Había un grupo de personas tratando de describir una situación, escenario o símbolos que representara la paz.
Uno dijo “para mí, una paloma es un símbolo de paz, es blanca, frágil, indefensa y a la vez puede volar alto, como que sobrepasara todo impedimento y dificultad”.
Otra persona se refirió al tema así “no hay como un hermoso paisaje para evocar la paz, un cielo azul, con frondosos árboles, un riachuelo de aguas cristalinas, el trinar de las aves y el fresco aroma de las flores, eso para mí es un lugar donde te encuentras cara a cara con la paz”.
“Un momento en mi habitación a solas, con música clásica, un buen libro y luz tenue me invita a sentir paz”, dijo otro. Hubo también quien dijo que lo más placentero y que le hacía experimentar la sensación de paz era después de una tormenta cuando las flores, los árboles y toda la vegetación aún están húmedas con pequeñas gotas de agua y se apreciaba nuevamente la calma.
Uno a uno fue describiendo con mucho entusiasmo sus percepciones, las cuales todas eran hermosas. Sin embargo, hubo un hombre que habló al final y dijo “para mí el escenario donde yo experimenté la verdadera paz fue en la cárcel, tras los grises barrotes de hierro y las húmedas paredes de cemento.
Hasta ese entonces había vivido en medio del caos, la violencia, el desprecio, el odio, la persecución, cuando un día, alguien me predicó acerca de un hombre que había dado su vida por mí, que había muerto en la cruz para liberarme de todo el peso de mis pecados y mi maldad, me dijo que si me arrepentía y aceptaba a Jesús como mi Señor y Salvador podría volver a nacer. Así lo hice, lloré noches enteras, arrepentido por todo el daño que había causado, por los malos caminos que había caminado, entró en mi ser una convicción total de mi culpa y al fin acepté con firmeza pagar mi condena. Poco a poco fui experimentando el perdón, no solo de Dios sino también de mis seres queridos, cada vez que me sumergía en su palabra, sentía como me iba limpiado y convirtiendo en un hombre nuevo
VALERIA NAZER
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miércoles, 18 de junio de 2014
jueves, 29 de mayo de 2014
Cómo entrar en el espacio interno de paz
Sólo debe sentarse en un lugar tranquilo, cerrar los ojos y prestar atención a sus ritmos corporales; en cada exhalación debe soltar más y más las tensiones musculares y contemplar con los ojos de la conciencia los diferentes ritmos que percibimos en las diferentes partes de nuestro cuerpo físico.
Al ir descubriendo los diferentes ritmos que hay en el cuerpo, también se irá dando cuenta de las diferentes sensaciones que dan el mensaje de cansancio o de necesidad de frescura.
En el momento en que se encuentre ya en un estado de relativa calma, piense en todas las personas negativas que usted percibe en este mundo y luego envíeles un pensamiento de perdón y de liberación: Les perdono y les libero, que el bien y la paz sea con ustedes. A continuación comenzamos a extender el perdón a todas las personas de nuestro pasado que nos causaron dolor y sufrimiento, luego extendemos nuestro perdón a todas las personas de nuestra familia que nos trataron mal o que simplemente no eran parte de nuestro mundo y, luego perdonamos a nuestros papás por todo y por nada y finalmente nos perdonamos a nosotros mismos por todos los cargos morales y quejas que tengamos contra nosotros mismos.
El acto perdonador tan amplio que practicamos en ese estado interno de paz tiene un efecto equilibrador en nuestra conciencia, pues nuestra actitud productora de estrés disminuye su fuerza y en ese estado de paz interna podemos elegir al primer pensamiento que queremos que se manifieste en nuestra vida, sea el que sea.
Un amigo que tiene su tienda de artículos de computación comenzó con estas afi rmaciones para poder organizar su vida dedicando todo un cuaderno sólo para escribir letreros con sus afirmaciones, estas son las afirmaciones que utilizó: Todos los días tengo clientes y los domingos también; Mi hijo está mejorando día a día y está descubriendo su plan de designio divino; Todo mi sistema nervioso ha vuelto a la normalidad; Encuentro paz cuando me sumerjo en mi interior; Vivo libre y en paz los días de mi vida.
Cuando me mostró su cuaderno, sus afirmaciones estaban escritas con letras de imprenta, grandes en dos cuadros y con un marcador azul muy nítido. De alguna forma mi amigo estaba aprendiendo a guiar su vida y sus problemas hacia soluciones con el uso de esos letreros hechos en forma horizontal en un simple cuaderno y todo lo que hacía era lo que le había sugerido: Leer tres veces al día diez veces cada afi rmación en voz alta y con un sentimiento de gratitud. Usted querido amigo o usted querida amiga puede hacer lo mismo partiendo de todas las situaciones que en su vida merecen una sanación o una solución.
Pensamiento creador para memorizar: “Cada herramienta directamente aprendida tiene poder superior en nuestra vida.
miércoles, 28 de mayo de 2014
LA VERDADERA PAZ
Había un grupo de personas tratando de describir una situación, escenario o símbolos que representara la paz.
Uno dijo “para mí, una paloma es un símbolo de paz, es blanca, frágil, indefensa y a la vez puede volar alto, como que sobrepasara todo impedimento y dificultad”.
Otra persona se refirió al tema así “no hay como un hermoso paisaje para evocar la paz, un cielo azul, con frondosos árboles, un riachuelo de aguas cristalinas, el trinar de las aves y el fresco aroma de las flores, eso para mí es un lugar donde te encuentras cara a cara con la paz”.
“Un momento en mi habitación a solas, con música clásica, un buen libro y luz tenue me invita a sentir paz”, dijo otro. Hubo también quien dijo que lo más placentero y que le hacía experimentar la sensación de paz era después de una tormenta cuando las flores, los árboles y toda la vegetación aún están húmedas con pequeñas gotas de agua y se apreciaba nuevamente la calma.
Uno a uno fue describiendo con mucho entusiasmo sus percepciones, las cuales todas eran hermosas. Sin embargo, hubo un hombre que habló al final y dijo “para mí el escenario donde yo experimenté la verdadera paz fue en la cárcel, tras los grises barrotes de hierro y las húmedas paredes de cemento.
Hasta ese entonces había vivido en medio del caos, la violencia, el desprecio, el odio, la persecución, cuando un día, alguien me predicó acerca de un hombre que había dado su vida por mí, que había muerto en la cruz para liberarme de todo el peso de mis pecados y mi maldad, me dijo que si me arrepentía y aceptaba a Jesús como mi Señor y Salvador podría volver a nacer. Así lo hice, lloré noches enteras, arrepentido por todo el daño que había causado, por los malos caminos que había caminado, entró en mi ser una convicción total de mi culpa y al fin acepté con firmeza pagar mi condena. Poco a poco fui experimentando el perdón, no solo de Dios sino también de mis seres queridos, cada vez que me sumergía en su palabra, sentía como me iba limpiado y convirtiendo en un hombre nuevo
VALERIA NAZER
valerianazer@valerykids.com
Uno dijo “para mí, una paloma es un símbolo de paz, es blanca, frágil, indefensa y a la vez puede volar alto, como que sobrepasara todo impedimento y dificultad”.
