Nuestra mente subconsciente es la mente profunda que está a cargo del mantenimiento del buen funcionamiento de nuestro cuerpo físico y cumple muy bien su tarea cuando las situaciones emocionales están en orden; sin embargo, en la vida de muchas personas, existen conflictos emocionales no resueltos.
Por muchas razones existen conflictos de esta naturaleza casi imposibles de resolver, sin embargo, todo conflicto relacional o emocional tiene una solución.
Muchas personas se van de este mundo por el simple hecho de mantener estos conflictos internos ocultos y bien encubiertos pensando que se puede engañar a la mente subconsciente y muchas experiencias dolorosas no tendrían por qué suceder si a tiempo en un ambiente de terapia se encuentra un modo de conocer a fondo el problema y se descubre su respectiva solución.
Los conflictos emocionales van generando venenos internos y pensamientos negativos debilitantes que con el correr del tiempo pueden tener nefastas consecuencias, es por esa razón que debemos hacer un examen de conciencia serio y sincero pues en este mundo, no hay a quién engañar excepto a nosotros mismos.
Los conflictos emocionales están fundamentados en relaciones conflictivas, negativas, abusivas o tiránicas y en los casos en que no se puede llegar a un arreglo o a una solución con la otra persona, lo que debe hacerse es, resolver el problema en el ambiente interno de la mente interior pues es allí donde se pueden generar puntos de vista nuevos y positivos y conseguir tomar decisiones y determinaciones nuevas y diferentes para que nuestra vida se encamine hacia una vida de autoestima, de independencia mental y moral y podamos proseguir nuestro caminar por esta vida con la generación nueva de pensamientos positivos, de actitudes de autoestima y de autodirección de nuestro propio ser mental.
La relajación corporal y la concentración mental son dos de las primeras tareas que se deben aprender como un primer paso; el segundo paso estaría formado por el proceso de aprender a utilizar una herramienta mental llamada: "El teatro interior de la imaginación"; una vez que se consiga situarse en ese teatro interior de la imaginación, se puede viajar, tal como lo hacen los chamanes de Norteamérica y de los países asiáticos, hacia la experiencia fundadora. Una vez que se llega a esa experiencia fundadora, se procede a revisar las antiguas conclusiones y acto seguido, se procede a actualizar dichas conclusiones y con este acto actualizador se consigue obtener nuevos puntos de vista de la situación actual y en consecuencia, se dejan atrás los papeles de víctima, de mártir o de persona sin poder.
Para concluir, la solución se produce en nuestro propio ámbito interior y de esta forma se recupera la dirección positiva de nuestra vida y nuestra salud vuelve a su equilibrio natural.
Afirmación para potenciar la personalidad: Escribir veinte veces: ”Quien tiene el valor de pedir ayuda la obtiene”
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miércoles, 6 de febrero de 2013
Redimir con Cristo - II
Dado este misterio, tú no puedes preguntar: ¿Por qué
tengo que sufrir yo en lugar de un cineasta francés o de un banquero americano?
¿Qué tengo que ver yo con ellos? Sí, tengo mucho que ver. Todos los bautizados
del mundo estamos misteriosamente intercomunicados. El misterio opera por
debajo de nuestra conciencia.
Una vez injertados en este árbol de
la Iglesia, la vida funciona a pesar de nosotros. Esclarezcamos esto con un
ejemplo: en mi organismo, yo no sé cómo funcionan el hígado o los riñones
porque no los siento, pero sé que funcionan. Yo no sé cuál es la relación entre
el hígado y el cerebro, pero sé que esa relación existe porque cuando el
hígado funciona mal, ¡hay que ver cómo me duele la cabeza! La vida profunda y
misteriosa de mi entronque en el Cuerpo vivo de la Iglesia y de mi relación con
todos los bautizados yo no sé cómo funciona, pero sé que funciona.
