La mente de cada persona tiene un poder como el sol, emite energías en todas las direcciones. Sin embargo, para poder aprender y para hacer cualquier actividad con éxito y con excelencia, es necesario saber enfocar la mente en un solo punto, en un solo blanco y en una sola acción que podrá repetirse las veces que haga falta.
La relajación de las tensiones que hay en nuestros músculos y en nuestra mente es un elemento indispensable que coadyuva al proceso de enfocar el rayo de la atención de la mente, en un solo tema durante el tiempo que decidamos mantenernos en este estado de concentración y de enfoque mental.
Para aprender a concentrarnos en un solo tema, lo primero que debemos hacer es sentarnos, cerrar los ojos y proceder a realizar un ejercicio de relajación muscular, luego, para profundizar este estado de calma, realizar la respiración 2-8-4 (dos segundos-inhalación; ocho segundos retención; cuatro segundos exhalación lenta) y hacer sólo tres respiraciones de este tipo pues son muy potentes en su proceso de carga y recarga de energía vital.
Una vez que haya conseguido entrar en un estado corporal y mental más relajado, proceda a preguntarse: ¿Cuál es la idea en la cual quiero concentrarme?, luego vuelva a relajar los brazos, cierre los ojos y espere su respuesta, tómese unos instantes para ir captado o percibiendo los detalles o pormenores de las ideas que van llegando de su mente subconsciente, piense en esas ideas que está recibiendo de su mente profunda y anótelas si con eso las puede capturar.
Los beneficios que se obtiene del aprendizaje del método de la concentración mental son múltiples y variados, vamos a una lista descriptiva para que podamos formarnos una idea clara acerca de estos beneficios.
Se aprende a relajar los músculos estresados del cuerpo; se aprende a descansar la mente y a dejarla en estado de paz y quietud, eliminando toda sensación de nerviosismo o de inquietud; se aprende a elegir cualquier tema que se quiera desarrollar y profundizar y se lo puede hacer con una pasmosa facilidad. Cuando se tiene el entrenamiento adecuado, se obtiene un placer
enorme de poder vencer las distracciones que nos impiden concentrarnos en temas que a veces nos parecen difíciles o abrumadores; las personas que se han trancado con sus tesis, de pronto adquieren un método para volver a avanzar a pasos lentos, pero seguros hacia la conclusión victoriosa de su profesionalización.
Los estudiantes con problemas de atención dispersa encuentran placer en concentrarse, en aprender a tomar notas y al confeccionar sus propios mapas mentales cuando están en clases y aprenden a ser responsables con sus deberes escolares.
La práctica del poder de concentración nos permite ir dándole a nuestro cuerpo la relajación que tanta falta le hace para no entrar en estados de fatiga, agotamiento, estrés o abúlica apatía, y nos permite a su vez, tratar cualquier problema y concentrarnos en su análisis y en su respectiva solución.
Para activar el poder de la concentración hace falta producir una programación del subconsciente y esta programación solo se la puede hacer en estado profundo de relajación también conocido como estado de trance; cuando se hace así los resultados que se obtienen son sorprendentes.
*Afirmación: ”El carácter puede ser reprogramado”.
Pensamos
- Adicciones
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jueves, 6 de junio de 2013
LA NECESIDAD, JUNTO CON UNA AMP, PUEDE ESTIMULARLE A ALCANZAR EL ÉXITO
LA NECESIDAD, JUNTO CON UNA AMP, PUEDE ESTIMULARLE A ALCANZAR EL ÉXITO. Existe
una palabra que, si se utiliza con una AMP, puede inducir a una persona a alcanzar un honroso logro. Si
se utiliza con una AMN, se convierte en causante de mentiras, engaños y falsedades. La palabra es
necesidad.
La necesidad es la madre del ingenio y el padre del crimen.
Unas normas inviolables de integridad son fundamentales para alcanzar cualquier logro que merezca
la pena, y forman parte inherente de una AMP.
