miércoles, 5 de junio de 2013

LAS ANCAS DE RANA LE ENSEÑARON LA LÓGICA

LAS ANCAS DE RANA LE ENSEÑARON LA LÓGICA. Tal como hemos visto, el estudiante llegó a dos conclusiones enteramente distintas. Cada una de ellas se basaba en una premisa distinta. Las telarañas
impiden la exactitud de pensamiento e inducen a llegar a una conclusión errónea cuando se parte de una premisa falsa. W. Clement Stone tuvo a este respecto una divertida experiencia que describe de la manera siguiente:
En mi infancia me gustaba comer ancas de rana. Un día, en un restaurante, me sirvieron unas ancas de rana enormes y no me gustaron. Inmediatamente llegué a la conclusión de que no me gustaban las ancas de rana de gran tamaño.
Algunos años más tarde acudí a un lujoso restaurante de Louisville, Kentucky, y vi que en el menú figuraban ancas de rana. Mantuve con el camarero la siguiente conversación:
«¿Son pequeñas estas ancas de rana?» « ¡Sí, señor! »
«¿Está seguro? Las grandes no me gustan. «¡Sí, señor!»
«Si son pequeñas, las tomaré.» «¡Sí, señor!»
Cuando regresó el camarero con el plato, vi que eran unas ancas de rana muy grandes. Me irrité y dije: «¡Estas ancas de rana no son pequeñas!».
«Son las más pequeñas que hemos podido encontrar, señor», me contestó el camarero.
Para no desairarle, me comí las ancas de rana. Y me gustaron tanto que pensé que ojalá hubieran sido más grandes.
Aprendí una lección de lógica.
Al analizar la cuestión, comprendí que mis conclusiones sobre las ancas de rana grandes o pequeñas se habían basado en una premisa equivocada. No era el tamaño de las ancas de rana lo que las hacía desagradables. Lo que ocurría era que las enormes ancas de rana que había comido la primera vez no eran frescas. Y yo había asociado mi desagrado hacia las ancas de rana grandes con el tamaño y no ya con su mal estado
Vemos por tanto que las telarañas mentales Impiden una exactitud de pensamiento cuando partimos de una premisa equivocada. Y, de este modo, muchas personas no piensan con exactitud cuando permiten que ciertos símbolos verbales de carácter general confundan su mente con premisas equivocadas. Palabras o expresiones tales como "siempre, sólo, nunca, nada, todos, todo el mundo, nadie, no se puede, imposible, o esto... o aquello", son muy a menudo premisas equivocadas. Por consiguiente, cuando se las utiliza de esta manera, sus conclusiones lógicas son falsas.

martes, 4 de junio de 2013

EMPECEMOS CON UNA COINCIDENCIA DE LAS MENTES

EMPECEMOS CON UNA COINCIDENCIA DE LAS MENTES. Afortunadamente, el doctor Fosdick era un experto en el campo de la semántica. Sabía por su dilatada experiencia que jamás podía establecer una auténtica comunicación con otra persona a no ser que comprendiera exactamente qué quería decir aquella persona con las palabras que estaba empleando. Sabía también que era necesario que la otra persona le comprendiera a él. Por consiguiente, en lugar de ofenderse con la descarada afirmación del estudiante, el doctor Fosdick le expresó un sincero y amistoso interés y después le rogó «Por favor, descríbame el Dios en el que no cree.» El joven tuvo que reflexionar, tal como le ocurre a cualquier persona a la que se dirige una pregunta que no provoca automáticamente una respuesta afirmativa o negativa.
El doctor Fosdick sabía que una pregunta atinada sería capaz de eliminar de la mente del joven las resistentes telarañas de pensamiento negativo. Al cabo de un rato, el estudiante empezó a tratar de describir al Dios en el que no creía. Al hacerlo así, le facilitó al clérigo una clara imagen del Dios que rechazaba. «Bueno -dijo el doctor Fosdick una vez el alumno hubo terminado-, si ése es el Dios en el que usted no cree, yo tampoco creo en él. Por consiguiente, ambos somos ateos. No obstante -añadió-, seguimos teniendo el universo en nuestras manos. ¿Qué piensa usted de... su formación, su significado?»
Antes de despedirse del doctor Fosdick, el joven había descubierto que no era ateo en absoluto sino que, por el contrario, era un magnífico teísta. Creía en Dios.
Ahora bien, el doctor Fosdick no se había arredrado ante el uso impreciso de una palabra. En este caso, contribuyó a eliminar las telarañas mentales del joven, haciéndole preguntas. Una respuesta clara y sencilla a la pregunta relativa a aquello en lo que el joven no creía fue suficiente para que se produjera una coincidencia de sus mentes. La segunda pregunta encauzó los pensamientos del joven hacia los canales adecuados y dio al doctor Fosdick la oportunidad de explicar lo que él entendía por Dios universal.

