martes, 8 de enero de 2013

Técnicas de olvido


Hemos estudiado anteriormente el flagelo de las ob­sesiones. En el camino de la vida uno se encuentra con gentes que sufren de complejos de culpabilidad, re­cuerdos obsesivos, fijaciones de toda clase, temibles fuentes de tristeza y angustia. Uno les aconseja que procuren retirar de sus mentes tales obsesiones, y siempre responden con las mismas palabras: “No pue­do”. ¿Cabe mayor desgracia?
    Esta liberación no la van a conseguir así sin más, como si tal cosa. Deberán ejercitarse pacientemente en prácticas que les ayuden a obtener el ansiado dominio sobre su mente y el consiguiente descanso. Para esta finalidad, les presentamos aquí unas cuantas técnicas.

1.   Piensa en un disgusto de tu vida. Imagina que pasas por un prado verde. A una cierta altura sacas desde dentro de ti el disgusto y lo entierras bajo un metro de tierra. Y allá queda para siempre.

2.   Piensa en otro disgusto que te obsesiona. Imagi­na que llegas a la orilla del mar. Allí está esperándote un angel con una barca. Extrae de tus entrañas ese dis­gusto y deposítalo en la barca. El ángel parte con esa carga mar adentro, mientras tú te quedas en la orilla. El ángel sigue alejándose con su barca hasta alta mar; allí el ángel ata una piedra pesada a tu disgusto y lo lanza a lo profundo del mar. Allí quedó tu disgusto, sepultado en lo profundo, para siempre.

3.   Piensa en otro recuerdo desagradable. Encende­mos una gran hoguera en el patio y echamos ese recuerdo, como un negro carbón, al fuego. A los pocos minutos, el fuego ha transformado tu recuerdo en una oscura humareda que asciende al cielo, hasta que se evapora en las alturas. Minutos más tarde, el humo se ha desvanecido por completo. El cielo está azul.

4.   Concentrado, y con los ojos cerrados, imagina que desde tu garganta baja el número 1 hasta el estómago, en cuyo extremo derecho se clava. Después baja el número 2, y se clava junto al 1. Luego el 3, el 4 y el 5. Tú te colocas en el centro. Después baja el núme­ro 6, que se clava a tu izquierda. Luego los demás nú­meros, hasta el 10 inclusive, que quedan clavados hasta el extremo izquierdo. Ahora, tranquilamente, retiras, uno por uno, los cinco números impares, comenzando por la izquierda. Después, los números pares. Al final, también tú desapareces.

5.   Colócate ante cuatro o cinco objetos. Nómbralos en alta voz. Cierra ahora los ojos y, comenzando por el último objeto, retíralos mentalmente uno por uno, arrojándolos a tus espaldas. Delante de ti no quedó nada. Colócalos de nuevo mentalmente. Y de nuevo hazlos desaparecer.

6.   Imagina a tres amigos en una pantalla. Retira primero a uno, luego a otro y, finalmente, al tercero. Colócalos de nuevo en la pantalla. Retíralos de nuevo. Esta operación la puedes repetir varias veces.

7.   Esa historia dolorosa cuélgala en la parte trasera del furgón del tren. Parte el tren. En la medida en que se aleja el tren, la historia dolorosa es cada vez más pequeña. Un poco después, diminuta, casi impercepti­ble, hasta que ya no se ve nada de ella, aun que sí el perfil del tren, que, finalmente, también desaparece.

lunes, 7 de enero de 2013

Concentración o autocontrol - II



            Lo esencial es que la atención, en cada momento, esté en un solo punto.
            Evita tensionarte durante el ejercicio, tal vez obsesionarte, sobre todo en los primeros pasos.
            Despierta y cuida de que los músculos de la frente y de los ojos no estén arrugados, síntoma de preocupación y tensión psíquica; suéltalos, y también se soltará la tensión interior.
            No te desanimes si sientes dificultades en la ejerci­tación.