A lo largo de este libro, leerá usted muchas historias de éxito cuyos protagonistas se vieron
impulsados por la necesidad. Y, en todos los casos, observará que tales personas alcanzaron el éxito
sin transgredir ninguna norma inviolable de integridad. Lee Braxton es uno de estos hombres.
Lee Braxton, de Whiteville, Carolina del Norte, era hijo de un modesto herrero que apenas ganaba
para vivir. Era el décimo hijo de un familia de doce. «...Se puede decir, por tanto -señala el señor
Braxton-, que me familiaricé con la pobreza en una época muy temprana de mi vida. Gracias a mi
esfuerzo, conseguí superar el sexto año de estudios. Hice de limpiabotas, fui mozo de una tienda de
comestibles, vendí periódicos, trabajé en una fábrica de géneros de punto, fui lavacoches y ayudante de
mecánico.»
Al convertirse en mecánico, Lee pensó que había logrado sus máximas aspiraciones.
Tal vez aún no se hubiera producido en él un descontento inspirador. A su debido tiempo, contrajo matrimonio. Y, junto con su esposa, siguió viviendo en medio de la escasez. Estaba acostumbrado a la pobreza. Y ahora le pareció que le sería imposible romper los lazos que le mantenían atado, aunque le pagaban muy mal y apenas podía mantener a su familia. Los Braxton ya lo estaban pasando muy mal en su intento de seguir tirando cuando, para completar la sensación de derrota, él perdió el empleo. Estuvo a punto de perder la casa al no poder hacer frente a la hipoteca. La situación parecía desesperada. Pero Lee era un hombre de carácter. Era también un hombre religioso. Y creía que Dios es siempre un Dios bueno. Por consiguiente rezó, pidiendo su guía e inspiración. Como en respuesta a su plegaria, un amigo le proporcionó el libro Piense y hágase rico. Este amigo había perdido su empleo y su casa durante los días de la Depresión, y se había sentido estimulado a recuperar su fortuna tras haber leído Piense y hágase rico. Ahora Lee estaba preparado. Leyó el libro una y otra vez. Estaba buscando el éxito económico y se dijo a sí mismo. «Me parece que hay algo que tengo que hacer. He de añadir algo. Ningún libro lo hará por mí. Lo primero que debo hacer es desarrollar una Actitud Mental Positiva en relación con mis aptitudes y mis oportunidades. Tengo que elegir sin falta un objetivo concreto. Y, cuando lo haga, he de apuntar más alto de lo que jamás haya hecho en el pasado. Pero tengo que poner manos a la obra. Empezaré con el primer empleo que pueda encontrar». Buscó un trabajo y lo encontró. Al principio no era muy lucrativo. Sin embargo, pocos años después de haber leído Piense y hágase rico, Lee Braxton organizó y se convirtió en presidente del First National Bank de Whiteville, fue elegido alcalde de su ciudad y participó en muchos y muy buenos negocios. Y es que Lee había apuntado alto, mejor dicho, muy alto. Se había propuesto el objetivo de ser lo suficientemente rico como para poder retirarse a la edad de cincuenta años. Alcanzó su meta con seis años de adelanto: se retiró de los negocios activos con una considerable fortuna y unos magníficos ingresos propios a la edad de cuarenta y cuatro años. Hoy en día, Lee Braxton lleva una vida útil. Dedica todos sus esfuerzos a ayudar al pastor evangelista Oral Roberts en su ministerio. Ahora bien, los trabajos que hizo y las inversiones que efectuó para elevarse desde el fracaso hasta el éxito no tienen importancia aquí. Lo que nos importa es el hecho de que la necesidad induce a un hombre con AMP a actuar sin transgredir las normas consideradas como inviolables. Un hombre honrado no engañaría, estafaría o robaría a causa de la necesidad. La honradez es inherente a una AMP.