Por consiguiente, no es indiferente
que tú seas un santo o un cristiano tibio. Si ganas, gana toda la Iglesia; si
pierdes, pierde toda la Iglesia. Si amas mucho, crece el amor en el torrente
vital de la Iglesia. Si eres un “muerto” en el espíritu, es la Iglesia entera
la que tiene que arrastrar ese cadáver (cf mi libro Muéstrame tu rostro,
Paulinas, Madrid 198413, 346-348).
* * *
Al avanzar por estos derroteros, nos
encontramos con ese estridente desafinamiento que a tantas personas las ha
sumido en la confusión: si Dios existe y es justo, ¿por qué triunfan los malos
y fracasan los buenos? ¿Por qué los justos viven a veces llenos de desgracias,
mientras los pecadores nadan en prosperidad?
Son viejas preguntas que vienen
formulándose desde los días de Job; pero después del Calvario perdieron su aguijón.
Como hemos visto en las páginas anteriores, Isaías vislumbró en su Cuarto
Canto la respuesta exacta; ésta se consumó en el Calvario, y Pablo elaboró una
explicación teológica.
Dios
mismo cargó sobre los hombros del Siervo “todos nuestros crímenes”; fue herido
por los delitos de “su” pueblo; los desvíos de los hombres causaron su
martirio: está sufriendo en vez de los demás. El Siervo ha ocupado el lugar de
los pecadores y ha asumido el sufrimiento que deberla recaer sobre ellos. “Sus
cicatrices nos han curado” (Is 53,1-10). Bajó silencioso al abismo de la
muerte porque estaba expiando los pecados ajenos (Is 53,12).
Sobre
este telón de fondo, la primitiva comunidad cristiana contempló e interpretó el
Acontecimiento del Calvario.
* * *
A partir de estos hechos, podemos concluir que entre
nosotros viven hoy día innumerables Siervos de Yahve’ que están sufriendo en
vez de los demás y colaborando con Cristo en la redención del mundo.
Así
como la Catequesis Primitiva no encontró otra explicación al Desastre del
Calvario, tampoco nosotros encontramos otra “lógica” que explique la pasión y
muerte de tantas personas hoy entre nosotros, sino el contexto y la figura del
Siervo que carga sobre silos sufrimientos de los demás.
Es
ésta, para mí, una de mis más firmes convicciones que me asisten. Yo he visto
un sinnúmero de veces cómo el misterio del Siervo se repite y se revive a diario
entre nosotros. He contemplado, conmovido, al Siervo asomarse en las
encrucijadas de los caminos de polvo, expulsado de su casa por no poder pagar
el alquiler; he visto su figura doliente arrastrarse por la calle en busca de
un empleo.
He
visto familias piadosas victimas de una cadena de infortunios; santas madres de
familia visitadas por la enfermedad o la calumnia; criaturas pequeñas, sin culpa
ni malicia, marcadas para siempre por la invalidez o la muerte. Están sufriendo
en vez de los demás.
Basta
asomarse a un hospital, o recorrer la calle entrando casa por casa, y nos
encontraremos con centenares y millares de víctimas de la mentira y de la incomprensión,
el estigma, el zarpazo, la zancadilla, el aguijón, la muerte: sabiendo o sin
saber, están sufriendo y muriendo, con Cristo y como Cristo, por los demás,
cargando sobre sí las cruces de la Humanidad.
martes, 5 de febrero de 2013
Redimir con Cristo - I
Ahora bien; el
que sufre en unión con Cristo no sólo extrae consolación de la tribulación,
sino que “completa” con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos del
Señor (Col 1,24).
Debido a esto, Juan Pablo II habla
del “carácter creador del dolor”, el cual confiere al sufrimiento no sólo un
sentido, sino una utilidad dinámica y fecundante. Salta a la vista el hecho de
que, si Cristo redimió el mundo aceptando amorosamente el dolor, todo cristiano
que se asocie a ese dolor con su propio sufrimiento participa del carácter
redentor del dolor de Cristo; está redimiendo con Cristo.