            Para eliminar el dolor. Sí, entre los grandes poderes, no­sotros tenemos el poder de eliminar todos los dolores neu­rálgicos, y atenuar los orgánicos, mediante la concentración.

    Sentado, sereno, después de relajarte, camina lenta­mente hacia el interior de ti mismo. Recorre tu mundo interior y detecta un punto donde sientas alguna mo­lestia. Puede ser en cualquier parte del cuerpo; pero supongamos que te duele en la boca del estómago.  Tranquilízate al máximo. Concéntrate en ese punto donde sientes el dolor. Con gran cariño transmite a esa zona una orden utilizando cualquiera de estas frases: sosiégate, descansa, duerme. Es conveniente que sea una sola frase. Absorto, concentrado, repite mentalmente, dirigida a ese punto, la palabra elegida, durante unos cinco minutos, con la máxima ternura, como lo hace una madre con su hijo más pequeño.
            Es bien probable que el dolor se diluya como por encanto, a condición de que lo hagas muy concentrado y relajado.
Imagen y control. Hay movimientos involuntarios, como los del corazón, pulmones, intestinos..., y movimientos vo­luntarios: levanto el brazo, flexiono el dedo, inclino la ca­beza.
            Este ejercicio consiste en que no sólo mi conciencia promueve el movimiento voluntario, sino que lo acompaña; el movimiento es mío.
            Despacio, tranquilo, concentrado, haz los siguientes movimientos, acompañando siempre cada movimiento con la atención: doblar un dedo, luego otro, y otro. Mover el brazo en diferentes direcciones, flexionar el antebrazo. Después, levantarse, tomar un objeto, des­plazarlo a otro lugar y volver a sentarse, siguiendo conscientemente cada gesto.
            Al cerrar la puerta, abrir el grifo del agua, tomar la cuchara, beber el vaso de agua, levantar el objeto caí­do..., tener la conciencia explícita de que yo estoy pre­sente en cada acto, de que son acciones mías.
            Caminar lentamente unos pasos, y tomar conciencia de todos los detalles: el suelo bajo los pies, el movi­miento de los brazos, el ritmo de los pies...

* * *

            Vamos a controlar también la actividad de los ojos. Generalmente, los ojos pasan por encima de todo y no se posan sobre nada. Durante unos minutos dedícate a detener tu conciencia sobre lo que ven tus ojos: la golondrina, el geranio, el macetero, el automóvil, la corti­na..., llamando por su nombre a cada cosa que ves.
            Haz otro tanto con el oído: cada ruido que captes, denomínalo mentalmente con su nombre.
            Con los ojos cerrados o semicerrados dedícate du­rante unos minutos a dibujar en el aire, con el dedo, vanos gráficos: un triángulo, un trébol, una amapola... Después retén por un momento cada una de las figu­ras. Más tarde traza con el dedo en el vacío muchos números arábigos o romanos, y después represéntalos mentalmente.
            Estás en una carretera recta y solitaria: a lo lejos apa­rece un automóvil, se acerca, pasa delante de ti, y se pierde en la lejanía, hasta desaparecer completamente.
            Tienes un objeto delante de tus ojos. Míralo bien y graba sus detalles. Luego cierra los ojos y represénta­lo mentalmente con todos sus detalles. Repite este ejer­cicio con plantas, personas, animales domésticos...
            Toma con la mano derecha un libro, un lápiz, un cenicero, concentradamente. Luego déjalos en su lu­gar. Y ahora, mentalmente, imagina que todavía tienes el objeto en tu mano: sentir su peso, forma, tempe­ratura.

domingo, 6 de enero de 2013

Concentración o autocontrol - I


Nuestra atención, “la loca de la casa”, reclamada por mil estímulos exteriores e interiores, danzando al son de todos los ruidos y de todas las luces, incapaz de centrarse durante unos segundos en un punto filo, la vamos a sujetar ahora allí donde nuestra voluntad determine.
            Si bien los ejercicios anteriores han sido y son tam­bién una ayuda preciosa para el autocontrol, las si­guientes prácticas nos ayudarán más explícitamente.
            Me bulle la cabeza, se lamentan los nerviosos. En efecto, mucha gente es incapaz de detenerse en una sola cosa, sea una idea, una flor o una melodía. Un tropel confuso de recuerdos, imágenes y sentimientos les cruza la mente en el más completo desorden. No saben lo que piensan, no saben lo que quieren. En los días de descanso descansan menos que en los días de labor, porque una mezcla anárquica de impresiones y proyectos los domina por completo. Tampoco descansan al dormir. ¿Resultado? Siempre están desasosegados y, sobre todo, muy fatigados.

