miércoles, 6 de febrero de 2013

El peligro de los conflictos emocionales no resueltos

Nuestra mente subconsciente es la mente profunda que está a cargo del mantenimiento del buen funcionamiento de nuestro cuerpo físico y cumple muy bien su tarea cuando las situaciones emocionales están en orden; sin embargo, en la vida de muchas personas, existen conflictos emocionales no resueltos.

Por muchas razones existen conflictos de esta naturaleza casi imposibles de resolver, sin embargo, todo conflicto relacional o emocional tiene una solución.

Muchas personas se van de este mundo por el simple hecho de mantener estos conflictos internos ocultos y bien encubiertos pensando que se puede engañar a la mente subconsciente y muchas experiencias dolorosas no tendrían por qué suceder si a tiempo en un ambiente de terapia se encuentra un modo de conocer a fondo el problema y se descubre su respectiva solución.

Los conflictos emocionales van generando venenos internos y pensamientos negativos debilitantes que con el correr del tiempo pueden tener nefastas consecuencias, es por esa razón que debemos hacer un examen de conciencia serio y sincero pues en este mundo, no hay a quién engañar excepto a nosotros mismos.

Los conflictos emocionales están fundamentados en relaciones conflictivas, negativas, abusivas o tiránicas y en los casos en que no se puede llegar a un arreglo o a una solución con la otra persona, lo que debe hacerse es, resolver el problema en el ambiente interno de la mente interior pues es allí donde se pueden generar puntos de vista nuevos y positivos y conseguir tomar decisiones y determinaciones nuevas y diferentes para que nuestra vida se encamine hacia una vida de autoestima, de independencia mental y moral y podamos proseguir nuestro caminar por esta vida con la generación nueva de pensamientos positivos, de actitudes de autoestima y de autodirección de nuestro propio ser mental.

La relajación corporal y la concentración mental son dos de las primeras tareas que se deben aprender como un primer paso; el segundo paso estaría formado por el proceso de aprender a utilizar una herramienta mental llamada: "El teatro interior de la imaginación"; una vez que se consiga situarse en ese teatro interior de la imaginación, se puede viajar, tal como lo hacen los chamanes de Norteamérica y de los países asiáticos, hacia la experiencia fundadora. Una vez que se llega a esa experiencia fundadora, se procede a revisar las antiguas conclusiones y acto seguido, se procede a actualizar dichas conclusiones y con este acto actualizador se consigue obtener nuevos puntos de vista de la situación actual y en consecuencia, se dejan atrás los papeles de víctima, de mártir o de persona sin poder.

Para concluir, la solución se produce en nuestro propio ámbito interior y de esta forma se recupera la dirección positiva de nuestra vida y nuestra salud vuelve a su equilibrio natural.

Afirmación para potenciar la personalidad: Escribir veinte veces: ”Quien tiene el valor de pedir ayuda la obtiene”

Redimir con Cristo - II


Dado este misterio, tú no puedes preguntar: ¿Por qué tengo que sufrir yo en lugar de un cineasta francés o de un banquero americano? ¿Qué tengo que ver yo con ellos? Sí, tengo mucho que ver. Todos los bautiza­dos del mundo estamos misteriosamente intercomuni­cados. El misterio opera por debajo de nuestra con­ciencia.
            Una vez injertados en este árbol de la Iglesia, la vida funciona a pesar de nosotros. Esclarezcamos esto con un ejemplo: en mi organismo, yo no sé cómo funcionan el hígado o los riñones porque no los siento, pero sé que funcionan. Yo no sé cuál es la relación entre el hígado y el cerebro, pero sé que esa relación existe por­que cuando el hígado funciona mal, ¡hay que ver cómo me duele la cabeza! La vida profunda y misteriosa de mi entronque en el Cuerpo vivo de la Iglesia y de mi relación con todos los bautizados yo no sé cómo fun­ciona, pero sé que funciona.
            Por consiguiente, no es indiferente que tú seas un santo o un cristiano tibio. Si ganas, gana toda la Igle­sia; si pierdes, pierde toda la Iglesia. Si amas mucho, crece el amor en el torrente vital de la Iglesia. Si eres un “muerto” en el espíritu, es la Iglesia entera la que tiene que arrastrar ese cadáver (cf mi libro Muéstrame tu rostro, Paulinas, Madrid 198413, 346-348).