Otra persona se refirió al tema así “no hay como un hermoso paisaje para evocar la paz, un cielo azul, con frondosos árboles, un riachuelo de aguas cristalinas, el trinar de las aves y el fresco aroma de las flores, eso para mí es un lugar donde te encuentras cara a cara con la paz”.
“Un momento en mi habitación a solas, con música clásica, un buen libro y luz tenue me invita a sentir paz”, dijo otro. Hubo también quien dijo que lo más placentero y que le hacía experimentar la sensación de paz era después de una tormenta cuando las flores, los árboles y toda la vegetación aún están húmedas con pequeñas gotas de agua y se apreciaba nuevamente la calma.
Uno a uno fue describiendo con mucho entusiasmo sus percepciones, las cuales todas eran hermosas. Sin embargo, hubo un hombre que habló al final y dijo “para mí el escenario donde yo experimenté la verdadera paz fue en la cárcel, tras los grises barrotes de hierro y las húmedas paredes de cemento.
Hasta ese entonces había vivido en medio del caos, la violencia, el desprecio, el odio, la persecución, cuando un día, alguien me predicó acerca de un hombre que había dado su vida por mí, que había muerto en la cruz para liberarme de todo el peso de mis pecados y mi maldad, me dijo que si me arrepentía y aceptaba a Jesús como mi Señor y Salvador podría volver a nacer. Así lo hice, lloré noches enteras, arrepentido por todo el daño que había causado, por los malos caminos que había caminado, entró en mi ser una convicción total de mi culpa y al fin acepté con firmeza pagar mi condena. Poco a poco fui experimentando el perdón, no solo de Dios sino también de mis seres queridos, cada vez que me sumergía en su palabra, sentía como me iba limpiado y convirtiendo en un hombre nuevo
VALERIA NAZER
valerianazer@valerykids.com
miércoles, 13 de febrero de 2013
En tus manos - II
Dios organizó
el mundo y la vida dentro de un sistema de leyes regulares que llamamos causas
segundas, como son la ley de la gravitación o la ley de la libertad. El Padre,
normalmente, respeta sus propias leyes dentro de las cuales organizó y
funcionan las estructuras humanas y cósmicas. Ellas continúan en su marcha natural
y, como consecuencia, sobrevienen los desastres y las injusticias.
Para Dios, sin embargo, no existen
imposibles: podría interferir en las leyes del mundo, descolocando lo que
anteriormente había colocado, y evitar este accidente o aquella calumnia. Pero
el Padre, normalmente, consecuente consigo mismo, respeta su obra y permite las
desgracias de sus hijos, aunque no las quiera.
Ahora bien; si El, pudiendo evitar
todo mal, absolutamente hablando, no lo evita, es señal de que lo permite. No
podríamos decir que una calumnia ha sido querida por Dios, mas sí permitida.
Todo acto de abandono es, pues, una
visión de fe. En ella se distinguen dos niveles: el fenómeno y la realidad: lo
que se ve y lo que no se ve. Lo que se ve son las reacciones psicológicas, las
leyes biológicas, etc.,
que, eventualmente, pueden incidir en nuestras tribulaciones. Lo que no
se ve es la Realidad, el Señor Dios, fundamento fundante de todo.
El último eslabón de la cadena de
los acontecimientos lo sujeta el dedo de Dios. Nuestras cuentas pendientes, en
última instancia, las tenemos que saldar con Dios mismo. En el acto de abandono
se trascienden los fenómenos (accidentes, lo que dijeron de mí, lo que me
hicieron, la marcha de los acontecimientos) y, detrás de todo, se descubre a
Aquel que es y me ama, en cuyas manos se entrega todo.
Para Jesús, en Getsemaní, estaba
evidente y estridente que la tormenta que se le avecinaba era una
confabulación miserable, engendrada y organizada por las reacciones
psicológicas, intereses personales, utilidades políticas, nacionalismos,
ventajas económicas o militares... Pero Jesús cerró los ojos a esas evidencias
de primer plano, trascendió todo, y para El, en ese momento, no había más
realidad que “Tu Voluntad” (Mt 26,42), en cuyas manos, luego de fiera
resistencia (Mc 14,36), se abandonó; y se salvó, primeramente a sí mismo, del
tedio y de la angustia; y nos salvó a todos nosotros. Y a partir de este
momento contemplamos a Jesús avanzar en el itinerario de la Pasión, bañado de
una paz inexplicable, de tal manera que será difícil encontrar en los anales
de la historia del mundo un espectáculo humano de semejante belleza y
serenidad.
* * *
Abandonarse consiste, pues, en
desprenderse de sí mismo para entregarse, todo entero, en las manos de Aquel
que me ama.
Esta “terapia” es plenamente
aplicable a la universalidad de todas las fuentes de sufrimiento que hemos
descubierto y explorado en el capítulo segundo de este libro. No se encontrará
ruta más rápida y segura de liberación que la “terapia” del abandono.
Liberarse
consiste en depositar en Sus Manos todo lo que está consumado, todo lo que es
impotencia y limitación: la ley de la precariedad, la ley de la transitoriedad,
la ley de la insignificancia humana, la ley del fracaso, la ley de la
enfermedad, la ley de la ancianidad, la ley de la soledad, la ley de la muerte.
Consiste,
en suma, en aceptar el misterio universal de la vida.
Y
nuestra morada se llamará PAZ.
* * *
Lanza del
Vasto nos ofrece este hermoso apólogo:
“Caía la
noche. El sendero se internaba en el bosque, más negro que la noche. Yo estaba
solo, desarmado. Tenía miedo de avanzar, miedo de retroceder, miedo del ruido
de mis pasos, miedo de dormirme en esa doble noche.
Oí crujidos en el bosque, y tuve miedo. Vi brillar
entre los troncos ojos de animales, y tuve miedo. Después no vi nada, y tuve
miedo, más miedo que nunca.
Por fin salió de la sombra una sombra que me cerró el
paso.
“iVamos! ¡Pronto! ¡La bolsa o la vida!”
Y me sentí casi consolado por esa voz humana, porque
al principio habla creído encontrar a un fantasma o a un demonio.
Me dijo: “Si te defiendes para salvar tu vida, primero
te quitaré la vida y después la bolsa. Pero si me das tu bolsa solamente para
salvar la vida, primero te quitaré la bolsa y después la vida”.
Mi corazón enloqueció; mi espíritu se rebeló.
Perdido por perdido, mi corazón se entregó.
Caí de rodillas y exclamé: “Señor, toma todo lo que
tengo y todo lo que soy”.
De pronto me abandonó el miedo, y levanté los ojos.
Ante mí todo era luz. En ella el bosque reverdecía”.
martes, 12 de febrero de 2013
En tus manos - I
Partiendo
desde las primeras páginas, hemos recorrido, en este libro, un largo
itinerario, el camino del dolor. Durante el recorrido hemos ido esparciendo
por doquier pautas y recetas, no para extirpar el dolor—donde está el hombre,
allí estará, como sombra, el sufrimiento—, sino para mitigarlo.