domingo, 2 de junio de 2013

El dolor de los demás

Hay algo de irreal, de distópico, en las escenas que ocurren en una sala de emergencias. Nadie quiere ir a parar a esa sala, sobre todo si estás en un país ajeno y explicar la especificidad de tu dolencia en un idioma extranjero constituye, si no un obstáculo real, un desafío inoportuno.

Mi madre y mi tía estaban de visita y nuestra cocina parecía una feria gastronómica. Cuando uno vive lejos, los sabores patrios se cargan de una afectividad extra. El locro no es locro, sino el caldo espeso del amor y la infancia; el masaco no es masaco, sino la nostalgia amasada, triturada, molida en el tacucingo que, humilde y calladito, viajó miles de kilómetros. En fin, esas semanas de visita comíamos al borde peligroso de la gula. Y la gula le pasó factura a la salud de mi madre. Tuvimos, pues, que acudir al famoso y justificadamente temido ER.

Nos registraron en la lista de espera y, luego de una valoración inicial a cargo de un médico idéntico a Will Smith en El príncipe del rap –misma hiperkinesis, misma sonrisa y buena onda-, nos dispusimos a aguardar nuestro turno en las butacas eternas de la sala de espera. La palabra ‘paciente’ recuperaba su verdadera etimología a medida que las horas pasaban. El diccionario dice que esta palabra viene del latín ‘patiens’ que significa ‘sufrido’, así en participio, en situación pasiva, expectante y resignada. En fin…

En algún momento, lamenté no haber llevado un libro que hiciera más llevadero el elástico infinito del tiempo, mientras mi madre, ahora más tranquila, especulaba con mi tía sobre los posibles diagnósticos que los doctores gringos irían a anunciarle a ella, y a los que como ella estaban allí traicionados por sus cuerpos. Justamente, obligada a encontrar en el entorno inmediato un elemento de distracción, comencé yo también a inferir de qué se trataba el dolor de los demás.

Pacientes y familiares, al fin y al cabo allí, entre todos constituíamos la sumatoria de cuerpos vulnerables, cuerpos necesitados de la piedad del Estado. Nuestros nombres o procedencias se subordinaban a la realidad concreta y democrática de la enfermedad o el accidente. Pensé en mi hermano que está haciendo sus prácticas en un hospital público y comprendí las connotaciones de lo que mis padres me cuentan de él: “ha madurado, vieras cómo”. Y es que si mirás con sincera atención y empatía el dolor de los demás, de algún modo se vuelve también tu dolor.

Un hombre, seguramente un veterano de alguna de las últimas guerras, lloraba sin recatos en su silla de ruedas. Sus sollozos hacían que las prótesis metálicas que sustituían sus canillas chocaran produciendo un tin-tin discreto y, sin embargo, estremecedor. Su mujer le ofreció una sábana, no supimos si para abrigarlo del frío aséptico o para cubrir sus prótesis de la curiosidad incómoda de una niñita rubia de unos cinco años que acompañaba a un gigante postrado en la última fila.