* * *

            Al avanzar por estos derroteros, nos encontramos con ese estridente desafinamiento que a tantas personas las ha sumido en la confusión: si Dios existe y es justo, ¿por qué triunfan los malos y fracasan los buenos? ¿Por qué los justos viven a veces llenos de desgracias, mientras los pecadores nadan en prosperidad?
            Son viejas preguntas que vienen formulándose desde los días de Job; pero después del Calvario perdie­ron su aguijón. Como hemos visto en las páginas ante­riores, Isaías vislumbró en su Cuarto Canto la res­puesta exacta; ésta se consumó en el Calvario, y Pablo elaboró una explicación teológica.

            Dios mismo cargó sobre los hombros del Siervo “to­dos nuestros crímenes”; fue herido por los delitos de “su” pueblo; los desvíos de los hombres causaron su martirio: está sufriendo en vez de los demás. El Siervo ha ocupado el lugar de los pecadores y ha asumido el su­frimiento que deberla recaer sobre ellos. “Sus cicatri­ces nos han curado” (Is 53,1-10). Bajó silencioso al abismo de la muerte porque estaba expiando los peca­dos ajenos (Is 53,12).
            Sobre este telón de fondo, la primitiva comunidad cristiana contempló e interpretó el Acontecimiento del Calvario.

* * *

A partir de estos hechos, podemos concluir que en­tre nosotros viven hoy día innumerables Siervos de Yahve’ que están sufriendo en vez de los demás y cola­borando con Cristo en la redención del mundo.
            Así como la Catequesis Primitiva no encontró otra explicación al Desastre del Calvario, tampoco nosotros encontramos otra “lógica” que explique la pasión y muerte de tantas personas hoy entre nosotros, sino el contexto y la figura del Siervo que carga sobre silos sufrimientos de los demás.
            Es ésta, para mí, una de mis más firmes conviccio­nes que me asisten. Yo he visto un sinnúmero de veces cómo el misterio del Siervo se repite y se revive a dia­rio entre nosotros. He contemplado, conmovido, al Siervo asomarse en las encrucijadas de los caminos de polvo, expulsado de su casa por no poder pagar el al­quiler; he visto su figura doliente arrastrarse por la ca­lle en busca de un empleo.
            He visto familias piadosas victimas de una cadena de infortunios; santas madres de familia visitadas por la enfermedad o la calumnia; criaturas pequeñas, sin cul­pa ni malicia, marcadas para siempre por la invalidez o la muerte. Están sufriendo en vez de los demás.
            Basta asomarse a un hospital, o recorrer la calle en­trando casa por casa, y nos encontraremos con centenares y millares de víctimas de la mentira y de la incom­prensión, el estigma, el zarpazo, la zancadilla, el agui­jón, la muerte: sabiendo o sin saber, están sufriendo y muriendo, con Cristo y como Cristo, por los demás, cargando sobre sí las cruces de la Humanidad.