* * *

            La esencia de la concentración consiste en hacer lo que estamos haciendo, en estar yo presente en lo que hago. Lo importante es, pues, establecer una buena re­lación entre nuestra atención y nuestros actos. Y como generalmente no estamos presentes a nosotros mismos, por eso los estímulos exteriores nos golpean y nos hieren, porque nos toman desprevenidos, porque estábamos ausentes de nuestra casa.
            Se trata de estar atento a una sola cosa a la vez. La atención es la facultad automática del sistema nervioso para valorar lo que interesa y dejar de lado lo que no interesa.
            Cuando seguimos varias ideas, no simultáneas, sino entrecruzadas o interpuestas, y al mismo tiempo no podemos desentendemos de otra idea parásita, entonces la fatiga es muy grande. En cambio, cuando seguimos una idea con exclusión de toda otra, o estamos atentos tan sólo a lo que hacemos, olvidándonos de todo lo demás, entonces el cansancio es mínimo y el rendi­miento máximo.
            Y eso es lo que queremos conseguir con los siguien­tes ejercicios:
            Un paseo por nuestros señoríos. Es un ejercicio más bien imaginativo, y su finalidad casi exclusiva es la del autocon­trol.
            Puedes hacerlo con los ojos abiertos, cerrados o se­micerrados. Como siempre, la regla de oro es suprimir en todo momento la actividad metal, y simplemente percibir, con la mente vacía.
            Después de la preparación previa, como en los otros ejercicios, concéntrate primeramente en tus pies, sin mirarlos. Contémplalos imaginativamente con todos los detalles, como si los estuvieses televisando o fotografiando: la forma en que están, el contacto o distancia de un pie respecto del otro, color y diseño de los zapatos, color o tibieza de los pies, si está frío el suelo que to­can... Sentirlo todo viva, detenida y sensorialmente; no en tropel, sino primero una sensación, luego otra, du­rante tres o cuatro minutos.
            Pasa después suavemente con tu atención a tus ma­nos, sin mirarlas. Contémplalas sensorialmente, como si las estuvieses televisando, en todos sus detalles: posi­ción general, si están extendidas. o recogidas, si estén calientes o tibias, contactos entre ambas manos.
            Después vete concentrándote dedo por dedo, medio minuto en cada dedo, comenzando por el dedo peque­ño de la mano izquierda: si está separado o en contacto con el otro dedo, si recogido o retirado, imaginándolos sensiblemente, deteniéndote en cada detalle.
            Y ahora, delicadamente, fija la atención en tu nariz. Percibe el aire que entra y sale por los orificios nasales. Como es sabido, el aire que sale es más caliente que el que entra. Percibe esa diferencia, concentradamente, durante tres o cuatro minutos.
            Retira de ahí tu atención, como sierva obediente, y condúcela a tus pulmones. Quieto, concentrado, percibe durante unos minutos el movimiento pulmonar. No pensar, no forzar, no imaginar ese movimiento.       Simplemente, sentirlo, seguirlo, como si tú fueras un ob­servador de ti mismo, con gran tranquilidad, como quien observa, sin reflexionar, la corriente de un arroyo.
            Al mando de tu voluntad, retira de allí tu atención y, suavemente, extiéndela a lo largo y ancho de tu organismo. Con suma tranquilidad, con la máxima quietud y concentración, quédate alerta, viendo en qué parte de tu cuerpo sientes los latidos cardíacos. Y allí donde los sientas (en último caso, en el contacto con el pulso), instálate tú en ese punto y quédate absorto, “escuchan­dolos latidos; sólo sentirlos, sin pensar; unos cinco minutos.