Al rato llegó a la sala un tipo joven -veinticinco o treinta años-, un ‘redneck’, pensé, dejándome llevar por la salida fácil del prejuicio. Traía, en efecto, el aspecto de un sureño sucio, la nuca colorada, el pelo desteñido de tanto trabajar bajo el Sol. El sujeto se retorcía en su silla, presa de terribles espasmos musculares. Drogas, Párkinson, algo neurológico que le quitaba la juventud a dentelladas lo convertía en esa especie de criatura impúdicamente poseída. Nadie acompañaba a ese ser convulso, que a pesar de todo había tenido la lucidez suficiente para buscar una sala de emergencias. A mi tía se le partió el corazón de pena y me pidió que le enseñara básicamente cómo se preguntaba en inglés: “¿quéres que te alcance una sábana?” (a esas alturas, pacientes y familiares estábamos ensabanados como una horda de fantasmas para tolerar las bajísimas temperaturas del aire acondicionado).

Iríamos –los sanos- por la sexta tacita de café de máquina, cuando el gigante apoltronado en una de las últimas butacas pegó un grito brutal. Quizás atravesaba una apendicitis, cómo saberlo. Lo cierto es que la niñita rubia que lo acompañaba –su hija, supusimos- se quitó de inmediato la chamarrita que la cubría. No, no era abrigar a su padre lo que intentaba, sino dejar al descubierto una polera expresamente grabada para este tipo de ocasiones. Traduciendo: “Me llamo Amber Jonas y mi padre está en el pabellón C”. Cuando se llevaron al gigante hacia lo que vislumbramos eran las entrañas platinadas de la clínica, una voluntaria de la universidad a la que está vinculado ese hospital se hizo cargo de la niña. Entonces supimos que no era la primera vez que padre e hija caían en el ER ante la avanzada cruel de un cáncer de riñón. Aquel Or-Grund era el único pariente de la choquita y le había hecho imprimir esa polera por si él caía en la inconsciencia en lugares menos seguros que un ER.

Cuando casi despuntaba el nuevo Sol por fin nos llamaron. El despliegue de la tecnología médica me hizo pensar en terminales espaciales y en el Dr. House, pero esas impresiones y esa experiencia van para otra crónica. Lo importante es que a partir de aquella larga noche en el ER el viaje de mi madre y mi tía cobró un nuevo tono y una distinta intensidad. Se convirtió, quizás, en el verdadero viaje. Nuestra travesía por los pueblitos del sur, la contemplación del oleaje hipnótico del mar, la sensación de intemporalidad por las aceitadas carreteras y la feliz asfixia ante el verde conmovedor de las colinas de robles ahora coexistían con la imagen de los enfermos, de los “padecientes”, de los pobres y solitarios de Estados Unidos que esa noche se habían dado cita en el ER para recordarnos el lado frágil y desesperado del país que ahora me acoge



Giovanna Rivero
La autora. Escritora cruceña que actualmente radica en Estados Unidos. Sus relatos forman parte de importantes antologías nacionales e internacionales. Obtuvo el Premio de Cuento Franz Tamayo en 2005 y la beca Fulbright en 2006

Suicidio: Ni tabú ni primera página

Una norma no escrita hizo que, durante mucho tiempo, el suicidio no apareciera en las informaciones. El miedo a un efecto contagio llevó a los medios de comunicación a evitar informar sobre casos de suicidio; y quienes informaban de ellos, lo hacían de tal manera que, sólo entre líneas, se podía leer que la persona en cuestión se había quitado la vida.

Algunos expertos en psiquiatría advierten de que se corre un importante riesgo de que se produzca una "inducción al suicidio" con la proliferación de noticias sobre casos de personas que se quitan la vida por problemas relacionados con la actual crisis, como en los casos de desahucio. Algunos de estos psiquiatras comentan que no se puede transmitir la imagen de una España con elevadas tasas de suicidios, cuando se encuentran entre las más bajas de Europa.

Si un desahucio es noticia, ¿lo es más si lleva aparejado un suicidio? Los medios no pueden –ni deben- ocultar la realidad a la sociedad. Entre lo que pasa está el suicidio de una persona que es desalojada de su casa. Hablamos de informar, no de "hacer sangre", no de aumentar la herida, sino de tratar de evitar nuevos casos de suicidio.

Otro caso que puede acabar en suicidio es el del acoso escolar. A finales de 2012 se conocía el suicidio de una adolescente que sufría acoso por algunos de sus compañeros, según denunció su familia. No ha sido el primer caso. Si el suicidio de un adulto es delicado, el de un menor lo es aún más. Pero fue noticia de gran repercusión en los medios escritos, audiovisuales y digitales.