Tal vez aún no se hubiera producido en él un descontento inspirador. A su debido tiempo, contrajo matrimonio. Y, junto con su esposa, siguió viviendo en medio de la escasez. Estaba acostumbrado a la pobreza. Y ahora le pareció que le sería imposible romper los lazos que le mantenían atado, aunque le pagaban muy mal y apenas podía mantener a su familia. Los Braxton ya lo estaban pasando muy mal en su intento de seguir tirando cuando, para completar la sensación de derrota, él perdió el empleo. Estuvo a punto de perder la casa al no poder hacer frente a la hipoteca. La situación parecía desesperada. Pero Lee era un hombre de carácter. Era también un hombre religioso. Y creía que Dios es siempre un Dios bueno. Por consiguiente rezó, pidiendo su guía e inspiración. Como en respuesta a su plegaria, un amigo le proporcionó el libro Piense y hágase rico. Este amigo había perdido su empleo y su casa durante los días de la Depresión, y se había sentido estimulado a recuperar su fortuna tras haber leído Piense y hágase rico. Ahora Lee estaba preparado. Leyó el libro una y otra vez. Estaba buscando el éxito económico y se dijo a sí mismo. «Me parece que hay algo que tengo que hacer. He de añadir algo. Ningún libro lo hará por mí. Lo primero que debo hacer es desarrollar una Actitud Mental Positiva en relación con mis aptitudes y mis oportunidades. Tengo que elegir sin falta un objetivo concreto. Y, cuando lo haga, he de apuntar más alto de lo que jamás haya hecho en el pasado. Pero tengo que poner manos a la obra. Empezaré con el primer empleo que pueda encontrar». Buscó un trabajo y lo encontró. Al principio no era muy lucrativo. Sin embargo, pocos años después de haber leído Piense y hágase rico, Lee Braxton organizó y se convirtió en presidente del First National Bank de Whiteville, fue elegido alcalde de su ciudad y participó en muchos y muy buenos negocios. Y es que Lee había apuntado alto, mejor dicho, muy alto. Se había propuesto el objetivo de ser lo suficientemente rico como para poder retirarse a la edad de cincuenta años. Alcanzó su meta con seis años de adelanto: se retiró de los negocios activos con una considerable fortuna y unos magníficos ingresos propios a la edad de cuarenta y cuatro años. Hoy en día, Lee Braxton lleva una vida útil. Dedica todos sus esfuerzos a ayudar al pastor evangelista Oral Roberts en su ministerio. Ahora bien, los trabajos que hizo y las inversiones que efectuó para elevarse desde el fracaso hasta el éxito no tienen importancia aquí. Lo que nos importa es el hecho de que la necesidad induce a un hombre con AMP a actuar sin transgredir las normas consideradas como inviolables. Un hombre honrado no engañaría, estafaría o robaría a causa de la necesidad. La honradez es inherente a una AMP.
miércoles, 5 de junio de 2013
Hablándole a Dios
Cómo no voy a ser tu fan o tu hincha querido Dios? No solo por la grandiosidad que tú creaste en el universo que nos rodea, sino por las maravillas que has hecho conmigo desde el principio de mi vida.
Gracias, porque fui yo, el que logró penetrar en el óvulo de mi mamá, cuando en esa relación de amor, salí de mi papá entre varios millones de espermatozoides. Gracias por la calidad de óvulo que me diste. Gracias por la madre que me gestó y me parió. Una madre extraordinaria que, con tanto amor y abnegación, nos crió a los siete hijos. Esa misma madre me enseñó a conocerte a través de tu palabra, la Biblia, y del ejemplo de ella, en su relación de fe contigo. Esa fue la mejor herencia que me pudo dejar (Dr. José Callaú)
Gracias, porque fui yo, el que logró penetrar en el óvulo de mi mamá, cuando en esa relación de amor, salí de mi papá entre varios millones de espermatozoides. Gracias por la calidad de óvulo que me diste. Gracias por la madre que me gestó y me parió. Una madre extraordinaria que, con tanto amor y abnegación, nos crió a los siete hijos. Esa misma madre me enseñó a conocerte a través de tu palabra, la Biblia, y del ejemplo de ella, en su relación de fe contigo. Esa fue la mejor herencia que me pudo dejar (Dr. José Callaú)
Amiga, lo que no te mata te fortalece
e están pasando cosas terribles que no podés soportar, pensás que solo a vos te pasa lo peor, que tenés la suerte más infame del mundo, que todas tus amigas son felices menos vos y que tu vida es un verdadero desastre. Se te acabaron las lágrimas y te faltan fuerzas para respirar. Querés que algo cambie porque no das más… Pues prepárate, las cosas siempre pueden empeorar.
