene una función específica, pero todos los miembros concurren, complementariamente, al funcionamiento general de todo el organismo (1 Cor 12,12).
            Cuando se nos lastima el pie, ¿acaso lo dejamos san­grar, diciendo: qué tiene que ver mi cabeza con el pie? Cuando el oído está enfermo, ¿acaso dice el ojo: yo no soy el oído; qué tengo que ver contigo? No, sino al contrario, cada miembro ayuda a los demás, porque to­dos juntos constituyen el organismo. ¿Qué sería del brazo si no estuviera adherido al cuerpo? ¿De qué val­drían los ojos sin el oído, o los oídos sin los pies? (1 Cor 12,14-22). Pero hay mucho más: “Si un miem­bro tiene un sufrimiento, todos los demás miembros sufren con él; o si un miembro es honrado, gozan jun­tamente todos los miembros” (1 Cor 12,26).
            Aquí está, precisamente, el nudo de la cuestión. Si se nos lastima tan sólo la uña del dedo pequeño, es posible que la fiebre se apodere de todo el organismo: to­dos los miembros sufren las consecuencias. ¿Por qué la rodilla tendría que sufrir las consecuencias del dedo pequeño? Porque ganamos en común y perdemos en común. ¿Perdió el dedo?; perdieron todos los miem­bros. ¿Sanó el dedo?; sanaron todos los miembros.
Existe, pues, en el interior de ese organismo que lla­mamos Iglesia una intercomunicación de salud y enfermedad, de bienestar y malestar, de gracia y pecado, igual que en el fenómeno de los vasos comunicantes.

lunes, 4 de febrero de 2013

Sufrir y redimir


Morir con Cristo

            Después de decirnos que Cristo “estuvo circundado de fragilidad” (Heb 5,2), agrega la Carta a los Hebreos que (Cristo), sufriendo, “aprendió a obedecer” (Heb 5,8). Llama la atención esa expresión obedecer. Hay militantes ateos, aun hoy día, que asumen la tortura y la muerte con una actitud estoica, llamemos pasiva o fatalista, sin inmutarse.
            Pero el término obedecer introduce un matiz distinto:  viene a indicar que Cristo asumió el dolor de una manera personal, activa, como una ofrenda consciente y voluntaria, dando así a su sufrimiento un significado y un vuelo de apertura hacia el hombre universal.
            Y así, “por haber sufrido, puede ayudar a los que sufren” (Heb 2,18). Como radios que desde la superfi­cie convergen en el centro de la esfera, los padecimien­tos de cada día hacen que Cristo y el hombre se junten y se encuentren en el centro del círculo: el dolor. Her­manados en el dolor.
            Y por pertenecer a la entraña misma de la familia humana, Jesús tiene voz y autoridad para convocar a todos los desgarrados por la tribulación, para ofrecerles una copa de alivio y descanso (Mt 11,28).

* * *

            Después de “contemplar al que traspasaron” (Jn 19,27), los testigos no aciertan a comprender el sufri­miento humano si no es a través del prisma del dolor de Jesús. El que sufre en la fe, sufre en Cristo. Más aún, es Jesús mismo el que sufre y muere de nuevo.
    Pedro, en su Primera Carta, dirigiéndose probable­mente a los cristianos del Asia Menor, les viene a decir: me han informado que un fuego extraño ha prendido entre vosotros, y que la tribulación se enrosca, como serpiente, a vuestra cintura. Esto no os debe extrañar, porque es normal que así suceda. Más aún, os invito a dar rienda suelta a la alegría “porque estáis participan­do de los sufrimientos de Cristo” (1 Pe 4,13).
            Y escribiendo a los “santos de Colosas”, Pablo les pregunta: “Una vez que habéis muerto con Cristo” (Col 2,20), ¿qué sentido tiene continuar amarrados con las cadenas de la ley?