En casos como éste, la información debería centrarse en los problemas que afectan a los escolares, en las razones (si es que se pueden llamar así), que llevan a un grupo de alumnos a arremeter contra un compañero suyo. Enfocar la información desde un punto de vista pedagógico, tratando de quitar a los acosadores esas ideas que les llevan a machacar al del pupitre de al lado. Esta sería la mejor forma de hacer llegar estas informaciones a la sociedad, especialmente a padres y profesorado. El objetivo: evitar nuevos casos.

Hay otra pregunta importante a la hora del tratamiento de los sucesos en los medios: ¿por qué un suicidio no hay que publicarlo porque puede ser imitado, y sí se puede informar sin problemas y con todo lujo de detalles sobre una matanza como las ocurridas en centros escolares y universitarios de Estados Unidos, con cientos de muertos y, en ocasiones, el suicidio del o los asaltantes; o los casos de violencia de género? ¿Estos sucesos no son imitables al verlos en los medios?

Hay que informar de estos tipos de sucesos evitando lo escabroso, lo amarillo, lo que pueda llevar a otros a hacer lo mismo, lo que afecte al entorno de los protagonistas de un suicidio o de una matanza.

La información sobre un suicidio publicada de forma correcta, sería, siguiendo los cánones del periodismo, puede ser un ejemplo para evitar que otras personas acaben con sus vidas y para hacer visible un grave problema de nuestra sociedad.

El tratamiento del suicidio en los medios de comunicación llevó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a publicar unas recomendaciones sobre cómo se debe tratar este tema en la prensa. En estas recomendaciones, la OMS señala que "los medios de comunicación también pueden jugar un rol activo en la prevención del suicidio". Entre las recomendaciones que la OMS da a los medios de comunicación destacan interpretar de forma cuidadosa y correcta las estadísticas sobre suicidios, usar fuentes auténticas y confiables, evitar el sensacionalismo y descripciones detalladas del método usado. Recomiendan no informar acerca del suicidio como algo inexplicable o simplista. Es útil reconocer que una variedad de factores contribuyen al suicidio, sin describirlo como un método para enfrentar problemas personales.

Los medios de comunicación tienen la responsabilidad de tratar el tema del suicidio para crear debate y conciencia, y evitar así nuevos casos.

Sentimientos que dañan el alma

Los sentimientos negativos funcionan como un termómetro, nos indican que algo no va bien y se manifiestan en forma de malestar. Pero tienen su parte positiva: educan, permiten evolucionar y generan aprendizaje. Si no sintiera frustración, igual no le daría valor al esfuerzo cuando consigue su objetivo.

La inseguridad también tiene un sentido evolutivo, le protege de las amenazas, aunque muchas de ellas no sean tan aterradoras como imagina. Ahora, hay que dejar espacio a los sentimientos y, cuando el paciente estime que han convivido con él el tiempo suficiente, debe abrirles la puerta y dejarlos marchar. Siente envidia porque anhela aquello que desea y que sí tienen otras personas. Siente envidia porque valora el mundo como un lugar injusto en el que usted no está ni tiene lo que desearía. Una de dos, o acepta su realidad o se implica en modificarla. Pero sufrir sin invertir tiempo y esfuerzo, no es recomendable.

Las personas suelen tener envidia porque perciben una situación como injusta. Los motivos por los que no tienen aquello por lo que suspiran, aspecto, inteligencia, dinero, poder…, pueden ser muy variados, pero sean los que sean tienen dos opciones: la primera, implicarse y trabajar en lo que dependa de ellas para conseguirlo, la segunda, aceptar lo que no pueden gestionar.

Deben centrarse en ellos mismos. A veces pierden más tiempo criticando, desprestigiando y deseando lo de otros que invirtiéndolo en su mejora. Esa energía sería muy productiva si la gastaran en evolucionar.

No duden en pedir perdón para vencer a la culpa y el remordimiento. Una persona siente culpa cuando sabe que ha herido a otra persona, con intención o sin ella. Ese malestar es el motor que le puede llevar a reflexionar para que la próxima vez tenga más cuidado. Gracias a esta sensación incómoda conseguimos aprender. Si cada vez que hiriésemos a alguien no sintiéramos ese dolor, estaríamos hablando de una persona sin empatía, incapaz de ponerse en el lugar de otros, y esto dificultaría mucho sus relaciones sociales.