sábado, 5 de enero de 2013

Año Nuevo – Vida Nueva

Todo en el Universo se manifiesta, en su fluir y refluir, en ciclos naturales recurrentes. Nuestro planeta Tierra, cada trescientos sesenta y cinco días, en su rotación alrededor del Sol forma una elíptica maravillosa, que tiene cuatro puntos bien definidos: los solsticios y los equinoccios, que marcan el inicio de las cuatro estaciones del año. En los tiempos antiguos, la mayoría de los calendarios eran solares, basados en los ritmos naturales que rigen la vida de todos los seres que pueblan el planeta. Las culturas del hemisferio norte empezaban el año con el solsticio de invierno de esa latitud: el 22 de diciembre, mientras que las culturas ubicadas en el hemisferio sur comenzaban el año con el solsticio también de invierno, pero de esta latitud austral: el 21 de junio. La razón cardinal de este ordenamiento se basaba principalmente en una sabiduría integral, cósmico-esotérica de plena comprensión del equilibrio que existe entre lo espiritual y la mecánica celeste, centrando el comienzo del año nuevo en el nacimiento del Sol que se realiza en el solsticio de invierno, que es el punto de máximo alejamiento de la Tierra con respecto al Sol, empezando su acercamiento al iniciarse la primavera.

En lo cósmico es el inicio de otro ciclo natural de vida que florece con la primavera, da su fruto con el verano, decae en el otoño y se apaga en el invierno, para renacer en la próxima primavera. En lo espiritual simboliza el nacimiento del niño Sol, del Cristo Cósmico, el principio de vida que debe nacer en todo el universo, para dar vida con el florecimiento de la abundancia que es un don del creador, desarrollarse crecer y madurar para donar sus frutos en plenitud infinita a toda la creación, crucificarse por amor desinteresado, morir que es un proceso de transmutación para resucitar glorioso en un nuevo ciclo de manifestación de mayor elevación y perfección.

La mayoría de las grandes culturas antiguas tenían una mayor comprensión de la mecánica universal de vida, que es material, energética y espiritual al mismo tiempo, como una hermosa trilogía indivisible que respetaban profundamente y se guiaban por todos sus ciclos cósmicos y naturales que marcan los ritmos de la vida libre en su vibración, de la vida en sus ciclos de flujo y reflujo, de manifestación y de descanso, de evolución y de involución; ritmos totalmente perfectos que el hombre de estas épocas ya no conoce y que interfiere inconscientemente creando destrucción y muerte en la naturaleza.

En nuestro hemisferio austral el año nuevo debería empezar el 21 de junio, tal como los sabios y antiguos Tiawanacotas lo festejaban, con el nacimiento del Dios Sol, el hijo primogénito, con ceremonias propiciatorias, telúricas y cósmicas maravillosas empezando el año en común unión con el Padre Creador en adoración humilde, y en armonía perfecta con la Madre Naturaleza en sus sagrados ciclos de vida.

La fiesta de año nuevo debería ser una fiesta de profunda evaluación, reflexión y comprensión de todo lo vivido en el año que se va. Una fiesta del alma que en retrospección analiza sus aciertos y desaciertos, sus triunfos y derrotas, para, en serena lucidez, tomar conciencia de los aspectos que deben ser corregidos, los que deben ser eliminados y los que deben ser plenamente desarrollados, para renacer renovados y frescos en el año nuevo que empieza. Una fiesta del espíritu que se enriquece retroalimentándose así mismo con amor, sabiduría y felicidad para seguir en su crecimiento infinito hacia la luz del Padre, hacia el Amor del Hijo y el Poder del espíritu Santo.

Desde esta columna deseamos un feliz y próspero año nuevo a todos nuestros lectores y que la sabiduría que humildemente compartimos con ustedes a través de este portal sirva como una luz inagotable que pueda mostrarles el camino de su autorrealización íntima, con felicidad plena, y libertad verdadera.