martes, 5 de febrero de 2013

Redimir con Cristo - I


Ahora bien; el que sufre en unión con Cristo no sólo extrae consolación de la tribulación, sino que “comple­ta” con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos del Señor (Col 1,24).
            Debido a esto, Juan Pablo II habla del “carácter creador del dolor”, el cual confiere al sufrimiento no sólo un sentido, sino una utilidad dinámica y fecundan­te. Salta a la vista el hecho de que, si Cristo redimió el mundo aceptando amorosamente el dolor, todo cristia­no que se asocie a ese dolor con su propio sufrimiento participa del carácter redentor del dolor de Cristo; está redimiendo con Cristo.
            El sufrimiento de Jesús ha generado un bien: la re­dención del mundo. Y aunque es verdad que este bien es infinito y ningún hombre puede agregarle nada, sin embargo, Cristo ha querido dejar abierto su propio do­lor salvador a todo y cualquier sufrimiento humano, a condición de que sea asumido con amor (Salvifici doloris 24).
            Con otras palabras: el Señor ha realizado la reden­ción completamente, pero no la ha cerrado. Al contra­rio, “forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser comple­tado sin cesar” (JUAN PABLO II).
            Esta redención, al mismo tiempo completa pero siempre abierta, nos introduce de lleno en el misterio esencial de la Iglesia, la cual despliega y completa la obra redentora de Cristo. Y el misterio central de la Iglesia es su naturaleza de Cuerpo Místico, marco y espacio en que “se completa lo que falta a los padeci­mientos de Cristo, espacio en que Cristo está incesan­ te y vigorosamente creciendo hacia su plenitud” (Ef 4,13).

* * *

            No somos socios, sino miembros de una sociedad de naturaleza muy particular, en que ganamos en común y perdemos en común. Esta Comunidad es como un Cuer­po que tiene muchos miembros, pero todos los miembros, juntos, forman una sola realidad. Cada miembro tiene una función específica, pero todos los miembros concurren, complementariamente, al funcionamiento general de todo el organismo (1 Cor 12,12).
            Cuando se nos lastima el pie, ¿acaso lo dejamos san­grar, diciendo: qué tiene que ver mi cabeza con el pie? Cuando el oído está enfermo, ¿acaso dice el ojo: yo no soy el oído; qué tengo que ver contigo? No, sino al contrario, cada miembro ayuda a los demás, porque to­dos juntos constituyen el organismo. ¿Qué sería del brazo si no estuviera adherido al cuerpo? ¿De qué val­drían los ojos sin el oído, o los oídos sin los pies? (1 Cor 12,14-22). Pero hay mucho más: “Si un miem­bro tiene un sufrimiento, todos los demás miembros sufren con él; o si un miembro es honrado, gozan jun­tamente todos los miembros” (1 Cor 12,26).
            Aquí está, precisamente, el nudo de la cuestión. Si se nos lastima tan sólo la uña del dedo pequeño, es posible que la fiebre se apodere de todo el organismo: to­dos los miembros sufren las consecuencias. ¿Por qué la rodilla tendría que sufrir las consecuencias del dedo pequeño? Porque ganamos en común y perdemos en común. ¿Perdió el dedo?; perdieron todos los miem­bros. ¿Sanó el dedo?; sanaron todos los miembros.
Existe, pues, en el interior de ese organismo que lla­mamos Iglesia una intercomunicación de salud y enfermedad, de bienestar y malestar, de gracia y pecado, igual que en el fenómeno de los vasos comunicantes.

lunes, 4 de febrero de 2013

Sufrir y redimir


Morir con Cristo

            Después de decirnos que Cristo “estuvo circundado de fragilidad” (Heb 5,2), agrega la Carta a los Hebreos que (Cristo), sufriendo, “aprendió a obedecer” (Heb 5,8). Llama la atención esa expresión obedecer. Hay militantes ateos, aun hoy día, que asumen la tortura y la muerte con una actitud estoica, llamemos pasiva o fatalista, sin inmutarse.
            Pero el término obedecer introduce un matiz distinto:  viene a indicar que Cristo asumió el dolor de una manera personal, activa, como una ofrenda consciente y voluntaria, dando así a su sufrimiento un significado y un vuelo de apertura hacia el hombre universal.
            Y así, “por haber sufrido, puede ayudar a los que sufren” (Heb 2,18). Como radios que desde la superfi­cie convergen en el centro de la esfera, los padecimien­tos de cada día hacen que Cristo y el hombre se junten y se encuentren en el centro del círculo: el dolor. Her­manados en el dolor.
            Y por pertenecer a la entraña misma de la familia humana, Jesús tiene voz y autoridad para convocar a todos los desgarrados por la tribulación, para ofrecerles una copa de alivio y descanso (Mt 11,28).