El sufrimiento de Jesús ha generado
un bien: la redención del mundo. Y aunque es verdad que este bien es infinito
y ningún hombre puede agregarle nada, sin embargo, Cristo ha querido dejar
abierto su propio dolor salvador a todo y cualquier sufrimiento humano, a
condición de que sea asumido con amor (Salvifici doloris 24).
Con otras palabras: el Señor ha
realizado la redención completamente, pero no la ha cerrado. Al contrario,
“forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de
que haya de ser completado sin cesar” (JUAN PABLO II).
Esta redención, al mismo tiempo
completa pero siempre abierta, nos introduce de lleno en el misterio esencial
de la Iglesia, la cual despliega y completa la obra redentora de Cristo. Y el
misterio central de la Iglesia es su naturaleza de Cuerpo Místico, marco y
espacio en que “se completa lo que falta a los padecimientos de Cristo,
espacio en que Cristo está incesan te y vigorosamente creciendo hacia su
plenitud” (Ef 4,13).
* * *
No somos socios, sino miembros de
una sociedad de naturaleza muy particular, en que ganamos en común y perdemos
en común. Esta Comunidad es como un Cuerpo que tiene muchos miembros, pero
todos los miembros, juntos, forman una sola realidad. Cada miembro tiene una
función específica, pero todos los miembros concurren, complementariamente, al
funcionamiento general de todo el organismo (1 Cor 12,12).
Cuando se nos lastima el pie, ¿acaso
lo dejamos sangrar, diciendo: qué tiene que ver mi cabeza con el pie? Cuando
el oído está enfermo, ¿acaso dice el ojo: yo no soy el oído; qué tengo que ver
contigo? No, sino al contrario, cada miembro ayuda a los demás, porque todos
juntos constituyen el organismo. ¿Qué sería del brazo si no estuviera adherido
al cuerpo? ¿De qué valdrían los ojos sin el oído, o los oídos sin los pies? (1
Cor 12,14-22). Pero hay mucho más: “Si un miembro tiene un sufrimiento, todos
los demás miembros sufren con él; o si un miembro es honrado, gozan juntamente
todos los miembros” (1 Cor 12,26).
Aquí está, precisamente, el nudo de
la cuestión. Si se nos lastima tan sólo la uña del dedo pequeño, es posible que
la fiebre se apodere de todo el organismo: todos los miembros sufren las
consecuencias. ¿Por qué la rodilla tendría que sufrir las consecuencias del
dedo pequeño? Porque ganamos en común y perdemos en común. ¿Perdió el dedo?;
perdieron todos los miembros. ¿Sanó el dedo?; sanaron todos los miembros.
Existe, pues,
en el interior de ese organismo que llamamos Iglesia una intercomunicación de
salud y enfermedad, de bienestar y malestar, de gracia y pecado, igual que en
el fenómeno de los vasos comunicantes.
lunes, 4 de febrero de 2013
Sufrir y redimir
Morir
con Cristo
Después de decirnos que Cristo
“estuvo circundado de fragilidad” (Heb 5,2), agrega la Carta a los Hebreos que
(Cristo), sufriendo, “aprendió a obedecer” (Heb 5,8). Llama la atención esa
expresión obedecer. Hay militantes ateos, aun hoy día, que asumen la tortura y
la muerte con una actitud estoica, llamemos pasiva o fatalista, sin inmutarse.
Pero
el término obedecer introduce un matiz distinto: viene a indicar que Cristo asumió el dolor de
una manera personal, activa, como una ofrenda consciente y voluntaria, dando
así a su sufrimiento un significado y un vuelo de apertura hacia el hombre
universal.
Y
así, “por haber sufrido, puede ayudar a los que sufren” (Heb 2,18). Como radios
que desde la superficie convergen en el centro de la esfera, los padecimientos
de cada día hacen que Cristo y el hombre se junten y se encuentren en el centro
del círculo: el dolor. Hermanados en el dolor.