¡Feliz Año Nuevo!

Como empezar un nuevo año

Llegamos al 2013, lo que implica que tendremos que tomar decisiones sobre cosas que haremos o dejaremos de hacer durante los próximos doce meses, las que en la mayoría de los casos no cumplimos.

Y es que tienes que hacer algo para darle "el vamos" a tu decisión, ya que comenzar siempre es lo más difícil. Una vez que das el primer paso todo te será más fácil para cumplir esas cosillas que te prometiste.

A continuación te damos algunas ideas simples para que empieces el año con el pie derecho y un ánimo renovado.

1. Un cambio de look

Si eres de esas personas que siempre están pensando en cambiar su corte o color de pelo, su forma de vestir o maquillar pero nunca llegas a concretarlo, el comienzo del año es la ocasión perfecta para ti.

Compra algunas prendas de ropa, que no sean como la que vistes siempre y hazte un corte de cabello (más que sólo las puntas), lo importante es que estés conforme con tu cambio para comenzar el 2013 con buenas vibras.

2. Participar de algún voluntariado

Ser voluntario de alguna organización benéfica o de ayuda a la comunidad puede cambiar radicalmente tu vida, de esta forma, puedes sentir que aportas tu granito de arena para mejorar el mundo; si no tienes mucho tiempo, entonces puedes considerar aportar económicamente con alguna organización que se dedique al cuidado de niños o ancianos. Y si no tienes dinero, pero sí mucha energía, puedes ayudar en la construcción de nuevas ideas.

3. Es hora de hacer una limpieza

Para comenzar el año de buena forma, bota todo aquello que te recuerda los malos momentos del año, por ejemplo una mala relación, un mal pasar económico o una mala experiencia en general.

Además, deshazte de todas esas prendas de ropa que no te gustan y definitivamente no piensas volver a usar, para hacerlo de buena manera puedes donar las cosas a quienes más lo necesitan.

4. Olvídate de ‘esa’ relación

Nadie debe llevar en su espalda el peso de una relación pasada, y en este sentido el 2013 puede ser un nuevo comienzo para ti, entonces borra los contactos de esa expareja que te molesta todo el tiempo y de esas amistades que en realidad no lo eran tanto.

5. Sé más amable contigo

Planea cuidarte más este año, darte más gustos y dedicar tiempo a lo que te gusta, ya sea relajarte en un baño de burbujas, salir a bailar o hacer algún deporte. Recuerda que el trabajo no lo es todo y no te exijas demasiado.

Es importante tomar decisiones inteligentes basadas en lo que tú deseas y no lo que otros esperan que hagas, eso te hará sentir más feliz y en plenitud.

“Cómo generar positividad y entusiasmo en cada uno de sus momentos presentes”

* Podría decirse que nuestra vida es una sucesión de momentos presentes en los cuales o somos felices o estamos negativos y nada más.

* Sé que esto es una simplificación deliberada; sin embargo, podemos aprender a configurar, modificar y experimentar un estado de ánimo mental que sea positivo, feliz y constructivo.

* Nuestra vida es una sucesión de momentos presentes que pueden ser felices o infelices de muchas maneras; la mayor parte de nuestros momentos presentes son negativos e infelices por la calidad de los pensamientos que pensamos que de muchas maneras suelen ser negativos.

* Los pensamientos negativos tienen que ver con los temores, con la ausencia de una filosofía de vida positiva, con personas que se resisten a la invitación de la vida respecto al hecho de vivir aprendiendo cada día algo valioso, algo importante; también los pensamientos tienen que ver con querer cambiar las cosas de manera negativa siendo que cuando así se hace, solo se llega a producir un gran desastre para el pensador que está queriendo crear de esta manera.

* Vemos este ejemplo a veces en nuestros hijos que se empeñan en cometer errores a pesar de las advertencias y de las peticiones para hacer las cosas correctas; ellos no se dan cuenta de que la sumatoria de los errores llega a producir un efecto especial conocido también como, metafóricamente hablando, “el momento en que la pita se rompe” y así se ven nuestros hijos enfrentados a la suma de sus errores y no les queda más remedio que tomar la decisión de aprender o de seguir mintiéndose a sí mismos.