* * *

            Después de “contemplar al que traspasaron” (Jn 19,27), los testigos no aciertan a comprender el sufri­miento humano si no es a través del prisma del dolor de Jesús. El que sufre en la fe, sufre en Cristo. Más aún, es Jesús mismo el que sufre y muere de nuevo.
    Pedro, en su Primera Carta, dirigiéndose probable­mente a los cristianos del Asia Menor, les viene a decir: me han informado que un fuego extraño ha prendido entre vosotros, y que la tribulación se enrosca, como serpiente, a vuestra cintura. Esto no os debe extrañar, porque es normal que así suceda. Más aún, os invito a dar rienda suelta a la alegría “porque estáis participan­do de los sufrimientos de Cristo” (1 Pe 4,13).
            Y escribiendo a los “santos de Colosas”, Pablo les pregunta: “Una vez que habéis muerto con Cristo” (Col 2,20), ¿qué sentido tiene continuar amarrados con las cadenas de la ley?

            Corinto era, en los días de Pablo, una ciudad moder­na y floreciente, centro comercial y nudo de comunicaciones. Allí Pablo fundó una comunidad que presto llegó a tener una existencia fecunda y, más de una vez, agitada. Pronto se hicieron presentes allí lobos temibles y falsos apóstoles, que estuvieron a punto de hacer naufragar la nave de la comunidad.
            Con ocasión de estos desórdenes, Pablo vivió una larga agonía. Desde Efeso escribe a los corintios su Segunda Carta, “presa de una gran aflicción y angustia de corazón, con muchas lágrimas” (2 Cor 2,4). Es la carta magna de la desolación y consolación, en que en­contramos a Pablo profundamente abatido y, al mismo tiempo, profundamente consolado, porque la llama de la consolación brota siempre de la herida de la tribulación. Después de redactar esos tensos primeros capítu­los, Pablo nos entrega, con alto poder, esa magnífica expresión que sintetiza el espíritu de la Carta: “Lleva­mos por todas partes, grabado en nuestro cuerpo, el morir de Jesús” (2 Cor 4,10).
            Y en la misma Carta nos entrega también este vigo­roso texto: “Mientras vivimos, estamos siempre entregados a la muerte por amor a Jesús” (2 Cor 4,8). El que sufre en la fe sufre, pues, con Cristo y como Cristo; más aún, participa del dolor y muerte de Jesús; mejor dicho, es Jesús mismo quien sigue sufriendo y murien­do, hermanado y hecho una misma unidad con los ago­nizantes, lisiados y traicionados.
            Envuelto en llamas y respirando amenazas, Saulo pi­dió autorización para cazar a los seguidores del Evangelio y, encadenados, devolverlos a Jerusalén para ser entregados al Sanedrín. Y mientras galopaba, una co­lumna de luz lo envolvió: “Saulo, Saulo; ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor? Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (He 9,4). Es, pues, Jesús mismo quien sigue sufriendo en el dolor del cristiano.