Y por pertenecer a la
entraña misma de la familia humana, Jesús tiene voz y autoridad para convocar a
todos los desgarrados por la tribulación, para ofrecerles una copa de alivio y
descanso (Mt 11,28).
* * *
Después
de “contemplar al que traspasaron” (Jn 19,27), los testigos no aciertan a
comprender el sufrimiento humano si no es a través del prisma del dolor de
Jesús. El que sufre en la fe, sufre en Cristo. Más aún, es Jesús mismo el que
sufre y muere de nuevo.
Pedro, en su Primera Carta,
dirigiéndose probablemente a los cristianos del Asia Menor, les viene a decir:
me han informado que un fuego extraño ha prendido entre vosotros, y que la
tribulación se enrosca, como serpiente, a vuestra cintura. Esto no os debe extrañar,
porque es normal que así suceda. Más aún, os invito a dar rienda
suelta a la alegría “porque estáis participando de los sufrimientos de Cristo”
(1 Pe 4,13).
Y
escribiendo a los “santos de Colosas”, Pablo les pregunta: “Una vez que habéis
muerto con Cristo” (Col 2,20), ¿qué sentido tiene continuar amarrados con las
cadenas de la ley?
Corinto
era, en los días de Pablo, una ciudad moderna y floreciente, centro comercial
y nudo de comunicaciones. Allí Pablo fundó una comunidad que presto llegó a
tener una existencia fecunda y, más de una vez, agitada. Pronto se hicieron
presentes allí lobos temibles y falsos apóstoles, que estuvieron a punto de
hacer naufragar la nave de la comunidad.
Con ocasión de estos desórdenes,
Pablo vivió una larga agonía. Desde Efeso escribe a los corintios su Segunda
Carta, “presa de una gran aflicción y angustia de corazón, con muchas lágrimas”
(2 Cor 2,4). Es la carta magna de la desolación y consolación, en que encontramos
a Pablo profundamente abatido y, al mismo tiempo, profundamente consolado,
porque la llama de la consolación brota siempre de la herida de la tribulación.
Después de redactar esos tensos primeros capítulos, Pablo nos entrega, con
alto poder, esa magnífica expresión que sintetiza el espíritu de la Carta:
“Llevamos por todas partes, grabado en nuestro cuerpo, el morir de Jesús” (2
Cor 4,10).
Y en la misma Carta nos entrega
también este vigoroso texto: “Mientras vivimos, estamos siempre entregados a
la muerte por amor a Jesús” (2 Cor 4,8). El que sufre en la fe sufre, pues, con
Cristo y como Cristo; más aún, participa del dolor y muerte de Jesús; mejor
dicho, es Jesús mismo quien sigue sufriendo y muriendo, hermanado y hecho una
misma unidad con los agonizantes, lisiados y traicionados.
Envuelto en llamas y respirando
amenazas, Saulo pidió autorización para cazar a los seguidores del Evangelio
y, encadenados, devolverlos a Jerusalén para ser entregados al Sanedrín. Y
mientras galopaba, una columna de luz lo envolvió: “Saulo, Saulo; ¿por qué me
persigues? ¿Quién eres, Señor? Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (He 9,4).
Es, pues, Jesús mismo quien sigue sufriendo en el dolor del cristiano.
* * *
Sobre
su blanca piel cayó la calumnia como un puñado de alquitrán, y su figura quedó
desfigurada por largos años. Pero, en realidad, el desfigurado era Jesús mismo.
Con flechas de todo calibre, disparadas por cazadores raquíticos, lo asaetearon
sin compasión, dejándolo malherido y llorando. Pero era Jesús mismo, zaherido
por sus enemigos.
Tras largos años de fidelidad, la
esposa fue traicionada por su consorte, y el hermano por sus propios
familiares, como Jesús lo fue por Judas. Mil avispas de incomprensiones,
malentendidos, comentarios desfavorables e interpretaciones antojadizas
hicieron de su vida un triste tejido de espinas y lágrimas. ¿Qué otra cosa
hicieron con Jesús los saduceos y los herodianos?