* De una o de otra forma, lo que nos interesa es aprender a convertir muchos momentos presentes en momentos felices, en momentos positivos y en momentos veraces porque sólo la verdad libera y edifica de manera perdurable.

* Ahora vamos al método, comience por colocar recto su cuerpo, rote los hombros por favor y levante las cejas tres veces; ahora imagine que todo el aire se ha vuelto de color naranja y haga una gran inhalación profunda y luego exhale lentamente y a continuación diga en voz alta:” Este es mi momento presente y lo declaro puro, perfecto y feliz; estoy lleno de buena salud y de actitud positiva; todo está mejor que antes y eso también se aplica a mis hijos (en caso de tenerlos) por lo tanto, podré generar puntos de vista positivos que me permitan respirar profundo y con alivio y me permitan saber que la ley de atracción ha funcionado en el pasado, sigue funcionando en el presente y va a seguir funcionando en el futuro, por lo tanto me declaro un ser feliz, creativo y lleno de positividad; estoy en paz y sé que todo va a seguir mejorando en mi vida, en la vida de mi familia y en la vida de todos”.

* Con este pequeño ensayo ha podido darse cuenta de que su momento presente, de alguna manera se ha vuelto más positivo, más lleno de esperanza y de que tiene el poder de revisar todos sus momentos presentes y hacerles ciertos cambios para que sean más felices pues se trata de momentos que de alguna forma, son su propia vida; al aprender a revisar sus momentos presentes también puede revisar la polaridad de los pensamientos que piensa y la liberación que está emitiendo con su campo áurico que es el campo que activa su ley de atracción.

* Afirmación constructiva para escribir diez veces o más: “Me concentro en la abundancia de sensatez en mi vida”

Si desea tener una conversación con el autor solo llame a los teléfonos del encabezado (2488284 – 72513317).

Relajación - III


Y ahora, serenamente, cierra los ojos. Instálate todo tú en los ojos: son las estrellas de tu firmamento. Quieto, deja caer los párpados, siéntelos pesados. Lue­go, tranquilo y concentrado en tus ojos, suéltalos con cariño, aflójalos una y otra vez, y cada vez más. Percíbelos pesados, como si estuvieras en un profundo sueño.
            Finalmente, concéntrate en la nuca. Flexiona la ca­beza, primero hacia adelante, lo más adelante posible, sintiendo en este balanceo cómo se sueltan los múscu­los de la nuca. Hecho todo con cierta energía, pero con tranquilidad. Luego gira la cabeza de la derecha hacia la izquierda, y a la inversa, dejándola caer suavemente, en esa rotación, lo más cerca de los hombros. Alterna, finalmente, los movimientos laterales de la cabeza con los movimientos verticales. Siente cómo se sueltan los músculos del cuello y de los hombros.
            Y, para terminar, quédate quieto largos minutos, imaginando tu ser como un mar en calma. Sería mara­villoso que ahora te sintieras dentro de ti mismo, pasivo, quieto, como dormido, por unos minutos. Sería tam­bién estupendo que llegaras a sentir cómo las corrien­tes nerviosas o sanguíneas cruzan tu cuerpo en diferen­tes direcciones.
            Todo el ejercicio debe ser hecho tranquilamente, sin prisas, entre treinta y cincuenta minutos.