            Corinto era, en los días de Pablo, una ciudad moder­na y floreciente, centro comercial y nudo de comunicaciones. Allí Pablo fundó una comunidad que presto llegó a tener una existencia fecunda y, más de una vez, agitada. Pronto se hicieron presentes allí lobos temibles y falsos apóstoles, que estuvieron a punto de hacer naufragar la nave de la comunidad.
            Con ocasión de estos desórdenes, Pablo vivió una larga agonía. Desde Efeso escribe a los corintios su Segunda Carta, “presa de una gran aflicción y angustia de corazón, con muchas lágrimas” (2 Cor 2,4). Es la carta magna de la desolación y consolación, en que en­contramos a Pablo profundamente abatido y, al mismo tiempo, profundamente consolado, porque la llama de la consolación brota siempre de la herida de la tribulación. Después de redactar esos tensos primeros capítu­los, Pablo nos entrega, con alto poder, esa magnífica expresión que sintetiza el espíritu de la Carta: “Lleva­mos por todas partes, grabado en nuestro cuerpo, el morir de Jesús” (2 Cor 4,10).
            Y en la misma Carta nos entrega también este vigo­roso texto: “Mientras vivimos, estamos siempre entregados a la muerte por amor a Jesús” (2 Cor 4,8). El que sufre en la fe sufre, pues, con Cristo y como Cristo; más aún, participa del dolor y muerte de Jesús; mejor dicho, es Jesús mismo quien sigue sufriendo y murien­do, hermanado y hecho una misma unidad con los ago­nizantes, lisiados y traicionados.
            Envuelto en llamas y respirando amenazas, Saulo pi­dió autorización para cazar a los seguidores del Evangelio y, encadenados, devolverlos a Jerusalén para ser entregados al Sanedrín. Y mientras galopaba, una co­lumna de luz lo envolvió: “Saulo, Saulo; ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor? Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (He 9,4). Es, pues, Jesús mismo quien sigue sufriendo en el dolor del cristiano.

* * *

            Sobre su blanca piel cayó la calumnia como un pu­ñado de alquitrán, y su figura quedó desfigurada por largos años. Pero, en realidad, el desfigurado era Jesús mismo. Con flechas de todo calibre, disparadas por cazadores raquíticos, lo asaetearon sin compasión, deján­dolo malherido y llorando. Pero era Jesús mismo, zaherido por sus enemigos.
            Tras largos años de fidelidad, la esposa fue traiciona­da por su consorte, y el hermano por sus propios familiares, como Jesús lo fue por Judas. Mil avispas de in­comprensiones, malentendidos, comentarios desfavorables e interpretaciones antojadizas hicieron de su vida un triste tejido de espinas y lágrimas. ¿Qué otra cosa hicieron con Jesús los saduceos y los herodianos?
Los que son abatidos por la melancolía y la depre­sión participan de la agonía de Getsemaní. Como un castillo de naipes se les fue al suelo aquel proyecto tan acariciado y tuvieron que morder la fruta amarga del fracaso. Participaron del fracaso de Jesús.
            Los hermanos que fueron abandonados por sus pro­pios hermanos, los jóvenes que vieron rotas sus ilusiones, los creyentes que se debaten en la noche oscura de la fe, los que se sienten cansados de luchar y hastiados de vivir, los que están amenazados por una prematura muerte..., todos ellos participan de la muerte de Jesús.
            Se levantan cansados. No pueden dormir. Como un gusano, el carcinoma va corroyendo y deshaciendo sus huesos, mientras los amigos se alejan porque saben que se muere, y se muere de triple agonía: dolor, soledad y tristeza. El lecho o el carrito de ruedas es la morada eterna del minusválido. Y esas jaquecas que lo invali­dan por días enteros. Y lleva en las entrañas una fiera que le clava la garra, pero nadie descubre la naturaleza de la enfermedad; y el temor, como oscura nube, cubre su cielo... En suma, ¡ la enfermedad con sus mil rostros! Es Cristo el que está postrado en cama, y sufre, y agoniza.
            Todo esto, sin embargo, puede sonar a vena literatu­ra. Si queremos que. estas consideraciones se tornen en real consolación, es imprescindible cumplir con una condición: vivirlo todo en la fe, uniéndose conscientemente al Cristo Doliente; asumirlo todo en el espíritu de Jesús; obedecer, en el sentido ya explicado: aceptar cada prueba de una manera consciente y voluntaria, con amor y significado.