Un médico me dijo un día: “¿Pensás que esto es lo peor? No lo es, puede empeorar y nada cambiará si vos no cambiás”. El consejo caló hondo en mí. Nadie es responsable de lo que me pasa, solo yo misma. Soy una especie de resultado de las cosas que estuve haciendo estos últimos 47 años y si quiero resultados diferentes para el resto de mi vida, tengo que ponerme manos a la obra.
Recientemente encontré una lectura que me encantó y comparto con vos, para motivarte a cambiar cuando necesités: evalúa tus cualidades y valores para potenciarlos, acéptate a ti misma, evita las comparaciones, fíjate metas sencillas para comenzar a perseguir tus sueños, pensá siempre en positivo, reíte de vos misma y viví el presente. Pensar en el pasado nos genera culpa y angustiarnos constantemente por el futuro aumenta nuestra sensación de incapacidad. Nadie es perfecto y siempre habrá problemas, pero podemos decidir ponerle encanto a nuestras vidas.
Un médico me dijo un día: “¿Pensás que esto es lo peor? No lo es, puede empeorar y nada cambiará si vos no cambiás”. El consejo caló hondo en mí. Nadie es responsable de lo que me pasa, solo yo misma. Soy una especie de resultado de las cosas que estuve haciendo estos últimos 47 años y si quiero resultados diferentes para el resto de mi vida, tengo que ponerme manos a la obra.
Recientemente encontré una lectura que me encantó y comparto con vos, para motivarte a cambiar cuando necesités: evalúa tus cualidades y valores para potenciarlos, acéptate a ti misma, evita las comparaciones, fíjate metas sencillas para comenzar a perseguir tus sueños, pensá siempre en positivo, reíte de vos misma y viví el presente. Pensar en el pasado nos genera culpa y angustiarnos constantemente por el futuro aumenta nuestra sensación de incapacidad. Nadie es perfecto y siempre habrá problemas, pero podemos decidir ponerle encanto a nuestras vidas.
LAS ANCAS DE RANA LE ENSEÑARON LA LÓGICA
LAS ANCAS DE RANA LE ENSEÑARON LA LÓGICA. Tal
como hemos visto, el estudiante llegó a dos conclusiones enteramente distintas. Cada una de ellas se basaba en una premisa
distinta. Las telarañas
impiden la exactitud de pensamiento e inducen a llegar a una conclusión errónea cuando se parte de una premisa falsa. W. Clement Stone tuvo a este respecto una divertida experiencia que describe de la manera siguiente:
impiden la exactitud de pensamiento e inducen a llegar a una conclusión errónea cuando se parte de una premisa falsa. W. Clement Stone tuvo a este respecto una divertida experiencia que describe de la manera siguiente:
En mi infancia me gustaba comer ancas de rana.
Un día, en un restaurante, me sirvieron unas ancas de rana enormes y no me gustaron. Inmediatamente llegué a la conclusión de que
no me gustaban las ancas de rana de gran tamaño.
Algunos años más tarde acudí a un lujoso
restaurante de Louisville, Kentucky, y vi que en el menú figuraban ancas de rana. Mantuve con el camarero la siguiente conversación:
«¿Son pequeñas estas ancas de rana?» « ¡Sí,
señor! »
«¿Está seguro? Las grandes no me gustan. «¡Sí,
señor!»
«Si son pequeñas, las tomaré.» «¡Sí, señor!»
Cuando regresó el camarero con el plato, vi
que eran unas ancas de rana muy grandes. Me irrité y dije: «¡Estas ancas de rana no son pequeñas!».