* * *

            Sobre su blanca piel cayó la calumnia como un pu­ñado de alquitrán, y su figura quedó desfigurada por largos años. Pero, en realidad, el desfigurado era Jesús mismo. Con flechas de todo calibre, disparadas por cazadores raquíticos, lo asaetearon sin compasión, deján­dolo malherido y llorando. Pero era Jesús mismo, zaherido por sus enemigos.
            Tras largos años de fidelidad, la esposa fue traiciona­da por su consorte, y el hermano por sus propios familiares, como Jesús lo fue por Judas. Mil avispas de in­comprensiones, malentendidos, comentarios desfavorables e interpretaciones antojadizas hicieron de su vida un triste tejido de espinas y lágrimas. ¿Qué otra cosa hicieron con Jesús los saduceos y los herodianos?
Los que son abatidos por la melancolía y la depre­sión participan de la agonía de Getsemaní. Como un castillo de naipes se les fue al suelo aquel proyecto tan acariciado y tuvieron que morder la fruta amarga del fracaso. Participaron del fracaso de Jesús.
            Los hermanos que fueron abandonados por sus pro­pios hermanos, los jóvenes que vieron rotas sus ilusiones, los creyentes que se debaten en la noche oscura de la fe, los que se sienten cansados de luchar y hastiados de vivir, los que están amenazados por una prematura muerte..., todos ellos participan de la muerte de Jesús.
            Se levantan cansados. No pueden dormir. Como un gusano, el carcinoma va corroyendo y deshaciendo sus huesos, mientras los amigos se alejan porque saben que se muere, y se muere de triple agonía: dolor, soledad y tristeza. El lecho o el carrito de ruedas es la morada eterna del minusválido. Y esas jaquecas que lo invali­dan por días enteros. Y lleva en las entrañas una fiera que le clava la garra, pero nadie descubre la naturaleza de la enfermedad; y el temor, como oscura nube, cubre su cielo... En suma, ¡ la enfermedad con sus mil rostros! Es Cristo el que está postrado en cama, y sufre, y agoniza.
            Todo esto, sin embargo, puede sonar a vena literatu­ra. Si queremos que. estas consideraciones se tornen en real consolación, es imprescindible cumplir con una condición: vivirlo todo en la fe, uniéndose conscientemente al Cristo Doliente; asumirlo todo en el espíritu de Jesús; obedecer, en el sentido ya explicado: aceptar cada prueba de una manera consciente y voluntaria, con amor y significado.

domingo, 3 de febrero de 2013

Varón de dolores - III


En segundo lugar, Jesús moría en plena juventud, y la muerte le segaba todos los lazos amables de la vida: no poder disfrutar más de la luz del sol, de la primave­ra, de la amistad, del afecto de las gentes, de la gratitud de los humildes; no poder soñar, amar y ser amado; no poder hacer felices a los demás ni disfrutar del trato de los familiares y discípulos... Todo queda cercenado; y eso, para un hombre vital como Jesús, es particularmente sensible. Era la Gran Despedida; como si dijera: me voy, y ustedes no pueden “venir” conmigo.
            En tercer lugar, y mirando hacia atrás y evaluando sus años de misionero de la paz, le resultaba difícil descartar la impresión de fracaso, tanto en la Galilea, salvo en los primeros tiempos, como en la Samaria, como, sobre todo, en la Judea. Las muchedumbres, veleidosas como de costumbre, desertaron. La clase gobernante e intelectual, salvo contadas excepciones, lo calificaron de transgresor de la ley, blasfemo y peligroso para la seguridad nacional; y juzgaron que debía ser expulsado de la vida.
            De los discípulos comprometidos con él con lazos de una larga convivencia, uno lo traicionó, otro lo renegó, y “todos”, en una confusa desbandada, “abandonándo­lo, huyeron” (Mc 14,50). Irónicamente, su muerte hizo que se reconciliaran, para confabular en un mismo complot, los grupos antagónicos que nunca se sientan a una misma mesa: los gobernantes y el pueblo, Roma e Israel, Pilato y Herodes, el Procurador y el Pontífice. Jesús bebió otro amargo trago, probablemente el más amargo de la experiencia humana: la sonrisa despec­tiva y el sarcasmo de los vencedores (Lc 23,35).
            Hay otro rasgo que agrega una dosis especial de aci­dez a su muerte: a Juan lo mató Herodes, y ello permi­tía considerar su muerte como un martirio. A Jesús lo mataron los representantes de Dios. Juan muere por una apuesta absurda y frívola. Jesús es juzgado por blasfemo, condenado como tal y ejecutado. In situ, en las circunstancias históricas en las que ocurrió el he­cho, no hay por donde encontrar un resquicio por el que se le pueda dar a Jesús una aureola de mártir o de héroe. Fue, simplemente, ejecutado ignominiosamente.
            De por sí, el morir es el acto más solitario de la vida. Es la soledad misma. Pero si ese trance está rodeado de afecto, si el ajusticiamiento injusto y la ejecución del profeta están envueltos en una cálida solidaridad de los partidarios y discípulos, en ese caso la soledad del ajus­ticiado puede quedar parcialmente aliviada. Pero en el caso de Jesús no hubo tal solidaridad, sino hostilidad e indiferencia.
            De los que presenciaban aquel desenlace, un puñado lloraba sin poder aliviar nada, muchos estaban satisfe­chos y contentos, y la inmensa mayoría, indiferentes. Hoy día, esa noticia habría aparecido en unas pocas líneas, perdida en las páginas interiores de los periódi­cos. En líneas generales, podríamos decir que aquello no interesó mayormente a los habitantes de Jerusalén. Símbolo de esa indiferencia eran sus propios discípu­los, dormidos tranquilamente en el Olivar mientras el Maestro se debatía en una trágica agonía. ¡Cómo no sentir náusea!
            Las circunstancias descritas nos dan el derecho para concluir que la Pasión y Muerte tuvieron carácter de colapso, de holocausto: el derrumbamiento integral de una persona y su proyecto. Jesús fue, pues, verdaderamente varón de dolores.
            Ahora haría falta una larga disquisición para consi­derar la serenidad con que Jesús afrontó este colapso, los intereses salvíficos de Dios en este acontecimiento y la apertura y disponibilidad con las que el Siervo asu­mió la voluntad de Dios. Pero esto no entra en nuestro propósito.