domingo, 3 de febrero de 2013

Varón de dolores - III


En segundo lugar, Jesús moría en plena juventud, y la muerte le segaba todos los lazos amables de la vida: no poder disfrutar más de la luz del sol, de la primave­ra, de la amistad, del afecto de las gentes, de la gratitud de los humildes; no poder soñar, amar y ser amado; no poder hacer felices a los demás ni disfrutar del trato de los familiares y discípulos... Todo queda cercenado; y eso, para un hombre vital como Jesús, es particularmente sensible. Era la Gran Despedida; como si dijera: me voy, y ustedes no pueden “venir” conmigo.
            En tercer lugar, y mirando hacia atrás y evaluando sus años de misionero de la paz, le resultaba difícil descartar la impresión de fracaso, tanto en la Galilea, salvo en los primeros tiempos, como en la Samaria, como, sobre todo, en la Judea. Las muchedumbres, veleidosas como de costumbre, desertaron. La clase gobernante e intelectual, salvo contadas excepciones, lo calificaron de transgresor de la ley, blasfemo y peligroso para la seguridad nacional; y juzgaron que debía ser expulsado de la vida.
            De los discípulos comprometidos con él con lazos de una larga convivencia, uno lo traicionó, otro lo renegó, y “todos”, en una confusa desbandada, “abandonándo­lo, huyeron” (Mc 14,50). Irónicamente, su muerte hizo que se reconciliaran, para confabular en un mismo complot, los grupos antagónicos que nunca se sientan a una misma mesa: los gobernantes y el pueblo, Roma e Israel, Pilato y Herodes, el Procurador y el Pontífice. Jesús bebió otro amargo trago, probablemente el más amargo de la experiencia humana: la sonrisa despec­tiva y el sarcasmo de los vencedores (Lc 23,35).
            Hay otro rasgo que agrega una dosis especial de aci­dez a su muerte: a Juan lo mató Herodes, y ello permi­tía considerar su muerte como un martirio. A Jesús lo mataron los representantes de Dios. Juan muere por una apuesta absurda y frívola. Jesús es juzgado por blasfemo, condenado como tal y ejecutado. In situ, en las circunstancias históricas en las que ocurrió el he­cho, no hay por donde encontrar un resquicio por el que se le pueda dar a Jesús una aureola de mártir o de héroe. Fue, simplemente, ejecutado ignominiosamente.
            De por sí, el morir es el acto más solitario de la vida. Es la soledad misma. Pero si ese trance está rodeado de afecto, si el ajusticiamiento injusto y la ejecución del profeta están envueltos en una cálida solidaridad de los partidarios y discípulos, en ese caso la soledad del ajus­ticiado puede quedar parcialmente aliviada. Pero en el caso de Jesús no hubo tal solidaridad, sino hostilidad e indiferencia.
            De los que presenciaban aquel desenlace, un puñado lloraba sin poder aliviar nada, muchos estaban satisfe­chos y contentos, y la inmensa mayoría, indiferentes. Hoy día, esa noticia habría aparecido en unas pocas líneas, perdida en las páginas interiores de los periódi­cos. En líneas generales, podríamos decir que aquello no interesó mayormente a los habitantes de Jerusalén. Símbolo de esa indiferencia eran sus propios discípu­los, dormidos tranquilamente en el Olivar mientras el Maestro se debatía en una trágica agonía. ¡Cómo no sentir náusea!
            Las circunstancias descritas nos dan el derecho para concluir que la Pasión y Muerte tuvieron carácter de colapso, de holocausto: el derrumbamiento integral de una persona y su proyecto. Jesús fue, pues, verdaderamente varón de dolores.
            Ahora haría falta una larga disquisición para consi­derar la serenidad con que Jesús afrontó este colapso, los intereses salvíficos de Dios en este acontecimiento y la apertura y disponibilidad con las que el Siervo asu­mió la voluntad de Dios. Pero esto no entra en nuestro propósito.

sábado, 2 de febrero de 2013

Varón de dolores - II


En varias ocasiones vemos a Jesús desalentado. Pero hay en Marcos 8,12-13 una reacción inesperadamente enérgica, en que sentimos algo así como un quejido interior, como de un navío que cruje: “Jesús dio un profundo suspiro y dijo: ¡Cómo!; ¡esta clase de gente busca una señal! Os aseguro que a esta clase de gente no se le dará señal. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la orilla de enfrente”. ¿Esperanzas destrozadas? ¿ Ilusiones desgarradas? Son reacciones que nos permi­ten vislumbrar una desconocida y secreta familiaridad de Jesús con el sufrimiento.