Los que son
abatidos por la melancolía y la depresión participan de la agonía de
Getsemaní. Como un castillo de naipes se les fue al suelo aquel proyecto tan
acariciado y tuvieron que morder la fruta amarga del fracaso. Participaron del
fracaso de Jesús.
Los hermanos que fueron abandonados
por sus propios hermanos, los jóvenes que vieron rotas sus ilusiones, los
creyentes que se debaten en la noche oscura de la fe, los que se sienten cansados
de luchar y hastiados de vivir, los que están amenazados por una prematura
muerte..., todos ellos participan de la muerte de Jesús.
Se levantan cansados. No pueden
dormir. Como un gusano, el carcinoma va corroyendo y deshaciendo sus huesos,
mientras los amigos se alejan porque saben que se muere, y se muere de triple
agonía: dolor, soledad y tristeza. El lecho o el carrito de ruedas es la morada
eterna del minusválido. Y esas jaquecas que lo invalidan por días enteros. Y
lleva en las entrañas una fiera que le clava la garra, pero nadie descubre la
naturaleza de la enfermedad; y el temor, como oscura nube, cubre su cielo... En
suma, ¡ la enfermedad con sus mil rostros! Es Cristo el que está postrado en
cama, y sufre, y agoniza.
Todo
esto, sin embargo, puede sonar a vena literatura. Si queremos que. estas
consideraciones se tornen en real consolación, es imprescindible cumplir con
una condición: vivirlo todo en la fe, uniéndose conscientemente al Cristo
Doliente; asumirlo todo en el espíritu de Jesús; obedecer, en el sentido ya
explicado: aceptar cada prueba de una manera consciente y voluntaria, con amor
y significado.
domingo, 3 de febrero de 2013
Varón de dolores - III
En segundo
lugar, Jesús moría en plena juventud, y la muerte le segaba todos los lazos
amables de la vida: no poder disfrutar más de la luz del sol, de la primavera,
de la amistad, del afecto de las gentes, de la gratitud de los humildes; no
poder soñar, amar y ser amado; no poder hacer felices a los demás ni disfrutar
del trato de los familiares y discípulos... Todo queda cercenado; y eso, para
un hombre vital como Jesús, es particularmente sensible. Era la Gran Despedida;
como si dijera: me voy, y ustedes no pueden “venir” conmigo.
En
tercer lugar, y mirando hacia atrás y evaluando sus años de misionero de la
paz, le resultaba difícil descartar la impresión de fracaso, tanto en la
Galilea, salvo en los primeros tiempos, como en la Samaria, como, sobre todo,
en la Judea. Las muchedumbres, veleidosas como de costumbre, desertaron. La
clase gobernante e intelectual, salvo contadas excepciones, lo calificaron de
transgresor de la ley, blasfemo y peligroso para la seguridad nacional; y
juzgaron que debía ser expulsado de la vida.
De los discípulos comprometidos con
él con lazos de una larga convivencia, uno lo traicionó, otro lo renegó, y
“todos”, en una confusa desbandada, “abandonándolo, huyeron” (Mc 14,50).
Irónicamente, su muerte hizo que se reconciliaran, para confabular en un mismo
complot, los grupos antagónicos que nunca se sientan a una misma mesa: los
gobernantes y el pueblo, Roma e Israel, Pilato y Herodes, el Procurador y el
Pontífice. Jesús bebió otro amargo trago, probablemente el más amargo de la
experiencia humana: la sonrisa despectiva y el sarcasmo de los vencedores (Lc
23,35).
Hay otro rasgo que agrega una dosis
especial de acidez a su muerte: a Juan lo mató Herodes, y ello permitía
considerar su muerte como un martirio. A Jesús lo mataron los representantes de
Dios. Juan muere por una apuesta absurda y frívola. Jesús es juzgado por
blasfemo, condenado como tal y ejecutado. In situ, en las circunstancias
históricas en las que ocurrió el hecho, no hay por donde encontrar un resquicio
por el que se le pueda dar a Jesús una aureola de mártir o de héroe. Fue,
simplemente, ejecutado ignominiosamente.