En mi opinión, existe un talismán
prodigioso, y se llama el camino del abandono. Sin embargo, no he querido
abordarlo a fondo en estas páginas porque ya lo había tratado en otros libros,
particularmente en Muéstrame tu rostro (pág. 121-159).
No obstante, intentaré entregar aquí
tan sólo un breve esquema, advirtiendo de antemano que esta senda es válida y
liberadora para aquellos que viven decididamente en un contexto de fe.
Hace varias décadas recorrió el
mundo y se hizo famosa aquella afirmación de Charles Péguy: “Al llegar a los
cuarenta años, el hombre llega a la conclusión de que ni él ni nadie ha sido,
es ni será feliz”.
Es una afirmación demasiado grave.
Los absolutos existen tan sólo en el campo de las ideas, no en la vida. A pesar
de que este libro es una embestida a fondo contra toda ficticia ilusión,
disentimos de la opinión pesimista de Péguy, y por eso he escrito este libro, y
por eso ahora, para coronarlo, entrego, aunque en resumen, esta vía de
liberación y de paz: el camino del abandono.
* * *
Abandono es una palabra ambigua y se
presta a equívocos. A primera vista, suena a pasividad, fatalismo,
resignación. En el fondo, es lo contrario: el abandono, correctamente vivido,
coloca a la persona a su máximo nivel de eficacia y productividad.
En
todo acto de abandono existe un no y un sí. No a lo que yo quería o hubiese
querido. ¿Qué hubiese querido? ¡ Venganza contra los que me hicieron esto!; no
a esa venganza. ¡Tristeza porque se me fue la juventud!; no a esa tristeza.
¡Resentimiento porque todo me sale mal en la vida!; no a ese resentimiento.
Y sí a lo que Tú, Dios mío,
quisiste, permitiste o dispusiste. Sí, Padre, en tus manos extiendo mi vida
como un cheque en blanco. iHágase tu voluntad!
Como hemos visto en las páginas
anteriores, todo lo que resistimos mentalmente lo transformamos en enemigo.
Para con las realidades que le producen agrado, el hombre extiende un lazo
emocional de apropiación. Las cosas (o personas) que le causan desagrado, el
hombre las resiste mentalmente, las rechaza, con lo que, automáticamente, las
transforma en enemigas. Estas pueden ser los ruidos de la calle, el clima, el
vecino, los acontecimientos, mil detalles de su propia persona, etc.
La resistencia emocional, por su
propia naturaleza, tiende a anular al “enemigo”. Ahora bien, existen realidades
que, resistidas estratégicamente, pueden ser neutralizadas parcial o
totalmente, como la enfermedad, la ignorancia o la pobreza. Sin embargo, gran
parte de las realidades que el hombre resiste no tienen solución o la solución
no está en sus manos. A estas realidades llamamos situaciones límites, hechos
consumados.
La sabiduría consiste, pues, en
hacer una pregunta: esto que me molesta, ¿puedo remediarlo? Si hay alguna posibilidad
de solución, no es hora de abandonarse, sino de poner en acción todas las
energías para lograr la solución. Pero si no hay nada que hacer, porque las
cosas son insolubles en sí mismas o la solución no está en nuestras manos,
entonces llegó la hora de abandonarse. Abandonar ¿qué? La rebeldía mental:
llegó la hora de silenciar la mente, inclinar la cabeza, depositar los
imposibles en manos de Dios Padre y entregarse.
Mirando con la
cabeza fría, el hombre descubre que gran parte de las cosas que le disgustan,
le entristecen o le avergüenzan no tienen solución. En este caso, es locura
encenderse en cólera contra ellas, porque es uno mismo el que se quema
inútilmente y se destruye.
Dije que es preciso silenciar la
mente, y aquí está el secreto de la liberación; porque la mente tiende a rebelarse,
ponderar las consecuencias del disgusto y lamentarse; con todo lo cual, el
sujeto mismo que se rebela, y sólo él, se quema y se amarga.
El abandono es, pues, un homenaje de
silencio para con el Padre; por consiguiente, un homenaje de amor y, por ende,
adoración pura; y, a nivel psicológico, en este silencio mental estriba el
secreto de la “salvación”, en cuanto terapia liberadora.
lunes, 11 de febrero de 2013
Sufrir con los que sufren - II
En la
carretera que va de Jerusalén a Jericó, es decir, en los infinitos caminos del
mundo, el samaritano encontrará hoy día, arrumbados a la vera del camino, un
sinfin de inmigrantes y emigrantes, cansados en su deambular tras un empleo
decoroso.
Debido al desequilibrio
socio-político nacional e internacional, encontrará un enjambre ingente de
asilados, refugiados, desterrados, indocumentados.
Encontrará también, en situación de
abandono y soledad, millares de ancianos, minusválidos, masas de campesinos e
indígenas en su interminable éxodo del campo a las urbes. Se encontrará, en
fin, con el triste espectáculo de la vagancia infantil, niños entregados a la
mendicidad y a los vicios...
Por todo lo cual el samaritano
moderno tiene un peligro: el de sentirse abrumado por la altura monumental de
la miseria humana y el de dejarse dominar por el sentimiento de impotencia y
desesperanza.
Según entiendo, hay una sola manera
de sortear este desaliento: no dejar de mirar a Aquel que “pasó por todas
partes haciendo el bien a todos” (He 10,38), a Aquel que “recorría ciudades y
aldeas sanando toda dolencia y toda enfermedad” (Mt 9,35), a Aquel que, en
suma, fue el hombre para los hombres (Lc 14,2-4; 12,11-13; Mt 11,28s; Lc 8,18s;
Mt 25,34s; Mc 2,17; Mc 6,34; 8,2; Mt 11,5; Jn 6,1-16; Lc 22,51).
domingo, 10 de febrero de 2013
Sufrir con los que sufren - I
Bajando de
Jerusalén a Jericó, en el severo desnivel descendente y entre los cerros
pelados del Desierto de Judá, yacía en el suelo un hombre asaltado y agredido
por los ladrones. Casualmente caminaban también por la misma ruta gentes
cualificadas; lo vieron, pero pasaron de largo. Acertó a pasar un samaritano,
el cual se inclinó sobre el herido, lo recogió y lo atendió solícitamente.
Frente a la teoría ¿quién es mi
prójimo?, Jesús viene a responder: el amor no es una teoría, sino un movimiento
del corazón y de los brazos: cualquiera que sufre es mi prójimo.
Es interesante y digno de destacar:
sólo se compadece el que padece: un samaritano, un despreciado, en suma, uno
que sufre. Sólo el que ha sufrido puede conmoverse, porque, de alguna manera,
al presenciar el dolor revive su propio sufrimiento.
Este es uno de los frutos positivos
que produce el sufrimiento: la experiencia del dolor deja, en quien sufre, una
sensibilidad y apertura, una comprensión e inclinación hacia los que sufren.