Pero sentir culpa no significa que tenga que machacarse toda la vida. La culpa le permite pensar qué haría de forma diferente la próxima vez, y a partir de ahí, borrón y cuenta nueva. Es bueno que siga estos pasos para deshacerse de su malestar. Pedir perdón de forma sincera, es muy saludable para la mente y para el cuerpo.

Pedir perdón es el primer paso, el segundo es tener un detalle sin convertirse en alguien sumiso con esa persona, como si tuviera que estar avergonzado toda la vida. Todos cometemos errores. Cuando haya hecho todo lo que podía, conviene dejar que la otra persona tenga su tiempo. Y si le parece excesivo, decida cómo comportarse uno mismo a partir de ahora con esa persona que no tiene capacidad para perdonar y cerrar heridas.

Hay que enfrentarse con valentía a la propia inseguridad y a la vergüenza. La inseguridad, la vergüenza y el miedo son sentimientos y reacciones del cuerpo y de la mente ante lo que una persona afectada puede interpretar como una amenaza. Sienten inseguridad cuando no controlan el ambiente, cuando lo que les rodea no es predecible. Sienten vergüenza cuando perciben la posibilidad de no estar a la altura, de perder, cuando las expectativas les superan. Y el miedo se apodera de ellos pensando que pueden pasarlo mal, que pueden contagiarse, darles un infarto, perder el trabajo o ser rechazado por esa persona que le atrae. El verdadero peligro es dejar escapar las oportunidades, no luchar por ellas, porque ahí es donde está la derrota.

Aprender a convivir con el fracaso y con las emociones negativas, forma parte de la evolución y de la vida. ¿Alguna vez dijo alguien que esto sería fácil? Cometer errores, ser criticado, sufrir… es parte del camino. Coexisten con la felicidad, la recompensa y el orgullo.

Los sentimientos negativos nos permiten ver el mundo desde otro punto de vista, pero no significa que nos tengan que paralizar. Es preciso analizar y sacar una lectura positiva de las emociones y de su presencia. Aprovechar lo que nos pueden aportar y, luego, desarmarlos, como si fueran quimeras o fantasías.

Hay muchas personas con miedo a ser felices. Hacen extrañas deducciones, como que si se entregan al placer recibirán un castigo. Cuando cometen un error se lo reprochan una eternidad, para tomar consciencia del tremendismo de lo que han hecho. Ser sufrido, negativo, sumiso… no es la pócima de la felicidad. Nadie nos va a recompensar en otra vida por haber sufrido en esta de forma gratuita. Atrevámonos a ser felices y a tener recuerdos de esos que valen la pena conservar.

sábado, 1 de junio de 2013

UNA PALABRA PUEDE PROVOCAR UNA DISCUSIÓN.

El tío de un niño de nueve años se encontraba de visita en casa de los padres de éste. Una noche, cuando el padre regresó a casa, tuvo lugar el siguiente diálogo: «¿Qué piensas cte un niño que dice mentiras?» «No le tengo en muy buen concepto, pero sé una cosa con toda certeza: mi hijo dice la verdad. «Pues hoy ha dicho una mentira.»
 «Hijo, ¿le has dicho una mentira a tu tío?» «No, papá.» «Vamos a aclarar esta cuestión. Tu tío dice que le has mentido. Tú dices que no. ¿Qué ha ocurrido exactamente?», preguntó el padre, dirigiéndose al tío. «Bueno, le he dicho que llevara los juguetes al sótano. Él no lo ha hecho y me ha dicho que lo había hecho» "Hijo, ¿has llevado los juguetes al sótano?» «Sí, papá.» «Hijo, ¿cómo explicas eso? Tu tío dice que no has llevado los juguetes al sótano y tú dices que sí.» «Hay varios peldaños que conducen desde la planta baja al sótano... Unos cuatro peldaños más abajo hay una ventana... He dejado los juguetes en el antepecho de la ventana... el sótano es la distancia entre el suelo y el techo... ¡Los juguetes están en el sótano! » La discusión entre el tío y el sobrino se debía a la definición de una palabra: sótano. 
El chico sabía probablemente lo que su tío quería decir, pero había sentido pereza y no había querido bajar toda la escalera. Al enfrentarse con el castigo, trató de salvarse, utilizando la lógica para demostrar su aseveración. Es posible que eso resulte un poco embrollado. 
Pero veamos la historia más sugestiva de un joven que no conocía el significado del más importante símbolo verbal en cualquier idioma. ¿Y cuál es la palabra más importante en cualquier idioma? 
Esta palabra es Dios. No hace mucho tiempo un estudiante de la Universidad de Columbia acudió a visitar al reverendo Harry Emerson Fosdick, pastor de la iglesia Riverside de la ciudad de Nueva York. El estudiante apenas había franqueado la puerta cuando dijo: « ¡ Soy ateo!». 
Al sentarse, repitió en tono desafiante: «No creo en Dios».