sábado, 2 de febrero de 2013

Varón de dolores - II


En varias ocasiones vemos a Jesús desalentado. Pero hay en Marcos 8,12-13 una reacción inesperadamente enérgica, en que sentimos algo así como un quejido interior, como de un navío que cruje: “Jesús dio un profundo suspiro y dijo: ¡Cómo!; ¡esta clase de gente busca una señal! Os aseguro que a esta clase de gente no se le dará señal. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la orilla de enfrente”. ¿Esperanzas destrozadas? ¿ Ilusiones desgarradas? Son reacciones que nos permi­ten vislumbrar una desconocida y secreta familiaridad de Jesús con el sufrimiento.

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            El sufrimiento de Jesús es como una tempestad que se forma allá lejos, en otra comarca; crece, se mueve y se aproxima; se le siente cada vez más cerca; va progre­sivamente avanzando en un crescendo incontenible, hasta que descarga toda su violencia en su Pasión y Muerte.

            Los Evangelios nos dejan constancia en forma uná­nime y clara de que Jesús en las últimas semanas y días estuvo rodeado de indiferencia, cobardía, odio, trai­ción. Tenía motivos más que suficientes para retirarse de la vida amargado y resentido por la insensatez de la raza humana. Pero no fue así.

            Lo inesperado, lo que nos parece incomprensible y que uno se resiste a aceptar, es lo siguiente: ¿cómo es posible que un hombre gozoso como Jesús, con un mensaje vital y alegre, pudiera encontrarse con un re­chazo tan cerrado, con un grado tan increíble de conflictividad?
            El conflicto y la resistencia levantados a su paso fue­ron de tal magnitud que su vida y obra, humanamente hablando, estallaron en llamas y cenizas en la pira del desastre. Es éste un enigma incomprensible que, de momento, lo dejamos de lado.
            En todo caso, Jesús no se retiró de la vida con el rictus de un amargado. Su dolor no fue egoísta ni cen­trado en sí mismo. En ningún momento sorprendemos a Jesús cerrado sobre sí mismo, reclamando el reconocimiento de la humanidad, o hurgando en las heridas de sus frustraciones, o paladeando la fruta agridulce de la autocompasión, como si en el mundo no hubiera otra realidad que su fracaso, o como si la historia tuviera que ser valorada teniendo como centro y clave su pro­pia desgracia. Nada de eso.
            Al contrario, estando como estaba en el ojo mismo de la tempestad, lo captamos enteramente olvidado de sí y salido siempre hacia el otro. Y el motivo de su sufrimiento son siempre los otros. De modo que, en Jesús, el dolor es consecuencia de su “ser para el otro
            Y así, tuvo una palabra de delicadeza para el traidor (Lc 22,48). Se mostró sumamente preocupado de que los discípulos no corrieran su misma suerte: “Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos” (Jn 18,8). Le ten­dió a Pedro, enredado en la cobardía, una mirada de salvación (Lc 22,51). Tuvo un magnífico gesto de caballerosidad, camino del Calvario, para con aquellas mu­jeres que, con lágrimas, se solidarizaban con él (Lc 23,28). Fue delicado y atento con el ladrón en la cruz (Lc 23,39). Y, en último instante, casi asfixiado, tuvo con su madre un rasgo filial de atención, entregándola a los cuidados de Juan (Jn 19,25). Hasta el último aliento fue el hombre para los hombres.