De por sí, el morir es el acto más
solitario de la vida. Es la soledad misma. Pero si ese trance está rodeado de
afecto, si el ajusticiamiento injusto y la ejecución del profeta están
envueltos en una cálida solidaridad de los partidarios y discípulos, en ese
caso la soledad del ajusticiado puede quedar parcialmente aliviada. Pero en el
caso de Jesús no hubo tal solidaridad, sino hostilidad e indiferencia.
De
los que presenciaban aquel desenlace, un puñado lloraba sin poder aliviar nada,
muchos estaban satisfechos y contentos, y la inmensa mayoría, indiferentes.
Hoy día, esa noticia habría aparecido en unas pocas líneas, perdida en las
páginas interiores de los periódicos. En líneas generales, podríamos decir que
aquello no interesó mayormente a los habitantes de Jerusalén. Símbolo de esa
indiferencia eran sus propios discípulos, dormidos tranquilamente en el Olivar
mientras el Maestro se debatía en una trágica agonía. ¡Cómo no sentir náusea!
Las circunstancias descritas nos dan
el derecho para concluir que la Pasión y Muerte tuvieron carácter de colapso,
de holocausto: el derrumbamiento integral de una persona y su proyecto. Jesús
fue, pues, verdaderamente varón de dolores.
Ahora haría falta una larga
disquisición para considerar la serenidad con que Jesús afrontó este colapso,
los intereses salvíficos de Dios en este acontecimiento y la apertura y
disponibilidad con las que el Siervo asumió la voluntad de Dios. Pero esto no
entra en nuestro propósito.
sábado, 2 de febrero de 2013
Varón de dolores - II
En varias
ocasiones vemos a Jesús desalentado. Pero hay en Marcos 8,12-13 una reacción
inesperadamente enérgica, en que sentimos algo así como un quejido interior,
como de un navío que cruje: “Jesús dio un profundo suspiro y dijo: ¡Cómo!;
¡esta clase de gente busca una señal! Os aseguro que a esta clase de gente no
se le dará señal. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la orilla de
enfrente”. ¿Esperanzas destrozadas? ¿ Ilusiones desgarradas? Son reacciones que
nos permiten vislumbrar una desconocida y secreta familiaridad de Jesús con el
sufrimiento.
* * *
El sufrimiento de Jesús es como una
tempestad que se forma allá lejos, en otra comarca; crece, se mueve y se
aproxima; se le siente cada vez más cerca; va progresivamente avanzando en un
crescendo incontenible, hasta que descarga toda su violencia en su Pasión y
Muerte.
Los
Evangelios nos dejan constancia en forma unánime y clara de que Jesús en las
últimas semanas y días estuvo rodeado de indiferencia, cobardía, odio, traición.
Tenía motivos más que suficientes para retirarse de la vida amargado y
resentido por la insensatez de la raza humana. Pero no fue así.
Lo
inesperado, lo que nos parece incomprensible y que uno se resiste a aceptar, es
lo siguiente: ¿cómo es posible que un hombre gozoso como Jesús, con un mensaje
vital y alegre, pudiera encontrarse con un rechazo tan cerrado, con un grado
tan increíble de conflictividad?
El
conflicto y la resistencia levantados a su paso fueron de tal magnitud que su
vida y obra, humanamente hablando, estallaron en llamas y cenizas en la pira
del desastre. Es éste un enigma incomprensible que, de momento, lo dejamos de
lado.
En
todo caso, Jesús no se retiró de la vida con el rictus de un amargado. Su dolor
no fue egoísta ni centrado en sí mismo. En ningún momento sorprendemos a Jesús
cerrado sobre sí mismo, reclamando el reconocimiento de la humanidad, o
hurgando en las heridas de sus frustraciones, o paladeando la fruta agridulce
de la autocompasión, como si en el mundo no hubiera otra realidad que su
fracaso, o como si la historia tuviera que ser valorada teniendo como centro y
clave su propia desgracia. Nada de eso.