Los más solidarios con los pobres son siempre los mismos pobres; cosa que puede
comprobarse en un barrio obrero, en un sindicato o en un campamento de
refugiados.
El que está familiarizado con el
sufrimiento no podrá darse el lujo de pasar de largo. El que ha sufrido siente
ante el dolor ajeno un movimiento del corazón: se conmueve. Es impresionante
el número de veces que el Evangelio constata que Jesús se compadeció (Mt 9,36; 14,14;
Mc 1,41; Lc 7,13). Esta es la razón deductiva, que hemos apuntado más arriba,
para sospechar que Jesús, contra todas las apariencias, estaba secretamente
familiarizado con el sufrimiento, aun en los días de evangelización: era capaz
de compadecer tanto porque había padecido mucho.
La
palabra precisa es ésta: misericordia: estremecimiento o sensibilización del
corazón. Y de esto se trata: antes de mover los brazos, tiene que haber un movimiento
del corazón, una donación desinteresada del yo, una inclinación de todo el ser,
como el del samaritano hacia los que sufren.
Y ésta es una de las vigas maestras
de la antropología cristiana, expresada magistralmente por el Concilio Vaticano
II cuando dice que el cristiano “no puede encontrar su propia plenitud si no
es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes 24).
Muchas veces, los que sufren saben
que no está en nuestras manos el solucionar sus males. Pero siempre desean y
esperan que nos sientan con ellos. Es obvio que, cuando las posibilidades estén
abiertas, los brazos serán movidos por el corazón para recoger al herido,
vendarlo, cargar con él a hombros y pagar por él, sin preguntar por su
identidad.
* * *
Hoy día toda la actividad humana
está organizada técnicamente. El cristiano actual no debe conformarse tan sólo
con recoger al herido y vendar sus llagas. La actividad benéfica del samaritano
moderno deberá realizarse a través de movimientos y organizaciones. De esta
manera, el cristiano puede asumir tareas más amplias, que exigen cooperación y
el uso de medios técnicos.
Es necesario despertar en los
hombres y en los pueblos, principalmente con los medios de comunicación
social, un sentido dinámico de responsabilidad y solidaridad, creando una
nueva sensibilidad para defender los derechos de los pobres y marginados, para
impulsarlos hacia una promoción social respetando su dignidad personal,
enseñándoles a ayudarse a sí mismos.
Hoy
día el buen samaritano debe luchar por la instauración de un orden justo, en
que sean respetados los derechos humanos, satisfechas las aspiraciones
legítimas y garantizada la libertad personal, buscando así un orden nuevo y el
desarrollo integral del hombre: un orden en que las familias encuentren
posibilidades de educar a sus hijos, se promueva resueltamente la igualdad
real de la mujer y se produzca, en fin, un gran movimiento de solidaridad, el
gran “paso” del egoísmo al amor.
El samaritano moderno debe ayudar a
los marginados a liberarlos de su desconfianza, inhibición y pasividad, para
hacerlos capaces de ser autores de su propio progreso (cf La Iglesia en la
actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, Medellín 1968).
sábado, 9 de febrero de 2013
El dolor, una pedagogía - II
Pablo engarza,
con la lógica vital, los eslabones de una cadena de oro: “Nos alegramos en el
sufrimiento, porque sabemos que el sufrimiento nos da la paciencia, y la
paciencia nos hace salir aprobados, y al salir aprobados tenemos la esperanza,
y esta esperanza nunca falla” (Rom 5,3-5).
Estamos, sin embargo, ante un
proceso lento. Cuando el cristiano se encuentra de pronto con el sufrimiento,
su primera reacción, casi inevitable, es la rebeldía y el interrogante: por
qué. Generalmente, el interrogante y la protesta son dirigidos a Dios, sin
tener en cuenta que Aquel a quien se dirige la protesta está instalado en la
cúspide del dolor, en la cruz.
La respuesta al interrogante viene
siempre desde lo alto de la Cruz, pero al principio el cristiano no la percibe
porque la polvareda y el clamor circundantes impiden la percepción. Pero
después de cierto tiempo, a veces mucho tiempo, cuando el horizonte se ha
clareado y se ha tomado la suficiente distancia, el cristiano comienza a
percibir claramente la respuesta.
Pero
la respuesta no es una consideración abstracta y filosófica sobre el dolor,
sino una orden perentoria: “Ven, toma tu cruz y sígueme” (Mc 8,34). Cuando el
cristiano, en ese itinerario interior con el Cristo Doliente, cesa en su
rebeldía, toma la cruz, se abandona y adora, entonces, al descubrir el sentido
salvífico del dolor y el misterio de la Cruz, es visitado por la paz y la
alegría. En este momento es vencido el dolor y la muerte. Es la manera más
eficaz de eliminar el sufrimiento.
* * *
Es arquetípica la historia de
Israel. Los cuatro siglos que siguieron al imperio davídico fueron los años más
decadentes de la historia de Israel, en un estado de permanente infidelidad y
apostasía.
Dios vio que la única salvación
posible para Israel era un desastre nacional. Y, efectivamente, los sitiadores
de Nabucodonosor redujeron a ruinas la ciudad de David, sus habitantes fueron
deportados a Babilonia y allí se produjo la gran conversión.
Allí se escribió el Libro de la
Consolación, Isaías 40-55, que es de lo más hermoso e inspirado de la Biblia,
en que la esperanza sobrepasa el destino de Israel y se abre hacia los
horizontes de la Humanidad; allí se escribieron salmos inspirados; allí la
figura del Mesías adquirió rasgos firmes; allí se colocaron los cimientos de
la sinagoga y, en cierto sentido, de la Iglesia; allí la religión se instaló
definitivamente en el corazón del hombre; allí los desterrados son constituidos
en un “pequeño resto” y “ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, porque
volverán a mí con todo su corazón” (Jer 24,7). En suma, de una catástrofe
nacional, Dios hizo brotar los bienes definitivos.
A sus veinte años, soñando en altas
glorias, Francisco de Asís en la primera batalla probó la primera derrota.
Ese desastre y la ulterior enfermedad lanzaron a Francisco por los rumbos del
ideal evangélico. Tras haber sido herido por una bombarda en la ciudadela de
Pamplona, Iñigo de Loyola tuvo una transformación total en los largos meses de
su convalecencia.
viernes, 8 de febrero de 2013
El dolor, una pedagogía - I
Un
álamo solitario en la llanura infinita es un espectáculo. Asomó a la vida
tímidamente, casi por casualidad, acunado por los vientos. Los temporales golpearon
sin piedad su frágil melena; y, para no sucumbir, sus raíces se hundieron a
fondo, adhiriéndose firmemente al suelo arcilloso. Y así el álamo adquirió tal
consistencia que hoy no hay huracán que pueda doblegarlo. Y ahí lo ven gallardo
sobre la meseta.
En un
brillante despliegue de paradojas, Pablo nos transmite la dialéctica cristiana
de fuerza-debilidad: es en la debilidad humana donde se injerta, prende y contrasta
la fuerza de Dios. El que quiera vivir, tiene que morir. Para transformarse en
una espiga dorada, el grano de trigo necesita descomponerse y ser sepultado en
el seno de la tierra. La fuerza nace, pues, de la debilidad, la vida de la
muerte, la consolación de la desolación, la madurez de las pruebas.