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            En su Pasión y Muerte convergieron todas las cir­cunstancias para hacer sobremanera amargo ese paso. Y esas circunstancias justifican el titulo de varón de dolores.
            En primer lugar, en cuanto al dolor físico, la pérdida de su sangre privó del agua a su cuerpo, originándose una progresiva deshidratación, sensación sumamente desagradable. Debido a ello, se apoderó de Jesús una sed generalizada que se siente no sólo en la garganta, sino en todo el organismo, sed que ningún líquido del mundo puede saciar, sino una transfusión de sangre. La pérdida de sangre originó también una fiebre alta, que, a su vez, derivó en una confusión mental o pérdi­da parcial de la conciencia de su identidad. Sufrió tam­bién, como todos los crucificados, el suplicio de la asfi­xia al no poder respirar debido a la posición forzada del cuerpo.

viernes, 1 de febrero de 2013

Varón de dolores - I


A pesar de que los Evangelios, como lo acabamos de ver, nos presentan a Jesús y su mensaje como una fiesta de alegría, como un concierto de flauta en medio de la plaza (Mt 11,16-18), nos lo presentan también como un hombre acosado, agredido y marcado a fuego por el sufrimiento, de tal manera que se vieron obligados a justificar teológicamente esa figura doliente (1 Pe 1,21).

            Mucho más: en la imagen de un Jesús traspasado por el dolor, la Escritura llegó a contemplar el símbolo de la Humanidad Doliente (Heb 12,2).
            Hay en los Evangelios vislumbres fugaces por los que concluimos o sospechamos que Jesús estaba familiarizado con el sufrimiento, cosa que no cabría deducir por los sucesos narrados. Por ciertos detalles, atisba­mos que Jesús posee aquel conocimiento sobre el dolor que sólo el dolor puede dar. De ahí, sin duda, emerge esa tremenda sensibilidad que posee ante el sufrimien­to ajeno; y sólo el que ha padecido mucho tiene la ca­pacidad de compadecer, capacidad que es notable en Jesús.
            Aquel día unos helenos provenientes de la Diáspora manifestaron un vivo interés por conocer a Jesús. Feli­pe y Andrés notificaron a Jesús este deseo. Y, mientras les hablaba, desde no se sabe qué regiones, como en un paréntesis, le ascendió a Jesús una profunda turbación: “¡Ay, me siento agitado, y ¿qué diré? Padre, líbrame de esta Hora. Pero... ¡si para esto he venido! Padre, glori­fica tu Nombre” (Jn 12,27). Vislumbramos en este abrupto paréntesis cualquier drama, una especie de desdoblamiento de personalidad, un combate soterra­do entre el querer y el sentir...
            En aquella “conmoción” hasta el sollozo y las lágri­mas (Jn 11,35) presentimos el drama interior de un hombre cuyos lazos de amistad (con Lázaro) han sido desgarrados sin piedad por la muerte.
Igualmente en aquel “estremecimiento” ante la viu­da que había perdido al hijo único: ahí se percibe como un romperse de fibras muy sensibles cuando, con gran ternura, dice a la viuda: “No llores” (Lc 7,12). Sólo un hombre que ha sufrido mucho puede compadecerse de esa manera.