«Son las más pequeñas que hemos podido
encontrar, señor», me contestó el camarero.
Para no desairarle, me comí las ancas de rana.
Y me gustaron tanto que pensé que ojalá hubieran sido más grandes.
Aprendí una lección de lógica.
Al analizar la cuestión, comprendí que mis
conclusiones sobre las ancas de rana grandes o pequeñas se habían basado en una premisa equivocada. No era el tamaño de las ancas de
rana lo que las hacía desagradables. Lo que ocurría era que las enormes ancas de rana que había
comido la primera vez no eran frescas. Y yo había asociado mi desagrado hacia las ancas de rana grandes
con el tamaño y no ya con su mal estado
Vemos por tanto que las telarañas mentales Impiden una exactitud de pensamiento cuando partimos
de una premisa equivocada. Y, de este modo, muchas personas no piensan con exactitud cuando
permiten que ciertos símbolos verbales de carácter general confundan su mente con premisas
equivocadas. Palabras o expresiones tales como "siempre, sólo, nunca, nada, todos, todo el mundo,
nadie, no se puede, imposible, o esto... o aquello", son muy a menudo premisas equivocadas. Por
consiguiente, cuando se las utiliza de esta manera, sus conclusiones lógicas son falsas.
martes, 4 de junio de 2013
EMPECEMOS CON UNA COINCIDENCIA DE LAS MENTES
EMPECEMOS CON UNA COINCIDENCIA DE LAS MENTES. Afortunadamente, el doctor Fosdick era un
experto en el campo de la semántica. Sabía por su dilatada experiencia que jamás podía establecer una auténtica
comunicación con otra persona a no ser que comprendiera exactamente qué quería decir aquella persona con las
palabras que estaba empleando. Sabía también que era necesario que la otra persona le comprendiera a él. Por
consiguiente, en lugar de ofenderse con la descarada afirmación del estudiante, el doctor Fosdick le expresó un
sincero y amistoso interés y después le rogó «Por favor, descríbame el Dios en el que no cree.» El joven tuvo que
reflexionar, tal como le ocurre a cualquier persona a la que se dirige una pregunta que no provoca automáticamente
una respuesta afirmativa o negativa.
El doctor Fosdick sabía que una pregunta atinada sería capaz de eliminar de la mente del joven las resistentes telarañas de pensamiento negativo. Al cabo de un rato, el estudiante empezó a tratar de describir al Dios en el que no creía. Al hacerlo así, le facilitó al clérigo una clara imagen del Dios que rechazaba. «Bueno -dijo el doctor Fosdick una vez el alumno hubo terminado-, si ése es el Dios en el que usted no cree, yo tampoco creo en él. Por consiguiente, ambos somos ateos. No obstante -añadió-, seguimos teniendo el universo en nuestras manos. ¿Qué piensa usted de... su formación, su significado?»
Antes de despedirse del doctor Fosdick, el joven había descubierto que no era ateo en absoluto sino que, por el
contrario, era un magnífico teísta. Creía en Dios.El doctor Fosdick sabía que una pregunta atinada sería capaz de eliminar de la mente del joven las resistentes telarañas de pensamiento negativo. Al cabo de un rato, el estudiante empezó a tratar de describir al Dios en el que no creía. Al hacerlo así, le facilitó al clérigo una clara imagen del Dios que rechazaba. «Bueno -dijo el doctor Fosdick una vez el alumno hubo terminado-, si ése es el Dios en el que usted no cree, yo tampoco creo en él. Por consiguiente, ambos somos ateos. No obstante -añadió-, seguimos teniendo el universo en nuestras manos. ¿Qué piensa usted de... su formación, su significado?»