* * *
El que no ha sufrido se parece a una
caña de bambú: no tiene meollo, no sabe
nada. Un gran
sufrimiento es como una tempestad que devasta y arrasa una amplia comarca; una
vez que pasó la prueba, el paisaje luce lleno de calma y serenidad.
Una gran tribulación hace crecer al
hombre en madurez y sabiduría más que cinco años de crecimiento normal.
Cuántas veces se oye este comentario: “¡ Cómo ha cambiado fulano!, ¡cuánto ha
madurado!; es que le ha tocado sufrir mucho”.
Cuando todo navega viento en popa,
cuando no hay dificultades ni espinas, el hombre se cierra y se atornilla
sobre sí mismo. Sus propios éxitos son como altas murallas que lo encierran,
como en una cárcel, en sí mismo. Atrapado
entre sus torres, propietario de sí mismo, ofuscado por el resplandor de su
imagen, ¿quién lo librará de la esclavitud? Sólo una sacudida telúrica. Y a
Dios no le queda otro camino de liberación que el de enviar al hombre una gran
tribulación para despertarlo, destruir sus castillos y sacarlo del Egipto de sí
mismo.
Cuando la enfermedad o la
tribulación se enroscan a la cintura del hombre, éste posa sus pies en el
suelo, comprende que todo es un sueño, vuelan las ficciones, se destiñen los
atavíos artificiales, se deshace la espuma y el hombre se encuentra desnudo
sobre el suelo de la objetividad. Es el capítulo primero de la sabiduría. Sin
sufrimiento no hay sabiduría.
Lo
que sucede es lo siguiente: cuando la tribulación cae sorpresivamente sobre el
hombre y lo envuelve como una noche, el hombre no ve nada. Es muy difícil, en
ese momento, disponer de una mirada de fe, porque el hombre no ve más que la
perversidad humana y las causas inmediatas. Pero cuando se toma cierta
distancia, se abre la perspectiva y el hombre extiende una mirada larga, la
mirada de la fe, en ese momento el hombre comienza a comprender que lo que
sucedió fue una pedagogía de Dios y, en el fondo, una predilección liberadora.
Si el lector se detiene un momento y
vuelve la mirada hacia atrás en su vida y reflexiona un poco, descubrirá que
ciertos acontecimientos dolorosos que, en su tiempo los consideró tremendas
desgracias, hoy, a la vuelta de diez años, han resultado ser hechos providenciales
que le han traído bendición, desprendimiento de sí mismo y sabiduría.
jueves, 7 de febrero de 2013
Redimir con Cristo - III
Se me dirá que esto es incomprensible, no tiene lógica,
es absurdo. Así será. Ciertamente, si miramos los hechos a través de un cuadro
normal de valores, todo esto atenta contra el sentido común. Pero después de lo
que sucedió en el Calvario, después de que Dios extrajo de la muerte la vida y
del fracaso el triunfo, todas las lógicas humanas se fueron a pique, subieron y
bajaron las escalas de valores, se hundieron para siempre los cálculos de
probabilidad y las coordenadas del sentido común, y, definitivamente, nuestros
criterios no son sus criterios ni nuestra lógica su lógica. Al final, es una
cuestión de fe. Sin ella no se entiende nada. Es mejor, pues, cerrar los ojos y
la boca, quedarse en silencio y... adorar.
Puedo
agregar otra experiencia personal: yo he visto, repetidas veces, cómo los
enfermos incurables, cuando pensaban, mirando fijamente el crucifijo, que
estaban compartiendo los dolores del Crucificado y acompañándolo en la
redención del mundo, yo he visto revestirse sus rostros de una paz inexplicable
y (¿por qué no decirlo?) de una misteriosa alegría.
Sin duda sentían que valía la pena el sufrir. Habían
encontrado un sentido y una utilidad al sufrimiento. Su dolor ya era creador y
fecundo, como el de la madre que da a luz.
* * *
Sí.
Llámese alegría o de otra manera, es la victoria y la satisfacción de quien ha
arrancado al dolor su aguijón más temible: el absurdo, el sinsentido, la
inutilidad.
Cuando
un enfermo, inútil para todo, o cualquier otro sujeto, triturado por la
tribulación, toman conciencia de que, en la fe y en el amor, están activamente
participando en la salvación de sus hermanos; de que están “completando lo que
falta a los padecimientos de Cristo”; de que -su sufrimiento no sólo es útil
para los demás, sino que cumple un servicio insustituible; de que estén
enriqueciendo a la Iglesia tanto o más que los apóstoles y misioneros; de que
su sufrimiento, asumido con amor, es el que abre el camino de la gracia más
que cualquier otra cosa; de que, más que todo lo demás, hacen presente en la
historia de la humanidad la fuerza de la redención, y de que, en fin, estén
impulsando el Reino desde dentro hacia adelante y hacia arriba (Salvifici
doloris 27), ¡cómo no sentir satisfacción y gozo!
No me
extraña aquella “salida” jubilosa de Pablo cuando dice: “Ahora me alegro de mis
padecimientos” (Col 1,24). Y Pedro invita a los cristianos a una explosión de
alegría “porque estáis participando de los padecimientos de Cristo” (1 Pe
4,13).
miércoles, 6 de febrero de 2013
Redimir con Cristo - II
Dado este misterio, tú no puedes preguntar: ¿Por qué
tengo que sufrir yo en lugar de un cineasta francés o de un banquero americano?
¿Qué tengo que ver yo con ellos? Sí, tengo mucho que ver. Todos los bautizados
del mundo estamos misteriosamente intercomunicados. El misterio opera por
debajo de nuestra conciencia.
Una vez injertados en este árbol de
la Iglesia, la vida funciona a pesar de nosotros. Esclarezcamos esto con un
ejemplo: en mi organismo, yo no sé cómo funcionan el hígado o los riñones
porque no los siento, pero sé que funcionan. Yo no sé cuál es la relación entre
el hígado y el cerebro, pero sé que esa relación existe porque cuando el
hígado funciona mal, ¡hay que ver cómo me duele la cabeza! La vida profunda y
misteriosa de mi entronque en el Cuerpo vivo de la Iglesia y de mi relación con
todos los bautizados yo no sé cómo funciona, pero sé que funciona.
Por consiguiente, no es indiferente
que tú seas un santo o un cristiano tibio. Si ganas, gana toda la Iglesia; si
pierdes, pierde toda la Iglesia. Si amas mucho, crece el amor en el torrente
vital de la Iglesia. Si eres un “muerto” en el espíritu, es la Iglesia entera
la que tiene que arrastrar ese cadáver (cf mi libro Muéstrame tu rostro,
Paulinas, Madrid 198413, 346-348).