Depre en invierno: ¡4 consejos para combatirla!

¿Te sientes deprimida, estresada, cansada, agotada? Tranquila: ¡no eres la única!

El invierno causa estragos: entre la falta de luz, el frío, la monotonía, los virus, los microbios... hay que admitir que razones tenemos para tener la moral por los suelos y el pañuelo pegado a la nariz.

El doctor Serge Rafal, especialista en medicina suave, nos da algunos consejos para no deprimirnos.



LA IMPORTANCIA DE LA LUZ

La falta de ánimo en esta época no es un capricho del azar. Se debe a una desincronización del reloj biológico, perturbado por el acortamiento de los días y el ambiente grisáceo. Por esta razón, cuando la oscuridad domina, sentimos de manera natural un bajón en nuestra forma general, que puede ser más o menos importante según la persona.

Todos sabemos que la moral depende también de las condiciones climáticas. Alrededor del 5 % de la población, sobre todo de mujeres jóvenes, sufren depresión estacional.

Para volver a sincronizar el reloj biológico, ¡necesitamos luz! La solución más sencilla –y la menos costosa– consiste en aprovechar al máximo el día: sube las persianas en cuanto te levantes y sal por el mínimo rayo de luz.



¡A COMER BIEN!

En invierno, en lo que se refiere a la alimentación, ¡lo hacemos todo al revés! Como hace frío, preferimos los platos grandes, ricos en hortalizas. Resultado: no sólo engordamos, sino que además sufrimos carencias en vitaminas y minerales, que son indispensables para luchar contra las infecciones.

Contra el bajón invernal y el picoteo que conlleva, podría ser interesante consumir alimentos con tryptophan. Este aminoácido precursor de la serotonina, neurotransmisor del humor, se encuentra sobre todo en proteínas y cereales, pero también en la piña, el apio, la coliflor, las espinacas, las nueces, la soya.

En primer lugar hay que equilibrar todo eso, en cada comida debemos tomar una pieza de fruta fresca, sustituir los alimentos con alto contenido en fécula refinados por integrales.



ESTIMULANTES NATURALES

La nariz que gotea, la garganta irritada, dolor de cabeza persistente. No sirve de nada atiborrarse de medicamentos, sobre todo de antibióticos, que no suelen ser eficaces en muchos casos.

Así acabamos con nuestro sistema inmunitario, y podemos contraer con más facilidad cualquier enfermedad. Debemos ayudar al organismo a defenderse contra los males de invierno a través de remedios naturales, realizados a base de plantas. En definitiva, seguir el ejemplo de nuestras abuelas. La curación también es rápida y el cuerpo sale reforzado.

Las plantas son muy eficaces para combatir estos males invernales. Sobre todo son el remedio más natural para combatir las depresiones estacionales, además, tienen una eficacia comparable a la de los medicamentos clásicos.



EJERCICIO PARA SENTIRSE FELIZ

El ejercicio físico no sólo tiene beneficios para la figura y el corazón, sino que también influye en el estado de ánimo.

Es obligatorio practicar ejercicio durante el invierno. Elige un deporte que hagas por placer, no uno demasiado duro, cuyo efecto sería contraproducente.