            Relajación mental. Es, con mucho, el ejercicio más sedan­te. Está descrito al principio de este capítulo con el título vacío mental.
            El arte de sentir. Este ejercicio es igualmente válido, tanto para la relajación como para la concentración. Ya hemos explicado largamente el fenómeno de la dispersión mental: el individuo, agredido por dentro y por fuera, acaba por disgregarse en medio de un desorden interior. Se siente desbordado por los nervios, e, igual que en la desintegración de un átomo, se produce en él una pérdida inútil de ener­gías; y, tarde o temprano, el hombre es visitado por la fatiga nerviosa.
            Hay que detenerse; dejar de pensar; dejar de inquie­tarse, y dedicarse al arte o deporte de sentir, simplemente percibir, no pensar. Los pensamientos dividen al hombre, quien acaba por sentirse desasosegado e in­feliz al encontrarse incapaz de poner orden en su tu­multo interior.
El día en que te encuentres en ese estado, deja todo a un lado y reserva un buen tiempo para dedicarte al deporte de sentir. Es una gimnasia psíquica que te de­volverá la serenidad y el dominio interior.

* * *

            Coloca delante de tus ojos una planta doméstica. Concéntrate en ella con calma y paz. Seguramente, ella te va a evocar recuerdos y pensamientos. Nada de pen­sar; simplemente mirarla, acariciarla con la mirada y sentirte acariciado por su verdor; mantenerte abierto a la planta, entregado a la sensación de sentir con tus ojos el agrado de su color, congratularte, teniendo la conciencia refleja de la sensación verde. Y todo esto sin ninguna ansiedad, con naturalidad.
            Ponte delante de un paisaje con la misma actitud; recíbelo todo en tu interior, con agrado, con gratitud; el silencio de una noche estrellada, el cielo azul, la va­riedad de las nubes, la frescura matinal, el rumor de la brisa, la ondulación de las colinas, la perspectiva de los horizontes, esa flor, aquella planta... Recíbelo todo par­te por parte, y no en tropel, en tu interior, con atención tranquila, pasiva, sin prisa alguna, sin esfuerzo, sin pensar en nada, agradecido, feliz.
            Ponte delante del mar; vacíate de todo recuerdo, imagen y pensamiento, y en tus horizontes interiores, casi infinitos, recibe el mar casi infinito: llénate de su inmensidad, siéntete profundo como el mar, azul como el mar. Siéntete admirado, descansado, vacío y lleno como el mar.

* * *

            Luego, cerrados los ojos, dedícate durante unos quince minutos a sentir todos los ruidos del mundo, sin esfuerzo ni reflexión. Capta receptivamente todos los ruidos, uno por uno, y suéltalos en seguida, sin que ninguno se te prenda: los ruidos lejanos, los próximos, los suaves, los fuertes, la flauta del mirlo, los gritos de los niños, los ladridos de los perros, el canto de los gallos, el tictac del reloj... Sentirlo todo con el alma abierta, placenteramente, tranquilamente, sin pensar quién emite el ruido, como un simple receptor.
            Si los ruidos son estridentes o desagradables, no los resistas, no te pongas a la defensiva; recíbelos cariñosa­mente, ámalos, déjalos entrar y acógelos con un espíritu agradecido, y verás que son tus amigos
            Pasa después al tacto. Deslígate de la vista y el oído, como si estuvieras ciego y sordo.
            Comienza a palpar suavemente, concentradamente, durante unos minutos, tus vestidos y otros objetos, sean suaves, ásperos, fríos o tibios. No pienses de qué objeto se trata; simplemente percibe la sensación. Hazlo concentrado, con agrado, sereno, vacío, receptivo, con la mente silenciada.
            Luego deslígate de todos los restantes sentidos y de­dícate a sentir los diferentes perfumes: de las plantas, de la flor, de los diversos objetos, detenidamente.
            Haz la misma cosa con el paladar; por ejemplo, per­cibir el “sabor” del agua pura.
            Todo esto tiene que hacerse sin esfuerzo, sin cris­parse.
            Hemos conseguido, con estos ejercicios, poner orden en el tumulto de la mente, controlar la actividad men­tal, es decir, centrar la atención en las direcciones de­seadas, y obtener alivio para el sistema nervioso. En efecto, aunque tan sólo hayas conseguido un pequeño resultado, verás cómo acabarás saboreando la plácida sensación de descanso.
            Has comenzado a salvarte a ti mismo. Si avanzas pa­cientemente por esta ruta, se esfumarán las angustias y te visitará la anhelada serenidad.