* * *
Al avanzar por estos derroteros, nos
encontramos con ese estridente desafinamiento que a tantas personas las ha
sumido en la confusión: si Dios existe y es justo, ¿por qué triunfan los malos
y fracasan los buenos? ¿Por qué los justos viven a veces llenos de desgracias,
mientras los pecadores nadan en prosperidad?
Son viejas preguntas que vienen
formulándose desde los días de Job; pero después del Calvario perdieron su aguijón.
Como hemos visto en las páginas anteriores, Isaías vislumbró en su Cuarto
Canto la respuesta exacta; ésta se consumó en el Calvario, y Pablo elaboró una
explicación teológica.
Dios
mismo cargó sobre los hombros del Siervo “todos nuestros crímenes”; fue herido
por los delitos de “su” pueblo; los desvíos de los hombres causaron su
martirio: está sufriendo en vez de los demás. El Siervo ha ocupado el lugar de
los pecadores y ha asumido el sufrimiento que deberla recaer sobre ellos. “Sus
cicatrices nos han curado” (Is 53,1-10). Bajó silencioso al abismo de la
muerte porque estaba expiando los pecados ajenos (Is 53,12).
Sobre
este telón de fondo, la primitiva comunidad cristiana contempló e interpretó el
Acontecimiento del Calvario.
* * *
A partir de estos hechos, podemos concluir que entre
nosotros viven hoy día innumerables Siervos de Yahve’ que están sufriendo en
vez de los demás y colaborando con Cristo en la redención del mundo.
Así
como la Catequesis Primitiva no encontró otra explicación al Desastre del
Calvario, tampoco nosotros encontramos otra “lógica” que explique la pasión y
muerte de tantas personas hoy entre nosotros, sino el contexto y la figura del
Siervo que carga sobre silos sufrimientos de los demás.
Es
ésta, para mí, una de mis más firmes convicciones que me asisten. Yo he visto
un sinnúmero de veces cómo el misterio del Siervo se repite y se revive a diario
entre nosotros. He contemplado, conmovido, al Siervo asomarse en las
encrucijadas de los caminos de polvo, expulsado de su casa por no poder pagar
el alquiler; he visto su figura doliente arrastrarse por la calle en busca de
un empleo.
He
visto familias piadosas victimas de una cadena de infortunios; santas madres de
familia visitadas por la enfermedad o la calumnia; criaturas pequeñas, sin culpa
ni malicia, marcadas para siempre por la invalidez o la muerte. Están sufriendo
en vez de los demás.
Basta
asomarse a un hospital, o recorrer la calle entrando casa por casa, y nos
encontraremos con centenares y millares de víctimas de la mentira y de la incomprensión,
el estigma, el zarpazo, la zancadilla, el aguijón, la muerte: sabiendo o sin
saber, están sufriendo y muriendo, con Cristo y como Cristo, por los demás,
cargando sobre sí las cruces de la Humanidad.
martes, 5 de febrero de 2013
Redimir con Cristo - I
Ahora bien; el
que sufre en unión con Cristo no sólo extrae consolación de la tribulación,
sino que “completa” con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos del
Señor (Col 1,24).
Debido a esto, Juan Pablo II habla
del “carácter creador del dolor”, el cual confiere al sufrimiento no sólo un
sentido, sino una utilidad dinámica y fecundante. Salta a la vista el hecho de
que, si Cristo redimió el mundo aceptando amorosamente el dolor, todo cristiano
que se asocie a ese dolor con su propio sufrimiento participa del carácter
redentor del dolor de Cristo; está redimiendo con Cristo.
El sufrimiento de Jesús ha generado
un bien: la redención del mundo. Y aunque es verdad que este bien es infinito
y ningún hombre puede agregarle nada, sin embargo, Cristo ha querido dejar
abierto su propio dolor salvador a todo y cualquier sufrimiento humano, a
condición de que sea asumido con amor (Salvifici doloris 24).
Con otras palabras: el Señor ha
realizado la redención completamente, pero no la ha cerrado. Al contrario,
“forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de
que haya de ser completado sin cesar” (JUAN PABLO II).
Esta redención, al mismo tiempo
completa pero siempre abierta, nos introduce de lleno en el misterio esencial
de la Iglesia, la cual despliega y completa la obra redentora de Cristo. Y el
misterio central de la Iglesia es su naturaleza de Cuerpo Místico, marco y
espacio en que “se completa lo que falta a los padecimientos de Cristo,
espacio en que Cristo está incesan te y vigorosamente creciendo hacia su
plenitud” (Ef 4,13).
* * *
No somos socios, sino miembros de
una sociedad de naturaleza muy particular, en que ganamos en común y perdemos
en común. Esta Comunidad es como un Cuerpo que tiene muchos miembros, pero
todos los miembros, juntos, forman una sola realidad. Cada miembro tiene una
función específica, pero todos los miembros concurren, complementariamente, al
funcionamiento general de todo el organismo (1 Cor 12,12).
Cuando se nos lastima el pie, ¿acaso
lo dejamos sangrar, diciendo: qué tiene que ver mi cabeza con el pie? Cuando
el oído está enfermo, ¿acaso dice el ojo: yo no soy el oído; qué tengo que ver
contigo? No, sino al contrario, cada miembro ayuda a los demás, porque todos
juntos constituyen el organismo. ¿Qué sería del brazo si no estuviera adherido
al cuerpo? ¿De qué valdrían los ojos sin el oído, o los oídos sin los pies? (1
Cor 12,14-22). Pero hay mucho más: “Si un miembro tiene un sufrimiento, todos
los demás miembros sufren con él; o si un miembro es honrado, gozan juntamente
todos los miembros” (1 Cor 12,26).
Aquí está, precisamente, el nudo de
la cuestión. Si se nos lastima tan sólo la uña del dedo pequeño, es posible que
la fiebre se apodere de todo el organismo: todos los miembros sufren las
consecuencias. ¿Por qué la rodilla tendría que sufrir las consecuencias del
dedo pequeño? Porque ganamos en común y perdemos en común. ¿Perdió el dedo?;
perdieron todos los miembros. ¿Sanó el dedo?; sanaron todos los miembros.
Existe, pues,
en el interior de ese organismo que llamamos Iglesia una intercomunicación de
salud y enfermedad, de bienestar y malestar, de gracia y pecado, igual que en
el fenómeno de los vasos comunicantes.
lunes, 4 de febrero de 2013
Sufrir y redimir
Morir
con Cristo
Después de decirnos que Cristo
“estuvo circundado de fragilidad” (Heb 5,2), agrega la Carta a los Hebreos que
(Cristo), sufriendo, “aprendió a obedecer” (Heb 5,8). Llama la atención esa
expresión obedecer. Hay militantes ateos, aun hoy día, que asumen la tortura y
la muerte con una actitud estoica, llamemos pasiva o fatalista, sin inmutarse.
Pero
el término obedecer introduce un matiz distinto: viene a indicar que Cristo asumió el dolor de
una manera personal, activa, como una ofrenda consciente y voluntaria, dando
así a su sufrimiento un significado y un vuelo de apertura hacia el hombre
universal.