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            El sufrimiento de Jesús es como una tempestad que se forma allá lejos, en otra comarca; crece, se mueve y se aproxima; se le siente cada vez más cerca; va progre­sivamente avanzando en un crescendo incontenible, hasta que descarga toda su violencia en su Pasión y Muerte.

            Los Evangelios nos dejan constancia en forma uná­nime y clara de que Jesús en las últimas semanas y días estuvo rodeado de indiferencia, cobardía, odio, trai­ción. Tenía motivos más que suficientes para retirarse de la vida amargado y resentido por la insensatez de la raza humana. Pero no fue así.

            Lo inesperado, lo que nos parece incomprensible y que uno se resiste a aceptar, es lo siguiente: ¿cómo es posible que un hombre gozoso como Jesús, con un mensaje vital y alegre, pudiera encontrarse con un re­chazo tan cerrado, con un grado tan increíble de conflictividad?
            El conflicto y la resistencia levantados a su paso fue­ron de tal magnitud que su vida y obra, humanamente hablando, estallaron en llamas y cenizas en la pira del desastre. Es éste un enigma incomprensible que, de momento, lo dejamos de lado.
            En todo caso, Jesús no se retiró de la vida con el rictus de un amargado. Su dolor no fue egoísta ni cen­trado en sí mismo. En ningún momento sorprendemos a Jesús cerrado sobre sí mismo, reclamando el reconocimiento de la humanidad, o hurgando en las heridas de sus frustraciones, o paladeando la fruta agridulce de la autocompasión, como si en el mundo no hubiera otra realidad que su fracaso, o como si la historia tuviera que ser valorada teniendo como centro y clave su pro­pia desgracia. Nada de eso.
            Al contrario, estando como estaba en el ojo mismo de la tempestad, lo captamos enteramente olvidado de sí y salido siempre hacia el otro. Y el motivo de su sufrimiento son siempre los otros. De modo que, en Jesús, el dolor es consecuencia de su “ser para el otro
            Y así, tuvo una palabra de delicadeza para el traidor (Lc 22,48). Se mostró sumamente preocupado de que los discípulos no corrieran su misma suerte: “Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos” (Jn 18,8). Le ten­dió a Pedro, enredado en la cobardía, una mirada de salvación (Lc 22,51). Tuvo un magnífico gesto de caballerosidad, camino del Calvario, para con aquellas mu­jeres que, con lágrimas, se solidarizaban con él (Lc 23,28). Fue delicado y atento con el ladrón en la cruz (Lc 23,39). Y, en último instante, casi asfixiado, tuvo con su madre un rasgo filial de atención, entregándola a los cuidados de Juan (Jn 19,25). Hasta el último aliento fue el hombre para los hombres.
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            En su Pasión y Muerte convergieron todas las cir­cunstancias para hacer sobremanera amargo ese paso. Y esas circunstancias justifican el titulo de varón de dolores.
            En primer lugar, en cuanto al dolor físico, la pérdida de su sangre privó del agua a su cuerpo, originándose una progresiva deshidratación, sensación sumamente desagradable. Debido a ello, se apoderó de Jesús una sed generalizada que se siente no sólo en la garganta, sino en todo el organismo, sed que ningún líquido del mundo puede saciar, sino una transfusión de sangre. La pérdida de sangre originó también una fiebre alta, que, a su vez, derivó en una confusión mental o pérdi­da parcial de la conciencia de su identidad. Sufrió tam­bién, como todos los crucificados, el suplicio de la asfi­xia al no poder respirar debido a la posición forzada del cuerpo.