Ahora bien, el doctor Fosdick no se había arredrado ante el uso impreciso de una palabra. En este caso, contribuyó a eliminar las telarañas mentales del joven, haciéndole preguntas. Una respuesta clara y sencilla a la pregunta relativa a aquello en lo que el joven no creía fue suficiente para que se produjera una coincidencia de sus mentes. La segunda pregunta encauzó los pensamientos del joven hacia los canales adecuados y dio al doctor Fosdick la oportunidad de explicar lo que él entendía por Dios universal.
domingo, 2 de junio de 2013
El dolor de los demás
Hay algo de irreal, de distópico, en las escenas que ocurren en una sala de emergencias. Nadie quiere ir a parar a esa sala, sobre todo si estás en un país ajeno y explicar la especificidad de tu dolencia en un idioma extranjero constituye, si no un obstáculo real, un desafío inoportuno.
Mi madre y mi tía estaban de visita y nuestra cocina parecía una feria gastronómica. Cuando uno vive lejos, los sabores patrios se cargan de una afectividad extra. El locro no es locro, sino el caldo espeso del amor y la infancia; el masaco no es masaco, sino la nostalgia amasada, triturada, molida en el tacucingo que, humilde y calladito, viajó miles de kilómetros. En fin, esas semanas de visita comíamos al borde peligroso de la gula. Y la gula le pasó factura a la salud de mi madre. Tuvimos, pues, que acudir al famoso y justificadamente temido ER.
Nos registraron en la lista de espera y, luego de una valoración inicial a cargo de un médico idéntico a Will Smith en El príncipe del rap –misma hiperkinesis, misma sonrisa y buena onda-, nos dispusimos a aguardar nuestro turno en las butacas eternas de la sala de espera. La palabra ‘paciente’ recuperaba su verdadera etimología a medida que las horas pasaban. El diccionario dice que esta palabra viene del latín ‘patiens’ que significa ‘sufrido’, así en participio, en situación pasiva, expectante y resignada. En fin…
En algún momento, lamenté no haber llevado un libro que hiciera más llevadero el elástico infinito del tiempo, mientras mi madre, ahora más tranquila, especulaba con mi tía sobre los posibles diagnósticos que los doctores gringos irían a anunciarle a ella, y a los que como ella estaban allí traicionados por sus cuerpos. Justamente, obligada a encontrar en el entorno inmediato un elemento de distracción, comencé yo también a inferir de qué se trataba el dolor de los demás.
Pacientes y familiares, al fin y al cabo allí, entre todos constituíamos la sumatoria de cuerpos vulnerables, cuerpos necesitados de la piedad del Estado. Nuestros nombres o procedencias se subordinaban a la realidad concreta y democrática de la enfermedad o el accidente. Pensé en mi hermano que está haciendo sus prácticas en un hospital público y comprendí las connotaciones de lo que mis padres me cuentan de él: “ha madurado, vieras cómo”. Y es que si mirás con sincera atención y empatía el dolor de los demás, de algún modo se vuelve también tu dolor.
Un hombre, seguramente un veterano de alguna de las últimas guerras, lloraba sin recatos en su silla de ruedas. Sus sollozos hacían que las prótesis metálicas que sustituían sus canillas chocaran produciendo un tin-tin discreto y, sin embargo, estremecedor. Su mujer le ofreció una sábana, no supimos si para abrigarlo del frío aséptico o para cubrir sus prótesis de la curiosidad incómoda de una niñita rubia de unos cinco años que acompañaba a un gigante postrado en la última fila.
Al rato llegó a la sala un tipo joven -veinticinco o treinta años-, un ‘redneck’, pensé, dejándome llevar por la salida fácil del prejuicio. Traía, en efecto, el aspecto de un sureño sucio, la nuca colorada, el pelo desteñido de tanto trabajar bajo el Sol. El sujeto se retorcía en su silla, presa de terribles espasmos musculares. Drogas, Párkinson, algo neurológico que le quitaba la juventud a dentelladas lo convertía en esa especie de criatura impúdicamente poseída. Nadie acompañaba a ese ser convulso, que a pesar de todo había tenido la lucidez suficiente para buscar una sala de emergencias. A mi tía se le partió el corazón de pena y me pidió que le enseñara básicamente cómo se preguntaba en inglés: “¿quéres que te alcance una sábana?” (a esas alturas, pacientes y familiares estábamos ensabanados como una horda de fantasmas para tolerar las bajísimas temperaturas del aire acondicionado).