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            Un día estaba Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que sufría parálisis de un brazo. Marcos, en una tensa escena, dice significativamente —lo que denota que la hostilidad era ya irrevocable— que los le­trados y jefes “estaban al acecho a ver si le curaba en sábado, para poder acusarlo” (Mc  3,2). En una acti­tud de desafío, no exenta de indignación, dijo Jesús primero al enfermo: “levántate”; y luego lanzó a sus contrarios esta pregunta: “¿es lícito salvar una vida en sábado?” Ellos callaron. “Entonces, mirándolos con ira y dolorido por la dureza de su corazón”, dijo al paralíti­co: “extiende el brazo”; lo extendió, y quedó curado. “En cuanto salieron los fariseos se confabularon con los herodianos en contra de él para tramar cómo eliminar­lo” (Mc 3,6).
            Son las primeras escenas de un drama que acabará en un holocausto. Y vemos también aquí los primeros compases de la apertura de Jesús al misterio del Dolor, que lo transformarán en un “conocedor de quebran­tos”, según la expresión de Isaías.
            La escena que nos describen Marcos (6,1-6) y Lucas (4,14-30), dramática también, marca otro hito en el descenso de Jesús en las aguas del dolor, y señala, por otra parte, su alejamiento, desengañado, de “su tierra” de Nazaret. La escena apunta también claramente el hecho de que fue su destino de profeta y misionero de la misericordia el que le abrió la ruta hacia el interior del dolor.
            El episodio es el siguiente: después de pasar un tiempo junto a Juan y de bautizarse, y luego de un lar­go retiro en el desierto, Jesús regresó a Nazaret. El sábado habló en la sinagoga. Sus propios paisanos no podían creer lo que estaban escuchando, y “se escanda­lizaban a causa de él”. Entristecido, Jesús contraatacó: no hay nada que hacer: “Un profeta, sólo en su tierra, entre su parentela y en su propia casa carece dc presti­gio” (Mc 6,4). Y la frustración da una nota más alta: “Y no pudo hacer allí ningún milagro” (6,5). Y el dia­pasón, finalmente, hizo sonar el tono más agudo: “Se asombró de su falta de fe” (6,6). Percibimos en este “asombro” un contenido tenso y denso de desengaño, dolor retenido y ciertos destellos de desesperanza. Pero no acaba aquí la narración. Nos dice Lucas que, a cierta altura de la escena, Jesús golpeó replican­do y recordando que en tiempo de Elías y Eliseo fue­ron dejados de lado los hijos de Israel y la “salvación” fue entregada a los hijos de Siria y de Sidón. Oyendo esto; los nazaretanos de la sinagoga “se llenaron de ira, y levantándose lo arrojaron fuera de la ciudad; y lo lle­varon a una altura escarpada del monte para despeñarlo” (Lc 4,25-28).
            Sobran comentarios. Es un texto desusadamente fuerte y significativo. Parece el preludio de aquella narración de Juan: “Tomaron a Jesús, y él, cargando con su cruz, salió hacia un lugar llamado Calvario, donde lo crucificaron” (Jn 19,17). Es, sin duda, el dolor más do­loroso: sentirse mensajero ¿e una novedad, mensaje de salvación y amor, y, al entregarlo, y por entregarlo, re­cibir la incomprensión, el rechazo, la persecución y la ejecución.