Y
así, “por haber sufrido, puede ayudar a los que sufren” (Heb 2,18). Como radios
que desde la superficie convergen en el centro de la esfera, los padecimientos
de cada día hacen que Cristo y el hombre se junten y se encuentren en el centro
del círculo: el dolor. Hermanados en el dolor.
Y por pertenecer a la
entraña misma de la familia humana, Jesús tiene voz y autoridad para convocar a
todos los desgarrados por la tribulación, para ofrecerles una copa de alivio y
descanso (Mt 11,28).
* * *
Después
de “contemplar al que traspasaron” (Jn 19,27), los testigos no aciertan a
comprender el sufrimiento humano si no es a través del prisma del dolor de
Jesús. El que sufre en la fe, sufre en Cristo. Más aún, es Jesús mismo el que
sufre y muere de nuevo.
Pedro, en su Primera Carta,
dirigiéndose probablemente a los cristianos del Asia Menor, les viene a decir:
me han informado que un fuego extraño ha prendido entre vosotros, y que la
tribulación se enrosca, como serpiente, a vuestra cintura. Esto no os debe extrañar,
porque es normal que así suceda. Más aún, os invito a dar rienda
suelta a la alegría “porque estáis participando de los sufrimientos de Cristo”
(1 Pe 4,13).
Y
escribiendo a los “santos de Colosas”, Pablo les pregunta: “Una vez que habéis
muerto con Cristo” (Col 2,20), ¿qué sentido tiene continuar amarrados con las
cadenas de la ley?
Corinto
era, en los días de Pablo, una ciudad moderna y floreciente, centro comercial
y nudo de comunicaciones. Allí Pablo fundó una comunidad que presto llegó a
tener una existencia fecunda y, más de una vez, agitada. Pronto se hicieron
presentes allí lobos temibles y falsos apóstoles, que estuvieron a punto de
hacer naufragar la nave de la comunidad.
Con ocasión de estos desórdenes,
Pablo vivió una larga agonía. Desde Efeso escribe a los corintios su Segunda
Carta, “presa de una gran aflicción y angustia de corazón, con muchas lágrimas”
(2 Cor 2,4). Es la carta magna de la desolación y consolación, en que encontramos
a Pablo profundamente abatido y, al mismo tiempo, profundamente consolado,
porque la llama de la consolación brota siempre de la herida de la tribulación.
Después de redactar esos tensos primeros capítulos, Pablo nos entrega, con
alto poder, esa magnífica expresión que sintetiza el espíritu de la Carta:
“Llevamos por todas partes, grabado en nuestro cuerpo, el morir de Jesús” (2
Cor 4,10).
Y en la misma Carta nos entrega
también este vigoroso texto: “Mientras vivimos, estamos siempre entregados a
la muerte por amor a Jesús” (2 Cor 4,8). El que sufre en la fe sufre, pues, con
Cristo y como Cristo; más aún, participa del dolor y muerte de Jesús; mejor
dicho, es Jesús mismo quien sigue sufriendo y muriendo, hermanado y hecho una
misma unidad con los agonizantes, lisiados y traicionados.
Envuelto en llamas y respirando
amenazas, Saulo pidió autorización para cazar a los seguidores del Evangelio
y, encadenados, devolverlos a Jerusalén para ser entregados al Sanedrín. Y
mientras galopaba, una columna de luz lo envolvió: “Saulo, Saulo; ¿por qué me
persigues? ¿Quién eres, Señor? Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (He 9,4).
Es, pues, Jesús mismo quien sigue sufriendo en el dolor del cristiano.
* * *
Sobre
su blanca piel cayó la calumnia como un puñado de alquitrán, y su figura quedó
desfigurada por largos años. Pero, en realidad, el desfigurado era Jesús mismo.
Con flechas de todo calibre, disparadas por cazadores raquíticos, lo asaetearon
sin compasión, dejándolo malherido y llorando. Pero era Jesús mismo, zaherido
por sus enemigos.
Tras largos años de fidelidad, la
esposa fue traicionada por su consorte, y el hermano por sus propios
familiares, como Jesús lo fue por Judas. Mil avispas de incomprensiones,
malentendidos, comentarios desfavorables e interpretaciones antojadizas
hicieron de su vida un triste tejido de espinas y lágrimas. ¿Qué otra cosa
hicieron con Jesús los saduceos y los herodianos?
Los que son
abatidos por la melancolía y la depresión participan de la agonía de
Getsemaní. Como un castillo de naipes se les fue al suelo aquel proyecto tan
acariciado y tuvieron que morder la fruta amarga del fracaso. Participaron del
fracaso de Jesús.
Los hermanos que fueron abandonados
por sus propios hermanos, los jóvenes que vieron rotas sus ilusiones, los
creyentes que se debaten en la noche oscura de la fe, los que se sienten cansados
de luchar y hastiados de vivir, los que están amenazados por una prematura
muerte..., todos ellos participan de la muerte de Jesús.
Se levantan cansados. No pueden
dormir. Como un gusano, el carcinoma va corroyendo y deshaciendo sus huesos,
mientras los amigos se alejan porque saben que se muere, y se muere de triple
agonía: dolor, soledad y tristeza. El lecho o el carrito de ruedas es la morada
eterna del minusválido. Y esas jaquecas que lo invalidan por días enteros. Y
lleva en las entrañas una fiera que le clava la garra, pero nadie descubre la
naturaleza de la enfermedad; y el temor, como oscura nube, cubre su cielo... En
suma, ¡ la enfermedad con sus mil rostros! Es Cristo el que está postrado en
cama, y sufre, y agoniza.
Todo
esto, sin embargo, puede sonar a vena literatura. Si queremos que. estas
consideraciones se tornen en real consolación, es imprescindible cumplir con
una condición: vivirlo todo en la fe, uniéndose conscientemente al Cristo
Doliente; asumirlo todo en el espíritu de Jesús; obedecer, en el sentido ya
explicado: aceptar cada prueba de una manera consciente y voluntaria, con amor
y significado.
domingo, 3 de febrero de 2013
Varón de dolores - III
En segundo
lugar, Jesús moría en plena juventud, y la muerte le segaba todos los lazos
amables de la vida: no poder disfrutar más de la luz del sol, de la primavera,
de la amistad, del afecto de las gentes, de la gratitud de los humildes; no
poder soñar, amar y ser amado; no poder hacer felices a los demás ni disfrutar
del trato de los familiares y discípulos... Todo queda cercenado; y eso, para
un hombre vital como Jesús, es particularmente sensible. Era la Gran Despedida;
como si dijera: me voy, y ustedes no pueden “venir” conmigo.
En
tercer lugar, y mirando hacia atrás y evaluando sus años de misionero de la
paz, le resultaba difícil descartar la impresión de fracaso, tanto en la
Galilea, salvo en los primeros tiempos, como en la Samaria, como, sobre todo,
en la Judea. Las muchedumbres, veleidosas como de costumbre, desertaron. La
clase gobernante e intelectual, salvo contadas excepciones, lo calificaron de
transgresor de la ley, blasfemo y peligroso para la seguridad nacional; y
juzgaron que debía ser expulsado de la vida.