Iríamos –los sanos- por la sexta tacita de café de máquina, cuando el gigante apoltronado en una de las últimas butacas pegó un grito brutal. Quizás atravesaba una apendicitis, cómo saberlo. Lo cierto es que la niñita rubia que lo acompañaba –su hija, supusimos- se quitó de inmediato la chamarrita que la cubría. No, no era abrigar a su padre lo que intentaba, sino dejar al descubierto una polera expresamente grabada para este tipo de ocasiones. Traduciendo: “Me llamo Amber Jonas y mi padre está en el pabellón C”. Cuando se llevaron al gigante hacia lo que vislumbramos eran las entrañas platinadas de la clínica, una voluntaria de la universidad a la que está vinculado ese hospital se hizo cargo de la niña. Entonces supimos que no era la primera vez que padre e hija caían en el ER ante la avanzada cruel de un cáncer de riñón. Aquel Or-Grund era el único pariente de la choquita y le había hecho imprimir esa polera por si él caía en la inconsciencia en lugares menos seguros que un ER.
Cuando casi despuntaba el nuevo Sol por fin nos llamaron. El despliegue de la tecnología médica me hizo pensar en terminales espaciales y en el Dr. House, pero esas impresiones y esa experiencia van para otra crónica. Lo importante es que a partir de aquella larga noche en el ER el viaje de mi madre y mi tía cobró un nuevo tono y una distinta intensidad. Se convirtió, quizás, en el verdadero viaje. Nuestra travesía por los pueblitos del sur, la contemplación del oleaje hipnótico del mar, la sensación de intemporalidad por las aceitadas carreteras y la feliz asfixia ante el verde conmovedor de las colinas de robles ahora coexistían con la imagen de los enfermos, de los “padecientes”, de los pobres y solitarios de Estados Unidos que esa noche se habían dado cita en el ER para recordarnos el lado frágil y desesperado del país que ahora me acoge
Giovanna Rivero
La autora. Escritora cruceña que actualmente radica en Estados Unidos. Sus relatos forman parte de importantes antologías nacionales e internacionales. Obtuvo el Premio de Cuento Franz Tamayo en 2005 y la beca Fulbright en 2006
Mi madre y mi tía estaban de visita y nuestra cocina parecía una feria gastronómica. Cuando uno vive lejos, los sabores patrios se cargan de una afectividad extra. El locro no es locro, sino el caldo espeso del amor y la infancia; el masaco no es masaco, sino la nostalgia amasada, triturada, molida en el tacucingo que, humilde y calladito, viajó miles de kilómetros. En fin, esas semanas de visita comíamos al borde peligroso de la gula. Y la gula le pasó factura a la salud de mi madre. Tuvimos, pues, que acudir al famoso y justificadamente temido ER.
Nos registraron en la lista de espera y, luego de una valoración inicial a cargo de un médico idéntico a Will Smith en El príncipe del rap –misma hiperkinesis, misma sonrisa y buena onda-, nos dispusimos a aguardar nuestro turno en las butacas eternas de la sala de espera. La palabra ‘paciente’ recuperaba su verdadera etimología a medida que las horas pasaban. El diccionario dice que esta palabra viene del latín ‘patiens’ que significa ‘sufrido’, así en participio, en situación pasiva, expectante y resignada. En fin…
En algún momento, lamenté no haber llevado un libro que hiciera más llevadero el elástico infinito del tiempo, mientras mi madre, ahora más tranquila, especulaba con mi tía sobre los posibles diagnósticos que los doctores gringos irían a anunciarle a ella, y a los que como ella estaban allí traicionados por sus cuerpos. Justamente, obligada a encontrar en el entorno inmediato un elemento de distracción, comencé yo también a inferir de qué se trataba el dolor de los demás.