Al
contrario, estando como estaba en el ojo mismo de la tempestad, lo captamos
enteramente olvidado de sí y salido siempre hacia el otro. Y el motivo de su
sufrimiento son siempre los otros. De modo que, en Jesús, el dolor es consecuencia
de su “ser para el otro
Y
así, tuvo una palabra de delicadeza para el traidor (Lc 22,48). Se mostró
sumamente preocupado de que los discípulos no corrieran su misma suerte: “Si me
buscáis a mí, dejad marchar a éstos” (Jn 18,8). Le tendió a Pedro, enredado en
la cobardía, una mirada de salvación (Lc 22,51). Tuvo un magnífico gesto de
caballerosidad, camino del Calvario, para con aquellas mujeres que, con
lágrimas, se solidarizaban con él (Lc 23,28). Fue delicado y atento con el
ladrón en la cruz (Lc 23,39). Y, en último instante, casi asfixiado, tuvo con
su madre un rasgo filial de atención, entregándola a los cuidados de Juan (Jn
19,25). Hasta el último aliento fue el hombre para los hombres.
* * *
En su Pasión y Muerte convergieron
todas las circunstancias para hacer sobremanera amargo ese paso. Y esas
circunstancias justifican el titulo de varón de dolores.
En primer lugar, en cuanto al dolor
físico, la pérdida de su sangre privó del agua a su cuerpo, originándose una
progresiva deshidratación, sensación sumamente desagradable. Debido a ello, se
apoderó de Jesús una sed generalizada que se siente no sólo en la garganta,
sino en todo el organismo, sed que ningún líquido del mundo puede saciar, sino
una transfusión de sangre. La pérdida de sangre originó también una fiebre
alta, que, a su vez, derivó en una confusión mental o pérdida parcial de la
conciencia de su identidad. Sufrió también, como todos los crucificados, el
suplicio de la asfixia al no poder respirar debido a la posición forzada del
cuerpo.
viernes, 1 de febrero de 2013
Varón de dolores - I
A pesar de que los Evangelios, como lo acabamos de
ver, nos presentan a Jesús y su mensaje como una fiesta de alegría, como un
concierto de flauta en medio de la plaza (Mt 11,16-18), nos lo presentan
también como un hombre acosado, agredido y marcado a fuego por el sufrimiento,
de tal manera que se vieron obligados a justificar teológicamente esa figura
doliente (1 Pe 1,21).
Mucho
más: en la imagen de un Jesús traspasado por el dolor, la Escritura llegó a
contemplar el símbolo de la Humanidad Doliente (Heb 12,2).
Hay en los Evangelios vislumbres
fugaces por los que concluimos o sospechamos que Jesús estaba familiarizado con
el sufrimiento, cosa que no cabría deducir por los sucesos narrados. Por
ciertos detalles, atisbamos que Jesús posee aquel conocimiento sobre el dolor
que sólo el dolor puede dar. De ahí, sin duda, emerge esa tremenda sensibilidad
que posee ante el sufrimiento ajeno; y sólo el que ha padecido mucho tiene la
capacidad de compadecer, capacidad que es notable en Jesús.
Aquel
día unos helenos provenientes de la Diáspora manifestaron un vivo interés por
conocer a Jesús. Felipe
y Andrés notificaron a Jesús este deseo. Y, mientras
les hablaba, desde no se sabe qué regiones, como en un paréntesis, le ascendió
a Jesús una profunda turbación: “¡Ay, me siento agitado, y ¿qué diré? Padre, líbrame de esta
Hora. Pero... ¡si para esto he venido! Padre, glorifica tu Nombre” (Jn 12,27).
Vislumbramos en este abrupto paréntesis cualquier drama, una especie de
desdoblamiento de personalidad, un combate soterrado entre el querer y el
sentir...