De los discípulos comprometidos con
él con lazos de una larga convivencia, uno lo traicionó, otro lo renegó, y
“todos”, en una confusa desbandada, “abandonándolo, huyeron” (Mc 14,50).
Irónicamente, su muerte hizo que se reconciliaran, para confabular en un mismo
complot, los grupos antagónicos que nunca se sientan a una misma mesa: los
gobernantes y el pueblo, Roma e Israel, Pilato y Herodes, el Procurador y el
Pontífice. Jesús bebió otro amargo trago, probablemente el más amargo de la
experiencia humana: la sonrisa despectiva y el sarcasmo de los vencedores (Lc
23,35).
Hay otro rasgo que agrega una dosis
especial de acidez a su muerte: a Juan lo mató Herodes, y ello permitía
considerar su muerte como un martirio. A Jesús lo mataron los representantes de
Dios. Juan muere por una apuesta absurda y frívola. Jesús es juzgado por
blasfemo, condenado como tal y ejecutado. In situ, en las circunstancias
históricas en las que ocurrió el hecho, no hay por donde encontrar un resquicio
por el que se le pueda dar a Jesús una aureola de mártir o de héroe. Fue,
simplemente, ejecutado ignominiosamente.
De por sí, el morir es el acto más
solitario de la vida. Es la soledad misma. Pero si ese trance está rodeado de
afecto, si el ajusticiamiento injusto y la ejecución del profeta están
envueltos en una cálida solidaridad de los partidarios y discípulos, en ese
caso la soledad del ajusticiado puede quedar parcialmente aliviada. Pero en el
caso de Jesús no hubo tal solidaridad, sino hostilidad e indiferencia.
De
los que presenciaban aquel desenlace, un puñado lloraba sin poder aliviar nada,
muchos estaban satisfechos y contentos, y la inmensa mayoría, indiferentes.
Hoy día, esa noticia habría aparecido en unas pocas líneas, perdida en las
páginas interiores de los periódicos. En líneas generales, podríamos decir que
aquello no interesó mayormente a los habitantes de Jerusalén. Símbolo de esa
indiferencia eran sus propios discípulos, dormidos tranquilamente en el Olivar
mientras el Maestro se debatía en una trágica agonía. ¡Cómo no sentir náusea!
Las circunstancias descritas nos dan
el derecho para concluir que la Pasión y Muerte tuvieron carácter de colapso,
de holocausto: el derrumbamiento integral de una persona y su proyecto. Jesús
fue, pues, verdaderamente varón de dolores.
Ahora haría falta una larga
disquisición para considerar la serenidad con que Jesús afrontó este colapso,
los intereses salvíficos de Dios en este acontecimiento y la apertura y
disponibilidad con las que el Siervo asumió la voluntad de Dios. Pero esto no
entra en nuestro propósito.
sábado, 2 de febrero de 2013
Varón de dolores - II
En varias
ocasiones vemos a Jesús desalentado. Pero hay en Marcos 8,12-13 una reacción
inesperadamente enérgica, en que sentimos algo así como un quejido interior,
como de un navío que cruje: “Jesús dio un profundo suspiro y dijo: ¡Cómo!;
¡esta clase de gente busca una señal! Os aseguro que a esta clase de gente no
se le dará señal. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la orilla de
enfrente”. ¿Esperanzas destrozadas? ¿ Ilusiones desgarradas? Son reacciones que
nos permiten vislumbrar una desconocida y secreta familiaridad de Jesús con el
sufrimiento.
* * *
El sufrimiento de Jesús es como una
tempestad que se forma allá lejos, en otra comarca; crece, se mueve y se
aproxima; se le siente cada vez más cerca; va progresivamente avanzando en un
crescendo incontenible, hasta que descarga toda su violencia en su Pasión y
Muerte.
Los
Evangelios nos dejan constancia en forma unánime y clara de que Jesús en las
últimas semanas y días estuvo rodeado de indiferencia, cobardía, odio, traición.
Tenía motivos más que suficientes para retirarse de la vida amargado y
resentido por la insensatez de la raza humana. Pero no fue así.
Lo
inesperado, lo que nos parece incomprensible y que uno se resiste a aceptar, es
lo siguiente: ¿cómo es posible que un hombre gozoso como Jesús, con un mensaje
vital y alegre, pudiera encontrarse con un rechazo tan cerrado, con un grado
tan increíble de conflictividad?
El
conflicto y la resistencia levantados a su paso fueron de tal magnitud que su
vida y obra, humanamente hablando, estallaron en llamas y cenizas en la pira
del desastre. Es éste un enigma incomprensible que, de momento, lo dejamos de
lado.
En
todo caso, Jesús no se retiró de la vida con el rictus de un amargado. Su dolor
no fue egoísta ni centrado en sí mismo. En ningún momento sorprendemos a Jesús
cerrado sobre sí mismo, reclamando el reconocimiento de la humanidad, o
hurgando en las heridas de sus frustraciones, o paladeando la fruta agridulce
de la autocompasión, como si en el mundo no hubiera otra realidad que su
fracaso, o como si la historia tuviera que ser valorada teniendo como centro y
clave su propia desgracia. Nada de eso.
Al
contrario, estando como estaba en el ojo mismo de la tempestad, lo captamos
enteramente olvidado de sí y salido siempre hacia el otro. Y el motivo de su
sufrimiento son siempre los otros. De modo que, en Jesús, el dolor es consecuencia
de su “ser para el otro
Y
así, tuvo una palabra de delicadeza para el traidor (Lc 22,48). Se mostró
sumamente preocupado de que los discípulos no corrieran su misma suerte: “Si me
buscáis a mí, dejad marchar a éstos” (Jn 18,8). Le tendió a Pedro, enredado en
la cobardía, una mirada de salvación (Lc 22,51). Tuvo un magnífico gesto de
caballerosidad, camino del Calvario, para con aquellas mujeres que, con
lágrimas, se solidarizaban con él (Lc 23,28). Fue delicado y atento con el
ladrón en la cruz (Lc 23,39). Y, en último instante, casi asfixiado, tuvo con
su madre un rasgo filial de atención, entregándola a los cuidados de Juan (Jn
19,25). Hasta el último aliento fue el hombre para los hombres.
* * *
En su Pasión y Muerte convergieron
todas las circunstancias para hacer sobremanera amargo ese paso. Y esas
circunstancias justifican el titulo de varón de dolores.
En primer lugar, en cuanto al dolor
físico, la pérdida de su sangre privó del agua a su cuerpo, originándose una
progresiva deshidratación, sensación sumamente desagradable. Debido a ello, se
apoderó de Jesús una sed generalizada que se siente no sólo en la garganta,
sino en todo el organismo, sed que ningún líquido del mundo puede saciar, sino
una transfusión de sangre. La pérdida de sangre originó también una fiebre
alta, que, a su vez, derivó en una confusión mental o pérdida parcial de la
conciencia de su identidad. Sufrió también, como todos los crucificados, el
suplicio de la asfixia al no poder respirar debido a la posición forzada del
cuerpo.
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