Pacientes y familiares, al fin y al cabo allí, entre todos constituíamos la sumatoria de cuerpos vulnerables, cuerpos necesitados de la piedad del Estado. Nuestros nombres o procedencias se subordinaban a la realidad concreta y democrática de la enfermedad o el accidente. Pensé en mi hermano que está haciendo sus prácticas en un hospital público y comprendí las connotaciones de lo que mis padres me cuentan de él: “ha madurado, vieras cómo”. Y es que si mirás con sincera atención y empatía el dolor de los demás, de algún modo se vuelve también tu dolor.
Un hombre, seguramente un veterano de alguna de las últimas guerras, lloraba sin recatos en su silla de ruedas. Sus sollozos hacían que las prótesis metálicas que sustituían sus canillas chocaran produciendo un tin-tin discreto y, sin embargo, estremecedor. Su mujer le ofreció una sábana, no supimos si para abrigarlo del frío aséptico o para cubrir sus prótesis de la curiosidad incómoda de una niñita rubia de unos cinco años que acompañaba a un gigante postrado en la última fila.
Al rato llegó a la sala un tipo joven -veinticinco o treinta años-, un ‘redneck’, pensé, dejándome llevar por la salida fácil del prejuicio. Traía, en efecto, el aspecto de un sureño sucio, la nuca colorada, el pelo desteñido de tanto trabajar bajo el Sol. El sujeto se retorcía en su silla, presa de terribles espasmos musculares. Drogas, Párkinson, algo neurológico que le quitaba la juventud a dentelladas lo convertía en esa especie de criatura impúdicamente poseída. Nadie acompañaba a ese ser convulso, que a pesar de todo había tenido la lucidez suficiente para buscar una sala de emergencias. A mi tía se le partió el corazón de pena y me pidió que le enseñara básicamente cómo se preguntaba en inglés: “¿quéres que te alcance una sábana?” (a esas alturas, pacientes y familiares estábamos ensabanados como una horda de fantasmas para tolerar las bajísimas temperaturas del aire acondicionado).
Iríamos –los sanos- por la sexta tacita de café de máquina, cuando el gigante apoltronado en una de las últimas butacas pegó un grito brutal. Quizás atravesaba una apendicitis, cómo saberlo. Lo cierto es que la niñita rubia que lo acompañaba –su hija, supusimos- se quitó de inmediato la chamarrita que la cubría. No, no era abrigar a su padre lo que intentaba, sino dejar al descubierto una polera expresamente grabada para este tipo de ocasiones. Traduciendo: “Me llamo Amber Jonas y mi padre está en el pabellón C”. Cuando se llevaron al gigante hacia lo que vislumbramos eran las entrañas platinadas de la clínica, una voluntaria de la universidad a la que está vinculado ese hospital se hizo cargo de la niña. Entonces supimos que no era la primera vez que padre e hija caían en el ER ante la avanzada cruel de un cáncer de riñón. Aquel Or-Grund era el único pariente de la choquita y le había hecho imprimir esa polera por si él caía en la inconsciencia en lugares menos seguros que un ER.
Cuando casi despuntaba el nuevo Sol por fin nos llamaron. El despliegue de la tecnología médica me hizo pensar en terminales espaciales y en el Dr. House, pero esas impresiones y esa experiencia van para otra crónica. Lo importante es que a partir de aquella larga noche en el ER el viaje de mi madre y mi tía cobró un nuevo tono y una distinta intensidad. Se convirtió, quizás, en el verdadero viaje. Nuestra travesía por los pueblitos del sur, la contemplación del oleaje hipnótico del mar, la sensación de intemporalidad por las aceitadas carreteras y la feliz asfixia ante el verde conmovedor de las colinas de robles ahora coexistían con la imagen de los enfermos, de los “padecientes”, de los pobres y solitarios de Estados Unidos que esa noche se habían dado cita en el ER para recordarnos el lado frágil y desesperado del país que ahora me acoge
Giovanna Rivero
La autora. Escritora cruceña que actualmente radica en Estados Unidos. Sus relatos forman parte de importantes antologías nacionales e internacionales. Obtuvo el Premio de Cuento Franz Tamayo en 2005 y la beca Fulbright en 2006
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