En aquella “conmoción” hasta el
sollozo y las lágrimas (Jn 11,35) presentimos el drama interior de un hombre
cuyos lazos de amistad (con Lázaro) han sido desgarrados sin piedad por la
muerte.
Igualmente en
aquel “estremecimiento” ante la viuda que había perdido al hijo único: ahí se
percibe como un romperse de fibras muy sensibles cuando, con gran ternura, dice
a la viuda: “No llores” (Lc 7,12). Sólo un hombre que ha sufrido mucho puede
compadecerse de esa manera.
* * *
Un
día estaba Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que sufría parálisis de
un brazo. Marcos, en una tensa escena, dice significativamente —lo que denota
que la hostilidad era ya irrevocable— que los letrados y jefes “estaban al
acecho a ver si le curaba en sábado, para poder acusarlo” (Mc 3,2). En una actitud de desafío, no exenta
de indignación, dijo Jesús primero al enfermo: “levántate”; y luego lanzó a sus
contrarios esta pregunta: “¿es lícito salvar una vida en sábado?” Ellos
callaron. “Entonces, mirándolos con ira y dolorido por la dureza de su
corazón”, dijo al paralítico: “extiende el brazo”; lo extendió, y quedó
curado. “En cuanto salieron los fariseos se confabularon con los herodianos en
contra de él para tramar cómo eliminarlo” (Mc 3,6).
Son las primeras escenas de un drama
que acabará en un holocausto. Y vemos también aquí los primeros compases de la
apertura de Jesús al misterio del Dolor, que lo transformarán en un “conocedor
de quebrantos”, según la expresión de Isaías.
La escena que nos describen Marcos
(6,1-6) y Lucas (4,14-30), dramática también, marca otro hito en el descenso de
Jesús en las aguas del dolor, y señala, por otra parte, su alejamiento,
desengañado, de “su tierra” de Nazaret. La escena apunta también claramente el
hecho de que fue su destino de profeta y misionero de la misericordia el que le
abrió la ruta hacia el interior del dolor.
El episodio es el siguiente: después
de pasar un tiempo junto a Juan y de bautizarse, y luego de un largo retiro en
el desierto, Jesús regresó a Nazaret. El sábado habló en la sinagoga. Sus
propios paisanos no podían creer lo que estaban escuchando, y “se escandalizaban
a causa de él”. Entristecido, Jesús contraatacó: no hay nada que hacer: “Un
profeta, sólo en su tierra, entre su parentela y en su propia casa carece dc
prestigio” (Mc 6,4). Y la frustración da una nota más alta: “Y no pudo hacer
allí ningún milagro” (6,5). Y el diapasón, finalmente, hizo sonar el tono más
agudo: “Se asombró de su falta de fe” (6,6). Percibimos en este “asombro” un
contenido tenso y denso de desengaño, dolor retenido y ciertos destellos de
desesperanza. Pero no acaba aquí la narración. Nos dice Lucas
que, a cierta altura de la escena, Jesús golpeó replicando y recordando que en
tiempo de Elías y Eliseo fueron dejados de lado los hijos de Israel y la
“salvación” fue entregada a los hijos de Siria y de Sidón. Oyendo esto; los
nazaretanos de la sinagoga “se llenaron de ira, y levantándose lo arrojaron
fuera de la ciudad; y lo llevaron a una altura escarpada del monte para
despeñarlo” (Lc 4,25-28).
Sobran comentarios. Es un texto desusadamente
fuerte y significativo. Parece el preludio de aquella narración de Juan:
“Tomaron a Jesús, y él, cargando con su cruz, salió hacia un lugar llamado
Calvario, donde lo crucificaron” (Jn 19,17). Es, sin duda, el dolor más doloroso:
sentirse mensajero ¿e una novedad, mensaje de salvación y amor, y, al
entregarlo, y por entregarlo, recibir la incomprensión, el rechazo, la
persecución y la ejecución.
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